Un tortuoso y empinado camino bajo un
cielo gris que lloviznaba, el golpear ronco y desacompasado de
madreñas contra el barro y las piedras. Mucho frío. En lo alto
la iglesia y el tañido metálico de las campanas tocando a
muerto. Camino silencioso, con un cirio apagado en cada mano, al
lado del féretro. ¿Premonición?, ¿alegoría?, palabras que a mis
ocho años no tenían ningún sentido. No lo sé, pero lo cierto es
que, algunos años después, señalé ese momento de mi vida como el
comienzo de una honda vivencia de la existencia.
Posteriormente la muerte del abuelo materno me llevó a repetir
como un estribillo un no voy a verle más, que arrancaba el
llanto como única respuesta a la desesperación, al miedo, a lo
inexplicable. Hoy pienso que acrecentados por el dolor que veía
en mis familiares y que dejaba al descubierto, por primera vez
para mí, su propia fragilidad; haciendo derrumbarse la seguridad
que había tenido hasta entonces.
Es indudable que nacer y vivir los primeros años de la vida en
un pequeño pueblo de la montaña suponía, sin duda alguna, estar
inmerso de lleno y sin traumas en el ciclo de la vida. La
naturaleza, los animales, las personas: formaban parte del
sucederse constante de las estaciones fluidamente, con total
naturalidad; ahora pienso que pertenecían a un mismo todo, a una
unidad indisoluble. No es de extrañar que la vida –o la
supervivencia- y la muerte estuvieran íntimamente ligadas. El
nacimiento de un niño, el bautizo, algunos féretros blancos:
eran hechos que estaban prácticamente en el mismo escalón que el
nacimiento de un ternero, la salida en primavera a buscar nidos
o cazar lagartijas y ranas en verano (frecuentemente con una
violencia atroz), la matanza del cerdo, la siembra al voleo o la
tormenta que se llevaba una cosecha.
Mantengo fresca en mi mente la belleza del otoño en mis
montañas, con sus contrastes: rojos, verdes, violetas, las
interminables gamas de ocres... En todo punto semejante a la
vuelta de Don Quijote a la razón, como presagio de su final. La
llegada del largo invierno de nieve y silencio se intuye como el
fin de un ciclo. No es de extrañar que aparezca siempre como el
límite que hay que superar. Salir del invierno era sin duda,
sobre todo para los ancianos, una victoria de la vida que fluía
a través de las innumerables venas de agua transparente que
surcaban las montañas y los valles, fruto del deshielo de esa
muerte aparente y tantas veces real. Después la primavera y,
así, vuelta a empezar...
Hoy no tengo la menor duda de que esta situación es idónea para
que nazca un existencialismo natural o, tal vez, vital abierto a
la trascendencia. Aunque, como es lógico, sin entenderlo como
corrientes intelectuales o culturales. ¡Quién iba a plantearse
entonces estos términos!
Ya desde una más clara conciencia, recuerdo con cariño el
estudio de los Humanismos que en aquellas clases de religión, me
plantearon distintos caminos en animados debates que nos hacían
sentir depositarios de un importante saber. Curiosamente
hacíamos gala de una extraña serenidad, presumiendo de una
madurez que hoy veo estábamos muy lejos de poseer. Con el
tiempo, es sarcástico descubrir que apenas has llegado a arañar
unas pequeñas migajas de sabiduría.
En aquellos momentos se produjo también, tal vez como una
consecuencia lógica, la desazón del encuentro con el paso del
tiempo, tan bien simbolizado por el terrible Saturno devorando a
sus hijos. Aquellos versos que como cualquier adolescente
pretencioso escribía (voy arrastrando mi alma / por la soledad,
/ con la vida cansada./ Voy amasando, yo solo, / la ilusión de
ir muriendo / con las riendas de la soledad a cuestas.),
reflejaban ese paso del tiempo, la tristeza, el dolor que para
un adolescente significan los caminos sin salida, la impotencia
ante tantas situaciones. Las pocas personas que tenían acceso a
ellos reprochaban que sólo me preocupara de lo feo y lo triste
de la vida, cuando había tantas cosas bonitas. Mi respuesta era
siempre que lo bonito estaba bien como era, no necesitaba
transformarse, pero sí el dolor, la tristeza, la miseria; como
si entendiera, ¡qué iluso!, que la poesía tenía que ser la
varita mágica capaz de transformar el mundo que nos rodeaba.
