De visita
en la falacia intencional
(de la
mano de Julio Cortázar)
“No se trata de escribir para los demás sino
para uno mismo, pero uno mismo tiene que ser
también los demás; tan elementary, my dear
Watson, que basta de desconfianza, preguntarse
si no habrá una inconsciente demagogia en esa
corroboración entre remitente, mensaje y
destinatario. Lucas mira en la palma de su mano
la palabra `destinatario´, le acaricia apenas el
pelaje y la devuelve a su limbo incierto; le
importa un bledo el destinatario, puesto que lo
tiene ahí a tiro, escribiendo lo que él lee y
leyendo lo que él escribe, qué tanto joder” (J.
Cortazar, Lucas, sus comunicaciones).
Introducción
En los manuales de lingüística, semiótica o
filosofía del lenguaje se da la general coincidencia de
representar la noción de signo en términos de tres
factores, denominados de diferente forma según los
diversos autores, Asimismo, aún admitiendo la
importancia de esos tres factores, muchas teorías
semánticas reducen, de hecho, la relación entre los tres
elementos a una relación entre dos. Por ejemplo, las
teorías semánticas realistas (muchas teorías de la
semántica filosófica) sólo consideran pertinente para la
relación sígnica el lenguaje y la realidad, o el signo
(en su materialidad lingüística) y su referente (en su
existencia autónoma e independiente). Otras teorías
semánticas, como la de F. De Saussure, introducen uno de
los polos en el interior de los otros, tiñendo su
naturaleza: la relación sígnica queda convertida en una
relación entre conceptos, representaciones o imágenes de
naturaleza mental, la imagen del signo lingüístico y la
representación de la realidad que designa. En la
semántica moderna se han dado pues muchas formas de
faltarle al respeto a la vieja definición de Ch. S.
Peirce, de acuerdo con la cual la relación sígnica es
“una acción o influencia que es o implica una
cooperación entre tres sujetos, como por ejemplo un
signo, su objeto y su interpretante, no pudiendo
resolverse de ninguna manera tal influencia tri-relativa
en una influencia entre pares” (Ch. S. Peirce, Collected
Papers, 5.484, citado por U. Eco, 1990 [1992, pág. 17]).
Por otro lado, en las teorías semánticas, en
general, el elemento relativo al sujeto está
representado por una estructura cognitiva que no es
individual, sino colectiva o universal, y que media
entre lenguaje y realidad. En cambio, en las
concepciones pragmáticas el sujeto está integra e
individualmente representado en cuanto fuente u origen
de la relación sígnica: sus creencias, deseos e
intenciones ponen en movimiento la relación de
significación.
Esta estructura triádica del signo se puede
considerar más o menos trasladable al campo de la
interpretación literaria. También aquí existen tres
factores: autor, texto y lector o receptor. Sin embargo,
en este triángulo, siendo, como es, tan inestable como
el semiótico, hay un elemento de desacuerdo que es mucho
más importante que en el triángulo semiótico. Se refiere
al origen o a la fuente del significado del texto
literario: en general, para los críticos
estructuralistas o semioticistas, el significado emana
del texto mismo, que determina, en virtud de sus
características formales, su interpretación o
interpretaciones; para los postestructuralistas o
deconstruccionistas, también en general, el peso de la
interpretación recae sobre el receptor, el cual adscribe
significado al texto prácticamente sin restricción
alguna, y con parejas vindicaciones de legitimidad. En
cambio, para el que adopte una perspectiva pragmática,
el origen del significado del texto ha de encontrarse en
el autor, en sus intenciones, a semejanza de lo que
sucede en la inferencia comunicativa cotidiana: la
elicitación del significado consiste en la
reconstrucción del significado del hablante, realizada
con mayor o menor éxito.
