REALIDAD Y FICCIÓN                                                                          LECTURA, COMENTARIO, CREACIÓN Escríbenos
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    LITERATURA Y FILOSOFÍA  

"Decidme ahora, musas, que habitáis los olímpicos palacios -pues vosotras sois diosas y doquiera asistís, y sabéis todo; nosotros sólo oímos los rumores y no sabemos nada a ciencia cierta" (Homero, Iliada, Canto, II, 483-487. Citado por J. F. Álvarez en el artículo de 2001 citado)

 

         “Escribir es como la segregación de las resinas; no es un acto, sino lenta formación natural. Musgo, humedad, arcillas, limo, fenómenos de fondo, y no de sueño o de los sueños, sino de los barros oscuros donde las figuras de los sueños fermentan. Escribir no es hacer, sino aposentarse, estar.” (J. Ángel Valente, Mandorla)

 

          "María Zambrano desarrolla una filosofía de la crisis, en la que pone de relieve la trágica escisión que en su opinión existe entre los fundamentos epistemológicos de la razón científica y de la razón histórica y los contenidos no racionales, estéticos, religiosos o filosóficos propios de toda cultura. La superación de esta escisión sería posible, dice Zambrano, mediante la sustitución de la razón racionalista como método de aprehensión de la realidad por la razón integradora poética, concebida como método de conocimiento y cómo razón práctica.

            Dice la autora que hay una clara divergencia entre la razón humana y el ser humano “que se nos aparece como ininteligible”. Ante esta situación de crisis, María Zambrano vislumbra una posibilidad esperanzadora para superarla. La razón poética se presenta como un “horizonte de esperanza” capaz de superar el porvenir de desesperación que acechaba al hombre en la crisis histórica de entreguerras, sin caer en el escepticismo."

             (Ana Bundgard, Más allá de la filosofía. Sobre el pensamiento de María Zambrano)

          "La esencia de la razón es su impureza, su compleja constitución [...] Sujetos al poder, que desde fuera marca el mundo con la viabilidad que "interese", y anclados desde dentro, en un océano de corrientes que vienen del otro lado de la lucidez y la "manejabilidad", el ser del pensamiento expresa, sobre todo, la inmensa impureza de la razón". (Emilio Lledó, "Razón práctica en la razón pura", Sistema, 57, p. 16.  Citado por J. F. Álvarez en el artículo de 2001 citado)

 

Mercedes Laguna presenta su lectura de un artículo del profesor Eduardo de Bustos ("Pragmática y literatura")

 

 

Vida y literatura; sujeto y literatura;

historia, cultura y literatura

 

Eduardo de Bustos publicó en 2001 un artículo[1] sobre las relaciones entre Pragmática y Literatura. Analiza la literatura como una disciplina perteneciente a la teoría general de la acción. La pragmática es relevante para la literatura sobre todo si consideramos tanto el papel del significado en la literatura como el carácter literario de la comunicación cotidiana.

De Bustos recuerda las tres opciones metodológicas que generalmente se han utilizado en la relación de la pragmática con la literatura:

1)      Aplicación literal de la teoría de los actos de habla a la literatura.

2)      Extensión de esta teoría pragmática a la literatura.

3)      Aplicación analógica.

 

Después de analizarlas, el autor sugiere que es preciso situarse en un nivel más general con el fin de que las relaciones entre pragmática y literatura revelen una información significativa para el estudioso del lenguaje, el analista de la vida social o el crítico literario. Nosotros diríamos también para el filósofo que estudia la racionalidad y su necesaria tipología.

La clave estaría en detenerse, para mirar de forma nueva, en la producción y la comprensión del significado, para profundizar en la interpretación de la obra y su esencial o constitutiva indeterminación.

Por este camino encontramos que la cuestión del sujeto (tan decisiva en otros campos como la acción social, la ética, la historia…) posee también una calidad de primer orden a la hora de investigar las relaciones entre pragmática y literatura.