El desencanto, la presencia en mi mente de tantas personas que
se han ido, empiezan a pesar y terminan en un para qué sin
respuesta. ¿Ha servido su vida para algo?, ¿sirve mi vida para
algo? Recuerdo comentar humorísticamente con un amigo y
compañero de estudios, estas dos frases escuchadas en nuestros
pueblos de montaña a personas ancianas: Yo ya no hago nada aquí,
los míos ya están en el otro lado y ¡Ay Señor, Señor, cuándo nos
llevarás! Hoy, al recordarlo viene a mi mente la señora Jesusa,
una anciana de casi noventa años exprimida por la vida y en
cuyas manos secas deformadas por la artrosis, se podía adivinar
tanto sufrimiento, pero el brillo de sus pequeños ojos se
clavaba en el alma con tanta fuerza como la fe inquebrantable
que reflejaba todo su ser. Al final, dentro de nuestro estado de
desánimo, teníamos un triste punto en común: merecía la pena
levantarnos cada día, si conseguíamos que alguien se riera.
Llegado a este punto se producen en mí dos actitudes de sentido
totalmente opuesto: por un lado el afán de hacer muchas cosas,
la inquietud por emprender distintas actividades; por otro lado
una fuerte tentación de tirar la toalla sin luchar, deseando que
el tiempo pase cuanto antes sin demasiadas complicaciones.
I
Y
aquí me encuentro ahora, ante una fundamentación perfectamente
lógica que Sartre elabora en los años en que trabaja con
seriedad[1]
(el Sartre posterior nos sugería a algunos la imagen de un
progre acomodado). Lo cual es, a veces, bastante descorazonador
cuando entras en la lectura con ímpetu juvenil (aunque lo de
juvenil sólo sea retórica), intentando rebatir las ideas que va
exponiendo y te encuentras que las va matizando sucesivamente y,
por tanto, desmontando los pobres argumentos que uno va anotando
en los márgenes del libro. Actuando como si de un diálogo se
tratara, o, más bien, como si interrumpiera su exposición sin
esperar a escucharla por completo.
El error de partida es, tal vez, querer refutar
contundentemente, cuando lo más honesto debiera ser escuchar sin
prejuicio alguno. Esto hace que me crea en el derecho de empañar
todo un pensamiento basándome en cualquier nimio argumento
secundario, como si estuviera buscando el mínimo desliz, la mota
en el ojo ajeno. La única razón que encuentro para esta actitud
es la justificación de mis creencias y mi forma de pensar. Tal
vez estos sean mis inevitables malentendidos –en las palabras
precisas de Heidegger– ...consecuencia de la interpretación que
aplica a posteriori de manera natural lo leído o tan sólo
repetido a lo que ya cree saber antes de la lectura.[2]
Mi postura es, por tanto, similar a algunas de las críticas al
Existencialismo, que el mismo Sartre recoge, y que se basan en
desgajar el planteamiento completo del tronco central y deducir
lógicamente, sin matices, poniendo en boca del existencialismo
las conclusiones, lo que conlleva una crítica poco honesta en
algunas ocasiones. Recojo, de nuevo, las palabras mesuradas de
Heidegger, que denotan la humildad del verdadero sabio: Que la
oposición al <<humanismo>> no implica en absoluto la defensa de
lo inhumano, sino que abre otras perspectivas, debería resultar
un poco más evidente.[3]
Enunciar que la existencia precede a la esencia; es un
planteamiento que me provoca una cierta desazón. En primer
lugar, parece indemostrable lo contrario sólo desde la razón,
sin ayuda de una creencia en algún tipo de trascendencia (anamnesis,
transmigración, reencarnación, vida eterna). Es difícil
conformarse con la existencia como esencia humana cuando la
existencia es tan efímera, y más si en esa existencia el hombre
se presenta en cuanto arrojado. Se presenta en el arrojo del
ser, en lo destinal que arroja a un destino[4].