Ahora bien, esta concepción pragmática de la
interpretación está sujeta a diversas constricciones,
que permiten soslayar algunas de las objeciones más
comunes que se suelen plantear:
·
el funcionamiento de la interpretación bajo esta óptica
presupone la existencia de un significado del autor,
esto es, de un contenido concreto que el autor ha
intentado trasmitir. Ni que decir tiene que sería irreal
mantener que esto es lo que sucede en todos los casos de
la producción de textos literarios. En ocasiones el
autor intenta conscientemente hacer posibles diversas
interpretaciones o, como se suele decir, abrir su texto:
desde el punto de vista pragmático, el autor intenta que
la labor de inferencia reconstructiva del lector de sus
intenciones no sea determinista, esto es, que no
desemboque en un resultado unívoco. En la medida de mi
modesto conocimiento, tal intento es característico sólo
de la poesía o literatura contemporánea (en parte de
ella) o de movimientos literarios cuya orientación
explícita es la ocultación – como sucede con la
literatura hermética, tan brillantemente analizada por
U. Eco-.
Por otro lado, en ocasiones sucede que el
autor no sabe lo que quiere decir, en el sentido de
sentirse incapaz de dar un sentido concreto a sus
propias producciones, o de buscar conscientemente ese
vacío de sentido. El primer caso es seguramente muy
frecuente, entre otras cosas porque el significado del
autor, de haberlo, no es tan fácilmente parafraseable
como el significado del hablante. Muchas veces éste
puede resumirse en una frase o incluso, determinarse
mediante la mención de una frase ilocutiva. En cambio,
resulta mucho más complejo hacer lo mismo con una obra
completa; porque no es reducible a un conjunto de frases
ni a una única fuerza ilocutiva. Sin embargo, creo que
esto no invalida el sentido general de la interpretación
como averiguación de lo que el autor quiso decir o quiso
hacer.
Finalmente, puede ser que la intención del
autor sea precisamente la de no querer decir nada, nada
en el sentido consciente y explícito habitual, como
imperativo estético y exigencia doctrinal. Eso es lo que
ocurre en movimientos como el dadaísmo o surrealismo
literarios, en que la automatización de la producción
del texto y la exploración sistemática de lo onírico
tienen precisamente ese sentido: la exclusión del
significado – y de la autoría, habría que añadir.
·
Otra constricción importante, que es preciso reconocer,
es que el autor no puede querer decir cualquier cosa
mediante cualquier medio. Del mismo modo que la
expresión del significado del hablante no es libérrima,
sino que está limitada por la convencionalidad de la
lengua, el significado del autor no puede ser
comunicable mediante el empleo de procedimientos
culturalmente compartidos e históricamente variables.
En este punto, es preciso hacer también una
reflexión sobre el equilibrio que, en la obra literaria,
se establece entre la convencionalidad a través de la
cual el autor expresa sus intenciones y su creatividad
lingüística. En buena medida, parte del mérito estético
que una obra literaria puede tener, y parte del placer
que produce, es lingüístico y comunicativo en el
siguiente sentido: el autor ha utilizado el sistema
convencional de la lengua para decir cosas nuevas o
decir de nuevas formas cosas antiguas. En cierto modo,
ha violentado una propiedad colectiva, mostrando que tal
violentación puede seguir teniendo una cualidad
expresiva., la facultad de expresar y comunicar
contenidos. La libertad de que hace uso el autor – y que
la sociedad le otorga precisamente en la medida en que
le reconoce como autor - es la libertad de entrar en
el predio común de la lengua para alterar o modificar
sus convenciones, para devolver a la sociedad ese
lenguaje “purificado”, como decía Mallarmé, esto es,
renovado y liberado de las excrecencias del uso
reiterado y repetitivo de sus convenciones. Pero esa
libertad no es una libertad absoluta, libertad para
crear su propia lengua, sino que está limitada a la
exigencia de la comunicabilidad, eso es, a la
posibilidad de la reconstrucción de la intención
expresiva del autor. Lo que garantiza dicha posibilidad
es que el autor se ha atenido en cierta medida a los
procedimientos comunes, que ha guardado un equilibrio
razonable entre su libertad lingüística y la
convencionalidad que hace esa libertad fértil.
Es preciso reconocer que esta concepción
pragmática de la interpretación es tradicional y
conservadora en el siguiente sentido. En contraste con
las corrientes estructuralistas, centradas en el texto,
o las postestructuralistas, centradas en la recepción,
la concepción pragmática de la interpretación supone la
precondición de un significado del autor, y por tanto
criterios de verdad y legitimidad en ese acto de
interpretación. Es más, se puede decir que la concepción
pragmática de la interpretación es realista, en el
sentido de considerar que la legitimidad o verdad de la
interpretación se juzga por la aproximación o
coincidencia con esa intención del autor. Aunque, en
última instancia, la interpretación suele ser
incontrastable por razones obvias – por ejemplo, el
autor ya no está ahí para preguntarle -, no por ello es
aleatoria o irracional. Hay un abismo entre esta
concepción de la interpretación literaria y la que
asigna al lector la libérrima capacidad de dotar de
cualquier significado al texto. En este extremo, la
interpretación no es que sea incontrastable, es
directamente inargumentable, puesto que se supone que no
existen criterios decisivos ni contextuales
(socio-pragmáticos) ni textuales (sintáctico-semánticos)
que puedan privilegiar unas lecturas sobre otras.