“La pragmática, como toda disciplina ansiosa de generalizaciones –científicas, en un sentido amplio–, postula diversas idealizaciones o abstracciones. La más elemental de ellas atañe a la naturaleza del hablante racional, sincero, observante del principio de cooperación lingüística, de las máximas conversatorias, etc. Pero, lo que es más importante, se supone un hablante unívoco, esto es, un hablante homogéneo en sus constitución psicológica, un hablante unitario […] El contraste con la literatura es flagrante: si hay algo general en la literatura es la multivocidad expresada en el texto. […] En el texto literario se expresan múltiples hablantes, múltiples voces. […] Siendo esto así, parece que teoría pragmática y literatura suponen conceptos de sujeto comunicativo que se contraponen y, más aún, que implican procesos de interpretación diferentes: mientras que la teoría pragmática postula un proceso inferencial de las intenciones de un sujeto unívoco, la literatura favorecería un proceso interpretativo abierto, en virtud de la plurivocidad de su naturaleza […]”

                           (2001: 111)

 

Vida y literatura

 

            Siguiendo, implícitamente –no de manera explícita–, la estela de Cervantes en El Quijote, los criterios de los humanistas del Renacimiento, las enseñanzas, en fin, de Aristóteles en su Poética, Eduardo de Bustos propone plantear las relaciones entre pragmática y literatura utilizando una estrategia doble:

1)      Complejizar la imagen del sujeto que utiliza la teoría pragmática.

2)      Simplificar la imagen del sujeto de la teoría literaria.

 

Concluye nuestro autor que, con esta estrategia, podemos decir, en cierta medida, que “siempre hablamos literariamente” y que “la literatura nos habla cotidianamente”. “El sentido general de la argumentación, será, pues, el de emborronar las distinciones, tan complacientemente trazadas, entre vida y literatura”.

A partir de aquí, E. de Bustos trata en su artículo dos cuestiones:

1) La presunta especificidad de lo literario.

2) El carácter literario de la comunicación cotidiana.

 

Para la primera cuestión repasa, en le marco de la teoría de los actos de habla, las conclusiones erróneas a las que puede llegar la teoría de la referencia aplicada a la dicotomía realidad–ficción dentro de los textos literarios. Concluye el autor que en este sentido se ha producido una “errónea conceptualización de lo ficticio literario”.

“Sólo desde la errónea creencia de que los personajes hablan para el lector, puede tener algún sentido la afirmación de imitan actos de habla”. Dentro del texto literario se están dando unas circunstancias y condiciones que hacen posible los actos ilocutivos, aunque difieran en la apariencia de realidad respecto a nuestro mundo real. Pero esto “no hace más reales nuestros actos de habla y más irreales los suyos”.

 

 

Hacia una crítica de la razón poética

 

Es la segunda cuestión, sobre el carácter literario de la comunicación cotidiana, la que me interesa subrayar ahora. Es aquí donde encuentro una mayor separación respecto a la noción de “razón poética” de María Zambrano y, en consecuencia, un sendero para ir construyendo la crítica de la razón poética.

Para este análisis, E. de Bustos sitúa su perspectiva en la línea utiliza por Gabriela Reyes en el estudio de la pragmática lingüística: la fragmentación del sujeto, “necesaria para dotar de amplitud y capacidad descriptora a la teoría pragmática”.

De Bustos se detiene aquí en el plano sociológico, en las consecuencias de esta fragmentación del sujeto para la acción social y, por tanto, para la comunicación.

Y es aquí donde el individuo hablante, comunicador de la literatura, presenta muchas más conexiones con los personajes reales que el hablante ideal utilizado en la pragmática.

“Si atendemos, pues, a esta dimensión social de nuestra vida comunicativa, reconoceremos que, en esa vida, nos comportamos habitualmente como personajes, que adoptamos papeles y los interpretamos en función de nuestra competencia, de nuestra capacidad para adoptar diferentes personalidades, y de la imagen, igualmente dramática, podríamos decir, que asignamos a nuestro auditorio. Nadie habla o escucha desde un yo puro o incontaminado, ni siquiera como el sujeto idealizado de la comunicación que supone la teoría pragmática: desde ese punto de vista las personae no somos sino los personajes de una función que vivimos y que conocemos como la vida real”

(2001: 118)

            Nuestra vida comunicativa, el sentido de lo que decimos y lo que queremos expresar, también de lo que interpretamos de lo que los otros nos dicen, está intrínsecamente relacionado con nuestra vida social y con la historia. El significado auténtico del lenguaje no lo encontramos, siguiendo a los románticos, a Hölderlin o Heidegger, a Unamuno o a Zambrano, sólo, en la palabra originaria, sino en los sedimentos que ha ido lentamente dejando el lenguaje a través de la historia y de la vida social.