Pero, volviendo atrás, Heidegger mismo afirma no oponer la
existencia a la esencia, sino que considera que el hombre se
presenta de tal modo que es el <<aquí>>[5],
no en vano la ex-sistentia heideggeriana es esa manifestación,
ese mostrarse del Dasein. Esto hace que marque claramente las
distancias con Sartre, que está adoptando los términos
existentia y essentia en el sentido de la metafísica que, desde
Platón, formula lo siguiente: la essentia precede a la
existentia. Sartre invierte esta frase. Lo que pasa es que la
inversión de una frase metafísica sigue siendo una frase
matafísica. Con esta frase se queda detenido, junto con la
metafísica, en el olvido de la verdad del ser.[6]
Mi planteamiento para anteponer la esencia a la existencia parte
de cambiar la metáfora del Dios artesano por la de un Dios
sembrador, y se basa simplemente en utilizar como asidero el
elemento común a todo ser humano: la capacidad de razonar que
Descartes podía descubrir en los otros por medio del lenguaje,
cuando responden con sentido a las preguntas que les formula,
obviamente resultado del razonar, mediante un cierto principio
de analogía[7].
No estará de más citar el aspecto genético como hilo conductor
que enlaza la evolución humana. Bien es cierto que, desde este
punto de vista, habría un origen para esa esencia humana, el
momento en que se diferencia de las distintas formas de
animalidad, y ese no sería otro que la capacidad de raciocinio.
No podemos imaginar en los primeros homínidos conceptos acuñados
sobre la esencia humana, pero sí cabe pensar que serían
conscientes, al menos instintivamente, de unas características
comunes que los distinguían de otras especies y que además les
harían reconocer desde ese citado momento (llamémosle salto
cualitativo o soplo divino), una cierta superioridad sobre las
demás especies. Superioridad que, evidentemente, no estaría en
el aspecto físico: sus cualidades de fuerza, velocidad,
resistencia, etc., eran palpablemente (y por desgracia para
ellos) inferiores a las de otras especies. Además por semejanza
podrían suponer esa misma superioridad en otros seres afines a
ellos mismos.
Por tanto ha ido surgiendo, completándose y afirmándose un
concepto de esencia dentro ya de la compleja historia humana y
creo que hoy puede afirmarse una esencia común, al menos aquella
que reside en su esencia –en palabras de Heidegger. Pero no sólo
en la que podemos llamar gran historia, sino también en la
historia particular de cada uno. Y en ambas aparece la
influencia del entorno tanto físico como social; entendiendo
social, en un sentido amplio, como la relación con los
semejantes. Es decir, en palabras de Ortega, las circunstancias.
II
Cuando Sartre se plantea el significado del preceder la
existencia a la esencia, contesta: ... que el hombre empieza por
existir, se encuentra, surge en el mundo y que después se
define. Pues bien, es evidente que el hombre surge de algo y en
ese algo hay, al menos, un tipo de esencia, una semilla que
llegará a ser.
Aquí se
inicia pues el proyecto, pero un proyecto que, a mi entender,
difiere notablemente del planteamiento de Sartre. Citaba
anteriormente las circunstancias; dos ejemplos me pueden servir
para reflexionar sobre este tema.
Recuerdo,
en primer lugar, un caso que atrajo mi atención ya que, además,
tuve ocasión de conocer a dos de los protagonistas. La historia
comienza poco antes de la Guerra Civil española en el pequeño
pueblo donde nací; aunque podría ser en cualquier otro lugar
donde seguro que han sucedido casos similares. Dos de los
personajes son una pareja de novios; el muchacho, cumplida la
edad, se incorporó al servicio militar; fue tan mala su fortuna
que comenzó la guerra y, lógicamente tuvo que ir al frente.
En aquellas
graves circunstancias, al oír el cornetín del cartero, la gente
del pueblo acudía rápidamente esperando noticias de sus seres
queridos. Imagino la angustia por la incertidumbre de los
momentos difíciles que estaban viviendo. Puedo sentir la
desesperación de aquella moza cuando recibió la triste noticia
de la muerte de su novio.