La concepción pragmática de la
interpretación implica en cambio que, en principio, se
puede argumentar la legitimidad de una interpretación en
términos de la adecuación o propiedad en la
reconstrucción de la intención comunicativa del autor.
No sólo hay cosas que el texto no puede decir –lo cual
es la postura `conservadora´ de U. Eco (1990 [1992])-,
hay cosas que el autor no ha podido querer decir, y por
tanto quedan excluidas del ámbito de las
interpretaciones legítimas.
Las tres grandes corrientes de la teoría de
la interpretación que he mencionado difieren no sólo en
la ubicación del significado de la obra literaria, sino
también en su explicación de la indeterminación de la
interpretación. Incluso en el caso del más optimista
crítico literario, que suponga además que se da algo así
como el significado de la obra literaria, existe la
intuición, o la sospecha, de que el acto de
interpretación es constitutivamente no determinista,
esto es, que no hay una lectura definitiva del texto
literario.
Para el estructuralismo clásico o el
semioticismo que U. Eco representa, el origen de esa
indeterminación está en el propio texto, en virtud de la
subdeterminación de su interpretación por parte de su
estructura. Dicho de otro modo, las propiedades formales
del texto hacen posible una variedad de
interpretaciones, igualmente plausibles, aunque no
cualquier interpretación. Es más, es posible ordenar las
posibles interpretaciones en virtud de criterios
igualmente formales: U. Eco ha explicitado algunos de
esos criterios, como el de economía isotópica (U. Eco,
1990)
Si, por vía de la analogía trasladamos esta
concepción al plano de la comunicación corriente,
equivaldría a la tesis de que podemos asignar
significado a las expresiones lingüísticas en cuanto
tipos (cf. Acero, Bustos y Quesada, 1982) de
expresiones, esto es, en cuanto abstraídas de las
circunstancias de su proferencia o enunciación. Y esto
es precisamente algo que la pragmática cuestiona, puesto
que, de acuerdo con su perspectiva, la asignación plena
de significado sólo es posible mediante la consideración
de las circunstancias concretas de su enunciación,
incluidas las creencias, deseos e intenciones de sus
autores.
La asignación de significado, la
interpretación en definitiva, que se fundamente
únicamente en rasgos formales y estrictamente semánticos
ha de renunciar, de antemano, a la reconstrucción de la
intención comunicativa y, por tanto, a la averiguación
del significado del autor. Una de las formas en que el
semioticista estructuralista puede paliar esa renuncia,
y preservar así la dignidad intelectual y social de su
tarea de intérprete, es calificar de imposible, o de
irrelevante, la reconstrucción del significado del autor
y admitir un sucedáneo viable. Más adelante veremos cómo
U. Eco ha presentado ese sucedáneo hermenéuticamente
respetable bajo la metonimia de la intentio operis.
La posición teórica del postestructuralismo
es mucho más radical o, si se quiere, abandonista. Ante
la imposibilidad de reconstruir la intención
comunicativa del autor, bien a partir de la
reconstrucción de los factores contextuales relevantes o
bien a partir de la naturaleza semántica del texto
mismo, se niega directamente la pertinencia del mismo
empeño de averiguar el significado del texto. El texto
pasa a convertirse en un pre-texto, en los dos sentidos.
En el sentido de constituir la coartada para la puesta
en funcionamiento del mecanismo de asignación de
significado y en el sentido de presentarse como realidad
semiótica incompleta, que sólo alcanza su plenitud
gracias al receptor. En el postestructuralismo, al menos
en la obra de Stanley E. Fish, es el lector la fuente de
que mana tanto el significado como el valor literario.
