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PALABRAS SOBRE EL EXISTENCIALISMO

"El existencialismo es un humanismo", J. P. Sartre 

 

JESÚS ÁNGEL DÍAZ GONZÁLEZ

alumno de 5º de Filosofía, UNED 

 

 

 

        Un tortuoso y empinado camino bajo un cielo gris que lloviznaba, el golpear ronco y desacompasado de madreñas contra el barro y las piedras. Mucho frío. En lo alto la iglesia y el tañido metálico de las campanas tocando a muerto. Camino silencioso, con un cirio apagado en cada mano, al lado del féretro. ¿Premonición?, ¿alegoría?, palabras que a mis ocho años no tenían ningún sentido. No lo sé, pero lo cierto es que, algunos años después, señalé ese momento de mi vida como el comienzo de una honda vivencia de la existencia.

          Posteriormente la muerte del abuelo materno me llevó a repetir como un estribillo un no voy a verle más, que arrancaba el llanto como única respuesta a la desesperación, al miedo, a lo inexplicable. Hoy pienso que acrecentados por el dolor que veía en mis familiares y que dejaba al descubierto, por primera vez para mí, su propia fragilidad; haciendo derrumbarse la seguridad que había tenido hasta entonces.

          Es indudable que nacer y vivir los primeros años de la vida en un pequeño pueblo de la montaña suponía, sin duda alguna, estar inmerso de lleno y sin traumas en el ciclo de la vida. La naturaleza, los animales, las personas: formaban parte del sucederse constante de las estaciones fluidamente, con total naturalidad; ahora pienso que pertenecían a un mismo todo, a una unidad indisoluble. No es de extrañar que la vida –o la supervivencia- y la muerte estuvieran íntimamente ligadas. El nacimiento de un niño, el bautizo, algunos féretros blancos: eran hechos que estaban prácticamente en el mismo escalón que el nacimiento de un ternero, la salida en primavera a buscar nidos o cazar lagartijas y ranas en verano (frecuentemente con una violencia atroz), la matanza del cerdo, la siembra al voleo o la tormenta que se llevaba una cosecha.

         Mantengo fresca en mi mente la belleza del otoño en mis montañas, con sus contrastes: rojos, verdes, violetas, las interminables gamas de ocres... En todo punto semejante a la vuelta de Don Quijote a la razón, como presagio de su final. La llegada del largo invierno de nieve y silencio se intuye como el fin de un ciclo. No es de extrañar que aparezca siempre como el límite que hay que superar. Salir del invierno era sin duda, sobre todo para los ancianos, una victoria de la vida que fluía a través de las innumerables venas de agua transparente que surcaban las montañas y los valles, fruto del deshielo de esa muerte aparente y tantas veces real. Después la primavera y, así, vuelta a empezar...

        Hoy no tengo la menor duda de que esta situación es idónea para que nazca un existencialismo natural o, tal vez, vital abierto a la trascendencia. Aunque, como es lógico, sin entenderlo como corrientes intelectuales o culturales. ¡Quién iba a plantearse entonces estos términos!

 

        Ya desde una más clara conciencia, recuerdo con cariño el estudio de los Humanismos que en aquellas clases de religión, me plantearon distintos caminos en animados debates que nos hacían sentir depositarios de un importante saber. Curiosamente hacíamos gala de una extraña serenidad, presumiendo de una madurez que hoy veo estábamos muy lejos de poseer. Con el tiempo, es sarcástico descubrir que apenas has llegado a arañar unas pequeñas migajas de sabiduría.

        En aquellos momentos se produjo también, tal vez como una consecuencia lógica, la desazón del encuentro con el paso del tiempo, tan bien simbolizado por el terrible Saturno devorando a sus hijos. Aquellos versos que como cualquier adolescente pretencioso escribía (voy arrastrando mi alma / por la soledad, / con la vida cansada./ Voy amasando, yo solo, / la ilusión de ir muriendo / con las riendas de la soledad a cuestas.), reflejaban ese paso del tiempo, la tristeza, el dolor que para un adolescente significan los caminos sin salida, la impotencia ante tantas situaciones. Las pocas personas que tenían acceso a ellos reprochaban que sólo me preocupara de lo feo y lo triste de la vida, cuando había tantas cosas bonitas. Mi respuesta era siempre que lo bonito estaba bien como era, no necesitaba transformarse, pero sí el dolor, la tristeza, la miseria; como si entendiera, ¡qué iluso!, que la poesía tenía que ser la varita mágica capaz de transformar el mundo que nos rodeaba.