Por
entonces se había incorporado también a filas un hermano del
novio muerto. Este mozo tuvo más suerte y pudo regresar a casa
tras la guerra. Pasado el tiempo y después de una relación de
noviazgo, se casó con la que había sido novia de su hermano.
Pues bien,
la situación, el momento histórico, en una palabra las
circunstancias ¿influyen?, aquella muchacha ¿pudo realmente
elegir? Creo que más que ser dueña de sí misma, asumió unas
circunstancias que le impidieron llegar a su meta, a lo que en
un primer momento había elegido.
No sé si se
puede hablar de determinismo, está claro que desde la razón no,
pero aceptémoslo, al menos, como una forma de expresión ante
circunstancias que se nos escapan de las manos.
El segundo
caso es una simple anécdota. Siendo yo niño, pude escuchar,
alguna vez, que bromeaban con mi abuelo hablándole de una novia
que había tenido en su juventud. Yo me planteaba, a mi manera,
si habría existido, si habría existido como soy o lo habría
hecho de una forma diferente. Y si hubiera sido de otra manera
entendía, con cierta lógica, que no sería yo. Estas cavilaciones
infantiles me llevaban a un sinsentido, a un relativismo –diría
hoy-, ya que pensaba que las cosas eran así pero podían haber
sido de otra manera totalmente diferente. No sabía explicarme
por qué había algo -¿alguien?- que podía cambiar las
situaciones; o si todo estaba, de alguna manera, previsto y
tenía que suceder así; al fin y al cabo esta idea se escuchaba
con frecuencia, sobre todo cuando sucedía alguna desgracia en el
pueblo. Se me podrá decir que mi abuelo sí pudo elegir, pero ¿y
yo? Además él nunca contó por qué no se casó con aquella novia,
¿y si fue aquella mujer la que le dejó? ¿realmente elegiría él?
Sin
extenderme más en este punto quiero concluir que el lugar donde
nacemos, la familia, el ambiente cultural, las situaciones que
se van sucediendo a nuestro alrededor, sí influyen
determinantemente en nuestro proyecto personal. Esto me hace
pensar que, tal vez, más que un hacerse podríamos hablar de un
adaptarse a las circunstancias bien sea, en algunos casos, para
asumirlas simplemente –que no es poco- bien para superarlas en
otras ocasiones. En este segundo aspecto está también Sartre que
no justifica la sumisión a las circunstancias.
III
Me llama la atención la extrapolación que Sartre hace de la
responsabilidad del hombre: Y cuando decimos que el hombre es
responsable de sí mismo, no queremos decir que el hombre es
responsable de su estricta individualidad, sino que es
responsable de todos los hombres. Encuentro aquí una suerte de
común unión, planteamiento profundamente cristiano, que no creo
sea precisamente la intención de Sartre. No encuentro una
fundamentación desde la existencia física, sólo desde la
metafísica –o desde la fe- se podría entender e intuyo que
podría ser un reconocimiento no querido de una cierta esencia
común que enlaza a todos los hombres. Tal vez estaría más en la
línea de su pensamiento entender esa repercusión de los actos
individuales en los demás hombres, circunscribiéndolo a un
entorno más o menos cercano. Ampliar esa influencia a toda la
humanidad me parece pretencioso; salvo desde ese concepto
metafísico, que no encaja demasiado con una filosofía de la sola
existencia.
Puedo
asumir en este caso el papel de los medios de comunicación, cuya
capacidad para difundir al instante algunos hechos sí es un foco
de influencia innegable, pero esto no es válido para los que
pertenecemos a ese gran grupo de hombres anónimos. Se podría
admitir en el caso de los grandes hombres, que Nietzsche
planteaba, capaces de dar un vuelco a sociedades enteras y en
algunos momentos a toda la humanidad. Pero entiendo que no es a
estos a los que Sartre se refiere con su afirmación.
Aunque
nuestras decisiones no afecten a todos los hombres, siempre
producen una incertidumbre de la que puede derivar la angustia.