Por decirlo de una forma gráfica: es el lector quien
hace la literatura. Y como ese acto es un acto
característicamente intencional, el análisis de lo
literario se ha de centrar por tanto en el examen de los
procesos que afectan a la intentio lectoris, como por
ejemplo los procesos de formación de tales intenciones,
sus posibles restricciones, la coherencia interna de la
pluralidad de las intenciones lectoras, etc. En
puridad, no se puede decir que la indeterminación
interpretativa sea una consecuencia de lo literario para
el estructuralista, sino que es más bien una
precondición de la constitución del texto como algo
literario. Las lecturas sucesivas del texto pueden
reflejar diversos procesos de adscripción de
significado, correspondientes a diferentes intenciones
lectoras. En consecuencia, no existe estrictamente el
texto literario, sino las lecturas literarias del texto.
La literatura es una especie de acto, pero realizado por
los receptores, esto es, es algo que los lectores hacen
con los textos (v. M.H. Abrams, 1989).
¿Cuántos
tipos de intenciones?
En 1990,
recapitulando la historia de la teoría crítica de los
ochenta, U. Eco (1990 [1992]) consideraba que parte de
esa historia se podía hacer inteligible mediante la
consideración de dos parámetros: el referente al proceso
considerado como central para la teoría crítica y el que
apunta al origen o fuente de la semiosis literaria. En
lo que respecta a lo primero, la teoría crítica
contemporánea ha ido deslizándose del énfasis en los
procesos de producción del texto literario, de la
perspectiva generativa tan ligada a la retórica clásica,
hacia la perspectiva interpretativa o hermenéutica; a
primar dentro de la teoría los procesos de recepción y
comprensión de la obra literaria. Se puede afirmar que
este desplazamiento no es coherente con la evolución de
la teoría lingüística misma, que precisamente se ha
desarrollado en el sentido de centrarse cada vez más en
los procesos generativos, como en la lingüística de N.
Chomsky, pero un examen más atento lleva a una
conclusión diferente. Sin que se pueda afirmar que ha
habido un efecto causal entre una y otra, la evolución
de la teoría crítica ha corrido paralela a la de la
teoría intencional del significado, en el sentido de
adoptar cada vez más la perspectiva del auditorio. Tal
como lo ha enfocado la teoría pragmática del
significado, el problema semiótico central es el de cómo
un auditorio reconstruye el significado del hablante,
esto es, cuáles son los componentes intencionales y
convencionales que ha de dominar ese auditorio para
averiguar lo que el hablante ha querido decir.
Se dirá que, en esa evolución, como ya he
puesto de manifiesto yo mismo, hay un elemento
diferenciador decisivo: la evolución de la teoría
literaria ha acabado por eliminar el significado del
autor, incluso como precondición de la propia existencia
de lo literario, como objeto legítimo de análisis. Por
el contrario, el significado del hablante constituye un
objeto primordial de estudio en el análisis pragmático
de la comunicación, la condición misma de la
inteligibilidad de la conducta significativa. Esto es
cierto, pero no obstante sigue siendo verdad que la
perspectiva o el punto de vista desde el que se aborda
el proceso hermenéutico sigue siendo el mismo: de la
recepción a la producción y no a la inversa.
En lo que respecta a la fuente de la
semiosis literaria, la opción es triple, según U. Eco,
aunque parece resolverse en dos. Así la interpretación
puede concebirse como la búsqueda de la intentio
auctoris, de la intentio operis o de la intentio
lectoris. En el debate clásico, en cambio, la dicotomía
se planteaba del siguiente modo:
·
hay que buscar en el texto lo que el autor quería decir
·
debe buscarse en el texto lo que éste dice
independientemente de las intenciones del autor (U.
Eco, 1990 [1992, pág. 29]).
Así,
igualmente en U. Eco (1992 [1995, pág. 68]): “El debate
clásico apuntaba a descubrir en un texto bien lo que el
autor intentaba decir, bien lo que el texto decía
independientemente de las intenciones de su autor. Sólo
tras aceptar esta segunda posibilidad cabe preguntarse
si lo que se descubre es lo que el texto dice en virtud
de su coherencia textual y de un sistema de
significación subyacente original, o lo que los
destinatarios descubren en él en virtud de sus propios
sistemas de expectativas”.
Una vez descartado el primer extremo, bien
por la infradeterminación textual o por la creencia en
lo que se vino en denominar `la falacia intencional´,
quedaba la segunda, que consagraba el texto como unidad
significativa autónoma, en cierto modo autosuficiente.