 

        El desencanto, la presencia en mi mente de tantas personas que se han ido, empiezan a pesar y terminan en un para qué sin respuesta. ¿Ha servido su vida para algo?, ¿sirve mi vida para algo? Recuerdo comentar humorísticamente con un amigo y compañero de estudios, estas dos frases escuchadas en nuestros pueblos de montaña a personas ancianas: Yo ya no hago nada aquí, los míos ya están en el otro lado y ¡Ay Señor, Señor, cuándo nos llevarás!  Hoy, al recordarlo viene a mi mente la señora Jesusa, una anciana de casi noventa años exprimida por la vida y en cuyas manos secas deformadas por la artrosis, se podía adivinar tanto sufrimiento, pero el brillo de sus pequeños ojos se clavaba en el alma con tanta fuerza como la fe inquebrantable que reflejaba todo su ser. Al final, dentro de nuestro estado de desánimo, teníamos un triste punto en común: merecía la pena levantarnos cada día, si conseguíamos que alguien se riera.

        Llegado a este punto se producen en mí dos actitudes de sentido totalmente opuesto: por un lado el afán de hacer muchas cosas, la inquietud por emprender distintas actividades; por otro lado una fuerte tentación de tirar la toalla sin luchar, deseando que el tiempo pase cuanto antes sin demasiadas complicaciones.

 

 

 

I

        

        Y aquí me encuentro ahora, ante una fundamentación perfectamente lógica que Sartre elabora en los años en que trabaja con seriedad[1] (el Sartre posterior nos sugería a algunos la imagen de un progre acomodado). Lo cual es, a veces, bastante descorazonador cuando entras en la lectura con ímpetu juvenil (aunque lo de juvenil sólo sea retórica), intentando rebatir las ideas que va exponiendo y te encuentras que las va matizando sucesivamente y, por tanto, desmontando los pobres argumentos que uno va anotando en los márgenes del libro. Actuando como si de un diálogo se tratara, o, más bien, como si interrumpiera su exposición sin esperar a escucharla por completo.

        El error de partida es, tal vez, querer refutar contundentemente, cuando lo más honesto debiera ser escuchar sin prejuicio alguno. Esto hace que me crea en el derecho de empañar todo un pensamiento basándome en cualquier nimio argumento secundario, como si estuviera buscando el mínimo desliz, la mota en el ojo ajeno. La única razón que encuentro para esta actitud es la justificación de mis creencias y mi forma de pensar. Tal vez estos sean mis inevitables malentendidos –en las palabras precisas de Heidegger– ...consecuencia de la interpretación que aplica a posteriori de manera natural lo leído o tan sólo repetido a lo que ya cree saber antes de la lectura.[2]

         Mi postura es, por tanto, similar a algunas de las críticas al Existencialismo, que el mismo Sartre recoge, y que se basan en desgajar el planteamiento completo del tronco central y deducir lógicamente, sin matices, poniendo en boca del existencialismo las conclusiones, lo que conlleva una crítica poco honesta en algunas ocasiones. Recojo, de nuevo, las palabras mesuradas de Heidegger, que denotan la humildad del verdadero sabio: Que la oposición al <<humanismo>> no implica en absoluto la defensa de lo inhumano, sino que abre otras perspectivas, debería resultar un poco más evidente.[3]

          Enunciar que la existencia precede a la esencia; es un planteamiento que me provoca una cierta desazón. En primer lugar, parece indemostrable lo contrario sólo desde la razón, sin ayuda de una creencia en algún tipo de  trascendencia (anamnesis, transmigración, reencarnación, vida eterna). Es difícil conformarse con la existencia como esencia humana cuando la existencia es tan efímera, y más si en esa existencia el hombre se presenta en cuanto arrojado. Se presenta en el arrojo del ser, en lo destinal que arroja a un destino[4]. Pero, volviendo atrás, Heidegger mismo afirma no oponer la existencia a la esencia, sino que considera que el hombre se presenta de tal modo que es el <<aquí>>[5], no en vano la ex-sistentia heideggeriana es esa manifestación, ese mostrarse del Dasein. Esto hace que marque claramente las distancias con Sartre, que está adoptando los términos existentia y essentia en el sentido de la metafísica que, desde Platón, formula lo siguiente: la essentia precede a la existentia. Sartre invierte esta frase. Lo que pasa es que la inversión de una frase metafísica sigue siendo una frase matafísica. Con esta frase se queda detenido, junto con la metafísica, en el olvido de la verdad del ser.[6]