La responsabilidad de una decisión tiene un antes en el que
sopesamos los pros y los contras, las posibles consecuencias de
nuestra decisión; y un después en el que uno asume, o tiene que
asumir, las consecuencias reales de tal o cual decisión. Y en
este último está después también el sentido de responsabilidad
en cuanto causante de las consecuencias producidas.
También es
cierto que hay personas que sólo se plantean esta
responsabilidad con respecto a sí mismas. Por tanto, no se
preocupan demasiado de las repercusiones en los demás y, por
esto, yo creo que no les afecta ningún tipo de angustia en el
sentido existencialista. Estaríamos, por tanto prejuzgando que
en ellos se produzca esa angustia y mala fe al mentir, pensando
que no están a bien con su conciencia. Yo mismo prejuzgo cuando,
basándome en indicios o en distintas manifestaciones de algunas
personas, pienso que hay gente que no se plantea la
responsabilidad hacia los demás.
Admito la
lógica que en Sartre lleva de la responsabilidad a la angustia,
acrecentada por el desamparo. Es cierto que, desde un concepto
puramente material de la existencia, no podemos pretender una
seguridad absoluta, que sólo cabe desde una postura puramente
infantil. Sin embargo, desde la vivencia de la fe sí hay quienes
desde el amparo, obtienen una seguridad que les lleva entregar
su vida sirviendo a los demás. Todo ello desde una profunda
libertad de elección que les permite superar cualquier dilema
moral. Asumiendo, en todo caso, las propias limitaciones, los
errores, los miedos y desde la aceptación consciente de una
transcendencia a la finitud material. También podríamos añadir
aquí, con todo derecho, a todos aquellos que se entregan a los
demás a pesar de estar sumidos en el lago unamuniano de San
Manuel Bueno Mártir. Y, cómo no, aquellos que desde la más pura
filantropía o búsqueda de nuevas experiencias desempeñan las
mismas funciones.
En estas
ideas planteadas por Sartre, encuentro toda una tradición
cristiana que llega, posiblemente, hasta el concilio Vaticano II.
Concebir la vida como un valle de lágrimas, o como escribía
Santa Teresa de Jesús: una mala noche en una mala posada;
refleja un estilo de vida –o de supervivencia- centrado en
desdeñar todo el mundo material que entronca, nada menos que con
la teoría platónica de las Ideas. Asumiendo las épocas en que el
poder terrenal de la Iglesia contradecía su propio
planteamiento.
Vislumbro
una cierta contradicción entre este planteamiento de la
responsabilidad de nuestras acciones individuales hacia los
demás y la concepción que Sartre tiene de la condición humana.
En esta permanecen vestigios del principio individualista que
considera la unión de los individuos como mera búsqueda del
propio lucro; en una vertiente casi antisocial como la
preconizada por Hobbes –homo homini lupus-; más que en el
aspecto asocial rousseauniano. En este sentido entiendo ese
otro, como una libertad colocada frente a mí, que no piensa y
que no quiere sino por o contra mí. Aunque, por otra parte,
Sartre no llega tan lejos y esto se puede considerar un simple
análisis de aspectos que suceden y se manifiestan en una
sociedad moderna, cada vez más individualizada, pero que no se
pueden generalizar. Ya que Sartre renuncia al quietismo, aunque
lo haga sin esperanzas, y esto es siempre de agradecer.
Ante un
planteamiento desesperanzado, reflejo de la no creencia en Dios
tanto como de ponerse la venda antes de recibir la herida, así
como de la falta de fe en el propio hombre; podemos entresacar
lo más positivo, a mi juicio; entronca con el acto privilegiado
del mientras que señala Zubiri. El tiempo que aún tenemos,
porque -como Séneca dice, en la cita que Aranguren recoge- en
esto nos diferenciamos de los dioses: en que se nos ha dado un
tiempo finito[8].
Por tanto podemos cambiar siempre, no somos personajes
literarios planos concebidos para actuar siempre con los mismos
patrones, sin salirse de unas normas tipo. Encajamos, más bien,
en los personajes redondos que tienen la posibilidad de ir
cambiando, evolucionando y, por qué no, también haciéndose a sí
mismos y en relación con los demás.