Siendo esto así, según Eco – sólo entonces – adquiere
sentido la siguiente alternativa: a) buscar en el texto
lo que éste dice en virtud de sus propiedades formales
internas y del mundo referencial que define; b) buscar
en el texto lo que el destinatario encuentra teniendo en
cuenta sus propios universos referenciales y sus
intenciones deseos y creencias.
En esta segunda disyuntiva, una vez excluida
la intentio auctoris, es donde hay que situar la
polémica acerca de la univocidad o pluralidad de las
interpretaciones, y a su posible justificación. Según U.
Eco, lo importante no es tanto que un texto pueda
recibir diversas interpretaciones – infinitas dice él,
con entusiasta hipérbole -, como si tales
interpretaciones están de algún modo justificadas por la
intentio operis. Siempre cabe la posibilidad al menos de
que un texto concebido como unívoco sea pluralmente
interpretado, lo mismo que lo inverso – aunque esto es
mucho más improbable. Pero lo que permite reclamar la
legitimidad de una interpretación en cuanto tal
interpretación es su coincidencia o aproximación a la
intentio operis. Es la intentio operis la que en última
instancia sanciona la plausibilidad de una
interpretación y permite distinguirla de lo que son
nuevos usos del texto (v. U. Eco, 1990, 1.5).
Ahora bien, ¿qué es la intentio operis?
Evidentemente, se trata de algo más que de una simple
metonimia. En primer lugar, porque no es una expresión
que se pueda tomar literalmente. Los textos literarios
son – cuando lo son – objetos o productos intencionales
y no sujetos de ninguna intencionalidad. Los únicos
sujetos de esa intencionalidad son los autores y los
lectores; además, en un sentido estrictamente
individual, esto es, como autores y lectores concretos,
dejando de lado polémicas acerca de la autoría colectiva
o anónima. Esto es obvio, pero merece la pena
puntualizarlo para no empezar a perder el norte ya desde
el principio. Luego, como tal metonimia, la intentio
operis está en lugar de otra cosa, de algo que sí es
literalmente intencional. En ese sentido o bien está
vinculada a la intentio auctoris o bien está ligada a la
intentio lectoris.
¿Cómo concibe U. Eco esa relación?
Claramente, se inclina por la segunda alternativa: la
intentio operis no es sino la hipótesis interpretativa
del lector corroborada por las propiedades internas del
texto. Esta hipótesis interpretativa no tiene por qué
ser única, puede ser plural – una vez más, no puede ser
infinita, si queremos que el lector empírico siga
siendo empírico. Un mismo lector puede hallar diversas
interpretaciones de un texto compatible o coherentes con
la naturaleza de ese texto.
¿En qué se fundamenta la metonimia de la
intentio operis por la intentio lectoris? En que la
intentio operis no es sino la proyección intencional del
lector sobre la obra, puesto que es la forma en que el
lector concibe la obra en cuanto objeto intencional,
esto es, en cuanto correspondiente a la intención de su
autor. Esto parece un galimatías – por otra
denominación, círculo hermenéutico, pero trataremos de
aclararlo. Toda obra literaria, en cuanto producto
comunicativo, esto es, destinado a un auditorio capaz de
entenderlo en principio, entraña una imagen que tiene el
autor de su público. A esta imagen es a lo que llama U.
Eco lector modelo. Así en (1990 [1992, pág. 41]) afirma:
“Un texto es un artificio cuya finalidad es la
construcción de su propio lector modelo”. Y en (1992
[1995, págs. 68-69]) repite: “Un texto es un dispositivo
concebido con el fin de producir su lector modelo”.
Ciertamente, las afirmaciones no son exactas en el
sentido de que no recogen toda la verdad: el texto
literario es intencionalmente más complejo que la pura
producción de ese lector ideal. Pero se puede reconocer
al menos que el texto ha sido producido con esa
intención parcial: con la intención de que un hipotético
lector lo entienda en una forma completa o lo interprete
de un modo correcto.
Ahora bien, el lector empírico, el lector
real es a su vez alguien que, ante el texto, trata de
imaginar la clase de lector modelo implicado en el
texto. Es decir, trata de ponerse en el lugar de ese
lector modelo que el texto (en última instancia, su
autor) implica. La razón es que ésa es la estrategia
racional para conseguir una interpretación correcta del
texto literario: tratar de imaginar a quién idealmente
iba dirigido el texto para, desde esa ubicación, lograr
desentrañarlo. Este proceso lleva al lector empírico a
construir una imagen del autor, en cuanto agente de un
texto construido para ser interpretado por un lector
ideal. A esa imagen la llama U. Eco autor ideal: “el
lector empírico es aquél que formula una conjetura sobre
el tipo de lector modelo postulado por el texto. Lo que
significa que el lector empírico es aquél que intenta
conjeturas, no sobre las intenciones del autor empírico,
sino sobre las del autor modelo” (1990 [1992, pág. 41]).