           Mi planteamiento para anteponer la esencia a la existencia parte de cambiar la metáfora del Dios artesano por la de un Dios sembrador, y se basa simplemente en utilizar como asidero el elemento común a todo ser humano: la capacidad de razonar que Descartes podía descubrir en los otros por medio del lenguaje, cuando responden con sentido a las preguntas que les formula, obviamente resultado del razonar, mediante un cierto principio de analogía[7].

         No estará de más citar el aspecto genético como hilo conductor que enlaza la evolución humana. Bien es cierto que, desde este punto de vista, habría un origen para esa esencia humana, el momento en que se diferencia de las distintas formas de animalidad, y ese no sería otro que la capacidad de raciocinio.

         No podemos imaginar en los primeros homínidos conceptos acuñados sobre la esencia humana, pero sí cabe pensar que serían conscientes, al menos instintivamente, de unas características comunes que los distinguían de otras especies y que además les harían reconocer desde ese citado momento (llamémosle salto cualitativo o soplo divino), una cierta superioridad sobre las demás especies. Superioridad que, evidentemente, no estaría en el aspecto físico: sus cualidades de fuerza, velocidad, resistencia, etc., eran palpablemente (y por desgracia para ellos) inferiores a las de otras especies. Además por semejanza podrían suponer esa misma superioridad en otros seres afines a ellos mismos.

           Por tanto ha ido surgiendo, completándose y afirmándose un concepto de esencia dentro ya de la compleja historia humana y creo que hoy puede afirmarse una esencia común, al menos aquella que reside en su esencia –en palabras de Heidegger. Pero no sólo en la que podemos llamar gran historia, sino también en la historia particular de cada uno. Y en ambas aparece la influencia del entorno tanto físico como social; entendiendo social, en un sentido amplio, como la relación con los semejantes. Es decir, en palabras de Ortega, las circunstancias.

 

 

II

 

           Cuando Sartre se plantea el significado del preceder la existencia a la esencia, contesta: ... que el hombre empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo y que después se define. Pues bien, es evidente que el hombre surge de algo y en ese algo hay, al menos, un tipo de esencia, una semilla que llegará a ser.

Aquí se inicia pues el proyecto, pero un proyecto que, a mi entender, difiere notablemente del planteamiento de Sartre. Citaba anteriormente las circunstancias; dos ejemplos me pueden servir para reflexionar sobre este tema.

Recuerdo, en primer lugar, un caso que atrajo mi atención ya que, además, tuve ocasión de conocer a dos de los protagonistas. La historia comienza poco antes de la Guerra Civil española en el pequeño pueblo donde nací; aunque podría ser en cualquier otro lugar donde seguro que han sucedido casos similares. Dos de los personajes son una pareja de novios; el muchacho, cumplida la edad, se incorporó al servicio militar; fue tan mala su fortuna que comenzó la guerra y, lógicamente tuvo que ir al frente.

En aquellas graves circunstancias, al oír el cornetín del cartero, la gente del pueblo acudía rápidamente esperando noticias de sus seres queridos. Imagino la angustia por la incertidumbre de los momentos difíciles que estaban viviendo. Puedo sentir la desesperación de aquella moza cuando recibió la triste noticia de la muerte de su novio.

Por entonces se había incorporado también a filas un hermano del novio muerto. Este mozo tuvo más suerte y pudo regresar a casa tras la guerra. Pasado el tiempo y después de una relación de noviazgo, se casó con la que había sido novia de su hermano.

Pues bien, la situación, el momento histórico, en una palabra las circunstancias ¿influyen?, aquella muchacha ¿pudo realmente elegir? Creo que más que ser dueña de sí misma, asumió unas circunstancias que le impidieron llegar a su meta, a lo que en un primer momento había elegido.