No me
resisto a citar las palabras de Joseph Gevaert porque transmite
un mensaje más esperanzador: ser hombre significa ser con los
demás; y en el desarrollo de este título dice: una antropología
que concede la primacía a la comunión inmediata con el otro
hombre en el mundo rechaza la autosuficiencia del yo y se siente
totalmente polarizada por la responsabilidad frente al otro y
por la necesidad de realizarse en comunión con él. Aquí el
conocimiento y el dominio del mundo están sometidos al
reconocimiento del hombre por parte del hombre. El encuentro con
el otro constituye un dinamismo concreto que abre al hombre a la
trascendencia y a la esperanza religiosa.[9]
Quiero
reseñar también una tradición con la que Sartre coincide en el
rechazo al quietismo: Las constantes alusiones en los textos
bíblicos a la preferencia por las obras frente a las palabras,
la necesidad de obrar –obras, no sacrificios, la fe sin obras es
una fe muerta, por sus obras los conoceréis, etc.-
IV
Hay
que destacar el tratamiento existencialista de los valores.
Considero imprescindible la cita de Heidegger donde afirma
expresamente que el pensar contra <<los valores>> no pretende
que todo lo que se declara como <<valor>> -...- sea carente de
valor. De lo que se trata es de admitir de una vez que al
designar a algo como <<valor>> se está privando precisamente a
lo así valorado de su importancia. Explica esto lógicamente
porque lo valorado sólo es admitido como mero objeto de la
estima del hombre. Y, por tanto, todo valorar es una
subjetivización, incluso cuando valora positivamente.[10]
Considera Heidegger en el mismo texto el pensar en valores como
la mayor blasfemia que se pueda pensar contra el ser. Porque
como él muy bien afirma, al pensarlos se subjetivan y como
consecuencia se convierten en objeto. No sé que pensaría
Heidegger del planteamiento de la reforma de la enseñanza
primaria y secundaria en España que destaca como descubrimiento
más innovador los valores, con el pomposo título de Educación en
valores. Es cierto que la exigencia de vivir en sociedad y
educar para desenvolverse en ella, necesita de unas pautas y por
tanto se hace necesario elegir los que sirvan mejor a esos
objetivos. Pero ¿Cómo o quién los elige?
Sartre
sigue esta misma línea, el hombre crea cuando elige –y no es
posible no elegir– (aquí tal vez hay una forma de determinismo o
un puro sofisma). Si no podemos decir a priori lo que hay que
hacer, no pueden existir esos valores predeterminados, con el
consiguiente peligro de relativismo total, marcado por la
imposibilidad del hombre de sobrepasar la subjetividad humana;
que, como veíamos, Sartre trata de salvar con el sentido de la
responsabilidad.
Mi idea de
los valores es que existen. Es cierto que habitualmente no son
universales, pero también es verdad que algunos sí. Cito la
estima por la propia familia, entendida como un grupo más o
menos numeroso pero con una relación clara de cercanía tanto
física como afectiva. Las manifestaciones serán distintas: clan,
tribu, pueblo, matriarcado o patriarcado, o nuestro concepto
occidental de familia que perdura a pesar de los ataques
despiadados durante mucho tiempo. Este tipo de ataques a la
familia y su concepto suelen ser premeditados y por tanto unos
son directos desprestigiando y aireando los defectos, que
indudablemente tiene, presentando en los medios de comunicación
otras alternativas de convivencia como naturales o ideales,
donde la institución de la familia aparece como algo arcaico y
prácticamente residual en la sociedad –comunas, intercambios
sexuales entre parejas, paternidad entre homosexuales, etc.-,
presentando a los que la defienden y creen en ella poco menos
que como locos o fuera de la realidad, de lo moderno.
Hay otro
tipo de ataques indirectos, muy relacionados con una “kultura”
considerada progresista o mal llamada progresista que proviene
de un resentimiento y hasta odio por todo lo que uno no ha
podido elegir, renegando de ello y concediéndole un aire
renovador frente a lo considerado arcaico, y caduco. En esta
línea está la siguiente frase de un conocido periodista, J. L.