“El lector empírico es sólo un autor que hace conjeturas
sobre la clase de lector modelo postulado por el texto.
Puesto que la intención del texto es básicamente
producir un lector modelo capaz de hacer conjeturas
sobre él, la iniciativa del lector modelo consiste en
imaginar un autor modelo que no es el empírico y que, en
última instancia, coincide con la intención del texto”
(1992 [1995, pág. 69]). Podemos recoger estas relaciones
en el siguiente esquema:
Autor
empírico
®
texto
®
lector modelo
¤
Lector
empírico
®
texto
®
autor modelo
Ahora bien, la conjetura que hace el lector
empírico sobre el lector modelo implicado en el texto,
en el curso de la cual construye su imagen de un autor
modélico, tiene dos características no suficientemente
destacadas por U. Eco, o al menos o con el mismo
énfasis:
En primer
lugar, si se admite que el lector modelo está en alguna
forma entrañado, implicado o inscrito en el texto, es
evidente que tal conjetura tiene un carácter empírico.
Es posible que sea necesario considerar el texto en su
conjunto, como un todo, para la averiguación de ese
lector modelo, pero lo que es cierto es que, al final,
tal conjetura será verdadera o falsa o, si se prefieren
valores epistémicos menos tajantes (v. J. Margolis,
1980) más o menos probable, plausible, verosímil, etc.
En este punto, U. Eco adopta una posición excesivamente
prudente, que él califica de popperiana (de K. Popper):
la consideración del texto sólo permite descartar las
conjeturas falsas acerca del lector modelo, pero no
posibilitan la determinación definitiva de ese lector
modelo ni siquiera establecer una escala comparativa
entre las interpretaciones correspondientes a diferentes
autores modelo.
Por otro
lado, Eco descuida el hecho de que, aparte de constituir
una investigación empírica, la determinación del lector
ideal es, al menos en parte, una investigación sobre las
intenciones del autor. En efecto, por mucho que se
quiera abusar de la metonimia, es el autor, en cuanto
autor del texto, quien ha proyectado en él,
intencionalmente, su imagen del lector ideal. Es cierto
que, como observa U. Eco, el lector ideal que el autor
puede haber proyectado, a través del texto, sea un
lector capaz de asignar interpretaciones plurales al
texto, posibilitadas por tanto por el texto mismo, Pero
ello no menoscaba que el lector ideal forme parte
constituyente de las intenciones comunicativas del autor
empírico. La alternativa, si es que la hay, es
claramente irrazonable, porque implica que el texto, por
sí mismo, es capaz de determinar suficientemente ese
lector ideal. Y si se niega, como el propio U. Eco
pretende, que el texto sea autónomo en cuanto a su
significación – de ahí su crítica a la Nueva Crítica -,
ya desde el punto de vista semántico, con más razón lo
es desde el pragmático, esto es, desde el intencional.
Comunicación cotidiana y comunicación literaria
El
llamado `círculo hermenéutico´ parece un complejo
mecanismo diseñado para dar cuenta de un proceso
complicado, el de la interpretación de los textos
literarios en particular, y de las acciones
intencionales en general. Sin embargo, merece la pena
compararlo con los modelos avanzados por la teoría
pragmática del significado porque ello permite captar
los fundamentos comunes de los mecanismos comunicativos
implicados y, quizás también, las diferencias relevantes
que nos permitan distinguir, en términos internos, entre
la comunicación literaria y la comunicación cotidiana.