No sé si se puede hablar de determinismo, está claro que desde la razón no, pero aceptémoslo, al menos, como una forma de expresión ante circunstancias que se nos escapan de las manos.

El segundo caso es una simple anécdota. Siendo yo niño, pude escuchar, alguna vez, que bromeaban con mi abuelo hablándole de una novia que había tenido en su juventud. Yo me planteaba, a mi manera, si habría existido, si habría existido como soy o lo habría hecho de una forma diferente. Y si hubiera sido de otra manera entendía, con cierta lógica, que no sería yo. Estas cavilaciones infantiles me llevaban a un sinsentido, a un relativismo –diría hoy-, ya que pensaba que las cosas eran así pero podían haber sido de otra manera totalmente diferente. No sabía explicarme por qué había algo -¿alguien?- que podía cambiar las situaciones; o si todo estaba, de alguna manera, previsto y tenía que suceder así; al fin y al cabo esta idea se escuchaba con frecuencia, sobre todo cuando sucedía alguna desgracia en el pueblo. Se me podrá decir que mi abuelo sí pudo elegir, pero ¿y yo? Además él nunca contó por qué no se casó con aquella novia, ¿y si fue aquella mujer la que le dejó? ¿realmente elegiría él?

Sin extenderme más en este punto quiero concluir que el lugar donde nacemos, la familia, el ambiente cultural, las situaciones que se van sucediendo a nuestro alrededor, sí influyen determinantemente en nuestro proyecto personal. Esto me hace pensar que, tal vez, más que un hacerse podríamos hablar de un adaptarse a las circunstancias bien sea, en algunos casos, para asumirlas simplemente –que no es poco- bien para superarlas en otras ocasiones. En este segundo aspecto está también Sartre que no justifica  la sumisión a las circunstancias.

 

 

III

 

        Me llama la atención la extrapolación que Sartre hace de la responsabilidad del hombre: Y cuando decimos que el hombre es responsable de sí mismo, no queremos decir que el hombre es responsable de su estricta individualidad, sino que es responsable de todos los hombres. Encuentro aquí una suerte de común unión, planteamiento profundamente cristiano, que no creo sea precisamente la intención de Sartre. No encuentro una fundamentación desde la existencia física, sólo desde la metafísica –o desde la fe- se podría entender e intuyo que podría ser un reconocimiento no querido de una cierta esencia común que enlaza a todos los hombres. Tal vez estaría más en la línea de su pensamiento entender esa repercusión de los actos individuales en los demás hombres, circunscribiéndolo a un entorno más o menos cercano. Ampliar esa influencia a toda la humanidad me parece pretencioso; salvo desde ese concepto metafísico, que no encaja demasiado con una filosofía de la sola existencia.

Puedo asumir en este caso el papel de los medios de comunicación, cuya capacidad para difundir al instante algunos hechos sí es un foco de influencia innegable, pero esto no es válido para los que pertenecemos a ese gran grupo de hombres anónimos. Se podría admitir en el caso de los grandes hombres, que Nietzsche planteaba, capaces de dar un vuelco a sociedades enteras y en algunos momentos a toda la humanidad. Pero entiendo que no es a estos a los que Sartre se refiere con su afirmación.

 

Aunque nuestras decisiones no afecten a todos los hombres, siempre producen una incertidumbre de la que puede derivar la angustia. La responsabilidad de una decisión tiene un antes en el que sopesamos los pros y los contras, las posibles consecuencias de nuestra decisión; y un después en el que uno asume, o tiene que asumir, las consecuencias reales de tal o cual decisión. Y en este último está después también el sentido de responsabilidad en cuanto causante de las consecuencias producidas.

También es cierto que hay personas que sólo se plantean esta responsabilidad con respecto a sí mismas. Por tanto, no se preocupan demasiado de las repercusiones en los demás y, por esto, yo creo que no les afecta ningún tipo de angustia en el sentido existencialista. Estaríamos, por tanto prejuzgando que en ellos se produzca esa angustia y mala fe al mentir, pensando que no están a bien con su conciencia. Yo mismo prejuzgo cuando, basándome en indicios o en distintas manifestaciones de algunas personas, pienso que hay gente que no se plantea la responsabilidad hacia los demás.