Cebrián: Uno tiene que poder elegir a sus padres. Sin
comentarios.
He querido
centrarme sólo en la familia por ser una de las instituciones
que más influencia ha tenido en nuestra cultura occidental y que
quizá por esta serie de ataques permanentes puede estar
perdiendo algunas de sus funciones. Por lo que me atañe podría
citar la idea, aportada por Fernando Savater en El valor de
educar, de que en la familia se tiene que producir la primera
socialización del niño.
Podríamos
extendernos en otra serie de valores quizá más espirituales,
pero que podemos reconocer en su concreción, por sus
manifestaciones, como la amistad, la fidelidad a la verdad, la
justicia, el derecho a la vida considerado como un valor
sometido a todo tipo de controversias y violado en muchas partes
del mundo y un largo etcétera.
En relación
con los valores está la existencia, en este caso inexistencia,
de Dios. Esto hace decir a Sartre que es muy incómodo que Dios
no exista para el existencialismo, porque con él desaparece toda
posibilidad de encontrar valores en un cielo inteligible, por
tanto no se puede tener el bien a priori.
Descubro,
por el contrario en Heidegger una apertura a la trascendencia
que no aparece en Sartre. Para él tal vez lo característico de
esta era mundial sea precisamente que se ha cerrado a la
dimensión de lo salvo. Tal vez sea este el único mal.[11]
Su razón es que no se puede llegar a la dimensión de lo sagrado
si el espacio abierto del ser no está aclarado.
La
declaración de Sartre se cierra con un aunque Dios existiera,
esto no cambiaría; he aquí nuestro punto de vista... el problema
no es el de su existencia; es necesario que el hombre se
encuentre a sí mismo y se convenza de que nada puede salvarlo de
sí mismo, así sea una prueba valedera de la existencia de Dios.
Mi
conclusión es que no creo que se vaya a descubrir esa prueba
valedera de la que habla Sartre, pero sí creo en una vivencia de
la fe que, como tal, no admite pruebas racionales, pero que se
impone frente a la indiferencia que lleva al nihilismo
–utilizando una vez más las palabras de Heidegger-. Me sirve el
planteamiento de un Dios que no niega la libertad, sino todo lo
contrario, de hecho se le reprocha en relación con la existencia
del mal en el mundo que no actúe para evitarlo. Un Dios que se
siente, que entronca con toda una tradición popular que conozco
y he vivido, ¿vivo? –muy marcada en el mundo rural- impregnada
de resignación, pero extrañamente fuerte ante el dolor, ante la
adversidad, que sabe sobreponerse con una dignidad admirable;
vital. Parafraseando a Unamuno, tiene más fuerza una Salve
cantada por el pueblo en la romería de la Virgen de la Velilla,
que muchos de los libros de Teología y de los sermones más
elocuentes. La experiencia de la soledad, en el sonido de la
noche oscura de la montaña, transmite una fuerza para
sobrellevar el miedo que no tiene explicación. La naturaleza,
las personas, la convivencia adquieren un sentido por sí mismos,
sin necesidad de explicaciones. Se siente la presencia de los
seres queridos que se han ido.
En última
instancia, identificándome con Bloch que se negaba por dignidad
personal a que el hombre acabe igual que el ganado, por si
hiciera falta una última tabla a la que agarrarse para seguir a
flote, me quedan las palabras de D. Solle: creer en Dios a
cambio de nada[12].
Por el mero hecho de formar parte de un universo inabarcable,
maravilloso en su grandeza y en lo más pequeño, en el que
podemos relacionarnos con los demás, ser con los demás, sentir.
Manuel Fraijó escribe lo siguiente recogiendo las palabras de J.
M. Pohier: <<No es evidente –escribe Pohier- que el mejor modo
que tiene Dios de guardarme en su memoria sea hacerme
sobrevivir>>. Es más: Pohier teme que el <<más allá>> pueda
distraernos de las urgencias del aquí y ahora. Lo importante es
permanecer en la memoria de Dios y, para ello, no es
imprescindible que nos regale otra vida.[13]