De acuerdo con la teoría pragmática, el
punto inicial del proceso que pone en movimiento la
comunicación es la noción de significado del hablante:
un hablante quiere decir algo (hacer algo) a un
auditorio. Se denomina `significado del hablante´
precisamente porque es el hablante quien dota o adscribe
significado a sus palabras (sus acciones). Pero ello no
implica necesariamente que sus palabras tengan, desde el
punto de vista comunicativo, ese significado, el
adscrito por él, ni mucho menos cualquier otro, como por
ejemplo el presunto significado literal de sus palabras
(o acciones). Si el significado del hablante ha de ser
causalmente efectivo, ambición que es condición de la
conducta comunicativa racional, esto es, si pretende ser
comprendido por un auditorio y que esa comprensión
desempeñe una función, ha de ser transmitido de una
forma que posibilite una interpretación correcta. Y en
este punto entran en juego las convenciones
lingüísticas. Son éstas las que permiten al hablante
hacer comprender sus intenciones a un auditorio. Pero el
presunto sistema de convenciones lingüísticas no es un
código, esto es, un conjunto de correspondencias fijas
que se despliega en los diferentes niveles lingüísticos,
léxicos, sintácticos, semánticos. Es un conjunto de
instrumentos cuya utilización forma parte del acervo
común de conocimiento de hablante y auditorio y que
puede ser explorado creativamente por ambos. Para
empezar, el hablante, al escoger un determinado conjunto
de convenciones (un procedimiento, se dice en teoría
pragmática, v. Acero, Bustos y Quesada, 1982) para hacer
saber sus intenciones comunicativas hace una conjetura
sobre el conocimiento del auditorio, en su doble
vertiente: 1) primero, en el conocimiento que el
auditorio y él mismo comparten; 2) en el conocimiento
que, sin ser parte de sus creencias, él atribuye al
auditorio. En otro lugar (Bustos, 1986) he denominado a
estos dos subconjuntos la base común contextual y
contexto del hablante respectivamente, y he intentado
mostrar cómo orienta el hablante su conducta lingüística
dependiendo de la variación que pueden experimentar esos
subconjuntos.
El paralelismo que se puede extender al
proceso de producción literaria es patente: el
significado del hablante se puede trasladar al
significado del autor y la imagen que tiene el hablante
de su auditorio se puede hacer corresponder con el
proceso de producción del lector modelo de que habla U.
Eco. Y en ambos casos las convenciones empleadas
reflejan en la misma forma ese proceso de constitución,
por parte del hablante/autor de un auditorio/lector
ideal.
Si se piensa que en ese paralelismo se puede
introducir una diferencia relevante en cuanto a lo que
el hablante/autor trata de transmitir en cada caso, se
cae en un error. Porque lo que un hablante puede querer
decir puede ser tan indeterminado o tan complejo como lo
que pueda querer decir un autor literario. Porque del
mismo modo que el autor literario, el hablante puede
pretender una interpretación plural o abierta de sus
palabras e imaginar en consecuencia un público modélico,
capaz de asignar esa heterogeneidad interpretativa a su
conducta.
Pero la analogía, si es que se trata de eso,
se puede llevar más lejos, siguiendo la dirección de ese
famoso círculo hermenéutico. Si se toma la perspectiva
del receptor, también éste construye su propia imagen
del hablante, esto es, también él postula, a través de
las palabras de aquél, un hablante modelo, esto es, un
hablante que hace transparentes (o traslúcidas) sus
intenciones comunicativas de una forma correcta,
racional. Y la naturaleza del texto, en un caso, y de la
conducta verbal en el otro desempeña la misma función,
acotar el conjunto de hipótesis que el auditorio/lector
puede formular sobre las intenciones comunicativas. Como
he afirmado anteriormente, dado un determinado
texto/conducta verbal, el autor/hablante no ha podido
querer decir cualquier cosa.
Tenemos pues que el aparentemente enredoso
círculo hermenéutico no describe sino el mecanismo
básico de producción/recepción de la conducta
comunicativa que postula la teoría pragmática del
significado. Pero, siendo esto así, ¿dónde buscar las
diferencias relevantes entre comunicación corriente y
comunicación literaria? Responder a esta pregunta en un
sentido u otro presupone creer que tales diferencias
existen, o que son relevantes, algo de lo cual no estoy
muy seguro. Pero, puesto a responder de una forma no
vacua, creo que tal respuesta debe apuntar a la dinámica
de la comunicación, y no a su estática, a los mecanismos
cognitivos movilizados, en que parece darse una relativa
identidad entre ambos procesos. Con ello quiero decir
que hay que fijarse en el diferente tipo de relación
comunicativa que pueden tener el hablante y su auditorio
y el autor y sus lectores, y las consecuencias que ello
tiene para la fijación del significado en uno y otro
caso.