Admito la lógica que en Sartre lleva de la responsabilidad a la angustia, acrecentada por el desamparo. Es cierto que, desde un concepto puramente material de la existencia, no podemos pretender una seguridad absoluta, que sólo cabe desde una postura puramente infantil. Sin embargo, desde la vivencia de la fe sí hay quienes desde el amparo, obtienen una seguridad que les lleva entregar su vida sirviendo a los demás. Todo ello desde una profunda libertad de elección que les permite superar cualquier dilema moral. Asumiendo, en todo caso, las propias limitaciones, los errores, los miedos y desde la aceptación consciente de una transcendencia a la finitud material. También podríamos añadir aquí, con todo derecho, a todos aquellos que se entregan a los demás a pesar de estar sumidos en el lago unamuniano de San Manuel Bueno Mártir. Y, cómo no, aquellos que desde la más pura filantropía o búsqueda de nuevas experiencias desempeñan las mismas funciones.

En estas ideas planteadas por Sartre, encuentro toda una tradición cristiana que llega, posiblemente, hasta el concilio Vaticano II. Concebir la vida como un valle de lágrimas, o como escribía Santa Teresa de Jesús: una mala noche en una mala posada; refleja un estilo de vida –o de supervivencia- centrado en desdeñar todo el mundo material que entronca, nada menos que con la teoría platónica de las Ideas. Asumiendo las épocas en que el poder terrenal de la Iglesia contradecía su propio planteamiento.

Vislumbro una cierta contradicción entre este planteamiento de la responsabilidad de nuestras acciones individuales hacia los demás y la concepción que Sartre tiene de la condición humana. En esta permanecen vestigios del principio individualista que considera la unión de los individuos como mera búsqueda del propio lucro; en una vertiente casi antisocial como la preconizada por Hobbes –homo homini lupus-; más que en el aspecto asocial rousseauniano. En este sentido entiendo ese otro, como una libertad colocada frente a mí, que no piensa y que no quiere sino por o contra mí. Aunque, por otra parte, Sartre no llega tan lejos y esto se puede considerar un simple análisis de aspectos que suceden y se manifiestan en una sociedad moderna, cada vez más individualizada, pero que no se pueden generalizar. Ya que Sartre renuncia al quietismo, aunque lo haga sin esperanzas, y esto es siempre de agradecer.

Ante un planteamiento desesperanzado, reflejo de la no creencia en Dios tanto como de ponerse la venda antes de recibir la herida, así como de la falta de fe en el propio hombre; podemos entresacar lo más positivo, a mi juicio; entronca con el acto privilegiado del mientras que señala Zubiri. El tiempo que aún tenemos, porque -como Séneca dice, en la cita que Aranguren recoge- en esto nos diferenciamos de los dioses: en que se nos ha dado un tiempo finito[8]. Por tanto podemos cambiar siempre, no somos personajes literarios planos concebidos para actuar siempre con los mismos patrones, sin salirse de unas normas tipo. Encajamos, más bien, en los personajes redondos que tienen la posibilidad de ir cambiando, evolucionando y, por qué no, también haciéndose a sí mismos y en relación con los demás.

 

No me resisto a citar las palabras de Joseph Gevaert porque transmite un mensaje más esperanzador: ser hombre significa ser con los demás; y en el desarrollo de este título dice: una antropología que concede la primacía a la comunión inmediata con el otro hombre en el mundo rechaza la autosuficiencia del yo y se siente totalmente polarizada por la responsabilidad frente al otro y por la necesidad de realizarse en comunión con él. Aquí el conocimiento y el dominio del mundo están sometidos al reconocimiento del hombre por parte del hombre. El encuentro con el otro constituye un dinamismo concreto que abre al hombre a la trascendencia y a la esperanza religiosa.[9]

Quiero reseñar también una tradición con la que Sartre coincide en el rechazo al quietismo: Las constantes alusiones en los textos bíblicos a la preferencia por las obras frente a las palabras, la necesidad de obrar –obras, no sacrificios, la fe sin obras es una fe muerta, por sus obras los conoceréis, etc.-

 

 

IV

 

 