            “G. Reyes (1990) ha defendido que “puede proponerse que hay en todo acto de habla una ficción, un locutor que repite locutores, papeles preestablecidos […] el lenguaje reproduce voces ajenas, es decir, reproduce usos anteriores, por fuerza, por las necesidades de funcionamiento de unos subsistemas provistos de unidades discretas”. Del mismo modo que el sujeto transita por sus diferentes personalidades comunicativas, resolviéndose en ellas , su comportamiento verbal recrea comportamientos anteriores […] Creo que se puede estar de acuerdo en que ninguno de nuestros actos de habla es primigenio, tiene una fuerza elocutiva originaria o está dirigido a un efecto perlocutivo indefinido. Como en el caso de la comunicación literaria, nuestros actos de habla también son parasitarios respecto a otros no menos reales. Explotan la similaridad entre lo que hacemos y lo hecho en infinitas ocasiones, aprovechando los vínculos que la cultura y nuestra historia han creado y que posibilitan nuestra vida comunicativa, nuestra vida social”. (2001: 118–19).


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[1] DE BUSTOS, E. “ Pragmática y literatura”, en Vega Reñón, Rada García y Mas Torres, (ed.): Del pensar y su memoria. (Ensayos e homenaje al profesor Emilio Lledó). Madrid, UNED, 2001. pp 107–119.

Eduardo de Bustos Guadaño es profesor de la UNED,

catedrático de la asignatura Filosofía del Lenguaje

 

 

© Eduardo de Bustos Guadaño, 2001 (en su correspondiente edición, arriba señalada).

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© Mercedes Laguna González, 2004 (de la lectura)

LINDARAJA. Revista de estudios interdisciplinares y transdisciplinares.

Foro universitario de Realidad y ficción.

URL: http://www.realidadyficcion.org/filosofiayliteratura.htm

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El caso Savolta: entre realidad y ficción


Dr. Eduardo Ruiz Tosaus

"El narrador omnisciente, la representación objetiva, la relación causa-efecto como procedimiento hermeneútico de explicación de un mundo transparente, ha dejado de estar en vigor en la novela actual. Quizá debido a ello, la "agonía de la novela" ha sido un topos al que la crítica ha recurrido regularmente a lo largo de todo el siglo XX. La novela, género periclitado para unos, es para otros la única posibilidad de que el hombre contemporáneo dispone para representar el mundo una vez perdidas las certidumbres científicas, principalmente la creencia en la capacidad de objetividad de la historia. Frente a la "Verdad" única de la historia, se propondrán las diversas "verosimilitudes" que permite la novela, llegándose a afirmar, incluso, como hace Bajtin (1), que sólo a través de ésta se puede llegar a una apreciación objetiva del pasado.

El desafío que Bajtin plantea al proponer la noción de "autenticidad", es que debe problematizarse la separación rígida del paradigma tradicional verdad-verosimilitud, así como la aprehensión que el hombre se hace de la realidad presente o pasada. Parecería que ante las posibles verosimilitudes que la novela ofrece se desvanezca la verdad única que la historiografía tradicional impone.

Durante siglos, tanto la Historia como la literatura se consideraban ramas de un tronco común del saber que perseguía iluminar la conciencia del individuo. La Historia instruía y la literatura, además, deleitaba, según el precepto horaciano, con lo que cumplía una función superior con respecto a aquélla, más limitada a lo contingente y particular, sin la facultad de la literatura para trascender la realidad empírica. De todos modos, existía una diferencia, resaltada por Aristóteles: la Historia debía reflejar la "verdad" (los hechos que ocurrieron), mientras la literatura debía ser verosímil, probable o posible, en su relación de lo que no ocurrió pero que podría haber ocurrido. A tal efecto, se debían respetar unas convenciones de probabilidad o posibilidad, de las que la escritura de la historia, por el contrario, se veía libre.

Sin embargo, en el siglo XX tales presupuestos han comenzado a deconstruirse. Se ponen en tela de juicio las presuposiciones implícitas de la Historia en cuanto a su objetividad, neutralidad, impersonalidad y transparencia. Contrariamente a la afirmación aristotélica, el saber histórico se somete a unas convenciones lingüísticas e ideológicas semejantes a la literatura. (2) La pretendida "verdad objetiva", basada en la existencia incuestionable de lo "real", de la historiografía, queda, pues, en entredicho, así como el estatus de autonomía de esta disciplina entre el resto de las ciencias. Con ello no se pretende negar en absoluto que el pasado existió, sino que se pretende indagar en lo que estos hechos pueden significar para una sociedad (3)."

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Así comienza el artículo que Eduardo Ruiz Tosaus publicó en la revista Especulo, nº 18 de la  Universidad Complutense de Madrid.

http://www.ucm.es/info/especulo/numero 18/savolta2.html.

Eduardo Ruiz Tosaus es licenciado Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona y ha presentado recientemente su tesis doctoral sobre "la narrativa de Eduardo Mewndoza, paradigma de la transgresión (1975-1996) por la UNED (Madrid).

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