En primer lugar, en la comunicación
corriente, la relación hablante/auditorio suele ser
simétrica al menos en el siguiente sentido: sus papeles
son intercambiables, el hablante pasa a ser auditorio y
éste a ser hablante. Evidentemente, estoy pensando en la
conversación, en el ejemplo prototípico de intercambio
comunicativo, no en circunstancias especiales de
comunicación asimétrica como las que ahora estamos
viviendo.
En cambio, el autor literario y su público
no se encuentran aparentemente en esa relación. Lo cual
no quiere decir que los autores no puedan ser lectores,
o que éstos no puedan ser autores, sino que en general
el lector ha de construir su autor modelo en ausencia
del autor empírico y que éste, a su vez, ha de imaginar
su lector modelo sin contar con la presencia de éste.
En segundo lugar, esta asimetría tiene una
consecuencia decisiva. En la comunicación corriente
tanto el auditorio ideado como el hablante ideal son
corregibles. De hecho, buena parte de la comunicación
corriente consiste en la acomodación mutua de hablante y
auditorio con respecto a las imágenes que tienen uno del
otro. Con ello quiero decir, por poner un ejemplo
sencillo, que el hablante puede haber construido una
base común de conocimiento errónea, error que el
auditorio puede hacer notar, tratar de corregir en su
simétrico papel de hablante, etc.
Nada de esto sucede en la relación entre el
autor y sus lectores. En principio, por la ausencia
física del lector cuando se elabora la obra literaria.
Este no está allí para decirle al autor que se equivoca,
que está proyectando en su texto un lector que no
existe, que no tiene los conocimientos o habilidades
necesarias para desentrañar, en el texto, sus
intenciones comunicativas.
Además, los lectores de una obra literaria
se distribuyen en un período de tiempo que puede exceder
con mucho la vida del propio autor. Desde luego que un
autor puede imaginar futuros lectores de su obra, pero
en cualquier caso éstos no podrán estar allí para
corregir al autor, para indicarle sus errores y ponerlos
de manifiesto a través de lecturas equivocadas, lecturas
que ni siquiera se aproximarán a sus intenciones
comunicativas originales.
Pero indicar estas diferencias entre
comunicación corriente y literaria, con ser relevante,
es prácticamente obvio. Quizás sea más interesante
sugerir al menos una consecuencia de esas disparidades.
Creo que indudablemente el autor literario
ha de experimentar con una cierta angustia esa ausencia
del lector. Al fin y al cabo ésta se traduce en la
inseguridad de que su obra sea bien entendida y que tal
comprensión sea además el fundamento de su valoración
por parte de los lectores. La ficción del lector modelo
ayuda, ciertamente; proporciona un cierto consuelo
suponer que alguna vez, en algún momento histórico, un
lector empírico se asemejará lo suficiente a ese lector
modelo para entender cabalmente el texto literario. Pero
¿cómo estar seguro de ello? La respuesta obvia, pero
satisfactoria es que el propio autor se convierta en ese
lector modelo, que sea él quien, situándose en esa
posición, se cerciore de que sí, efectivamente, el texto
es desentrañable y que dice exactamente lo que quiere
decir.
Convertido así el autor en el propio lector
modelo, en el destinatario del mensaje, podrá dirigirse
al crítico semiólogo y espetarle, con Lucas y sus
comunicaciones: ¡a qué tanto joder!
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REFERENCIAS
BILIOGRÁFICAS
Abrams,
M.H. (1989), Doing things with texts: Essays in
Criticism and Critical Theory, Nueva York: Norton,
1989.
Acero,
J.J., E. Bustos y D. Quesada (1982), Introducción a la
Filosofía del lenguaje, Madrid: Cátedra.
Eco, U.
(1990 [1992]), I limiti dell´interpretazione, Milan:
Fabri; Los límites de la interpretación, Barcelona:
Lumen.
Eco, U.
(1992 [1995]), Interpretation and
Overinterpretation,Cambridge: Cambridge U. Press;
Interpretación y sobreinterpretación, Cambridge:
Cambridge U. Press.
Margolis, J. (1980) Art and Philosophy, New Jersey:
Humanities Press.
© Eduardo de
Bustos Guadaño, 2005
LINDARAJA. Revista
de estudios interdisciplinares y transdisciplinares.
Foro universitario
de Realidad y ficción.
URL: http://www.realidadyficcion.org/falaciaintencional.htm
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