          Hay que destacar el tratamiento existencialista de los valores. Considero  imprescindible la cita de Heidegger donde afirma expresamente que el pensar contra <<los valores>> no pretende que todo lo que se declara como <<valor>> -...- sea carente de valor. De lo que se trata es de admitir  de una vez que al designar a algo como <<valor>> se está privando precisamente a lo así valorado de su importancia. Explica esto lógicamente porque lo valorado sólo es admitido como mero objeto de la estima del hombre. Y, por tanto, todo valorar es una subjetivización, incluso cuando valora positivamente.[10] Considera Heidegger en el mismo texto el pensar en valores como la mayor blasfemia que se pueda pensar contra el ser. Porque como él muy bien afirma, al pensarlos se subjetivan y como consecuencia se convierten en objeto. No sé que pensaría Heidegger del planteamiento de la reforma de la enseñanza primaria y secundaria en España que destaca como descubrimiento más innovador los valores, con el pomposo título de Educación en valores. Es cierto que la exigencia de vivir en sociedad y educar para desenvolverse en ella, necesita de unas pautas y por tanto se hace necesario elegir los que sirvan mejor a esos objetivos. Pero ¿Cómo o quién los elige?

Sartre sigue esta misma línea, el hombre crea cuando elige –y no es posible no elegir– (aquí tal vez hay una forma de determinismo o un puro sofisma). Si no podemos decir a priori lo que hay que hacer, no pueden existir esos valores predeterminados, con el consiguiente peligro de relativismo total, marcado por la imposibilidad del hombre de sobrepasar la subjetividad humana; que, como veíamos, Sartre trata de salvar con el sentido de la responsabilidad.

Mi idea de los valores es que existen. Es cierto que habitualmente no son universales, pero también es verdad que algunos sí. Cito la estima por la propia familia, entendida como un grupo más o menos numeroso pero con una relación clara de cercanía tanto física como afectiva. Las manifestaciones serán distintas: clan, tribu, pueblo, matriarcado o patriarcado, o nuestro concepto occidental de familia que perdura a pesar de los ataques despiadados durante mucho tiempo. Este tipo de ataques a la familia y su concepto suelen ser premeditados y por tanto unos son directos desprestigiando y aireando los defectos, que indudablemente tiene, presentando en los medios de comunicación otras alternativas de convivencia como naturales o ideales, donde la institución de la familia aparece como algo arcaico y prácticamente residual en la sociedad –comunas, intercambios sexuales entre parejas, paternidad entre homosexuales, etc.-, presentando a los que la defienden y creen en ella poco menos que como locos o fuera de la realidad, de lo moderno.

Hay otro tipo de ataques indirectos, muy relacionados con una “kultura” considerada progresista o mal llamada progresista que proviene de un resentimiento y hasta odio por todo lo que uno no ha podido elegir, renegando de ello y concediéndole un aire renovador frente a lo considerado arcaico, y caduco. En esta línea está la siguiente frase de un conocido periodista, J. L. Cebrián: Uno tiene que poder elegir a sus padres. Sin comentarios.

He querido centrarme sólo en la familia por ser una de las instituciones que más influencia ha tenido en nuestra cultura occidental y que quizá por esta serie de ataques permanentes puede estar perdiendo algunas de sus funciones. Por lo que me atañe podría citar la idea, aportada por Fernando Savater en El valor de educar, de que en la familia se tiene que producir la primera socialización del niño.

Podríamos extendernos en otra serie de valores quizá más espirituales, pero que podemos reconocer en su concreción, por sus manifestaciones, como la amistad, la fidelidad a la verdad, la justicia, el derecho a la vida considerado como un valor sometido a todo tipo de controversias y violado en muchas partes del mundo y un largo etcétera.

En relación con los valores está la existencia, en este caso inexistencia, de Dios. Esto hace decir a Sartre que es muy incómodo que Dios no exista para el existencialismo, porque con él desaparece toda posibilidad de encontrar valores en un cielo inteligible, por tanto  no se puede tener el bien a priori.

Descubro, por el contrario en Heidegger una apertura a la trascendencia que no aparece en Sartre. Para él tal vez lo característico de esta era mundial sea precisamente que se ha cerrado a la dimensión de lo salvo. Tal vez sea este el único mal.[11] Su razón es que no se puede llegar a la dimensión de lo sagrado si el espacio abierto del ser no está aclarado.

La declaración de Sartre se cierra con un aunque Dios existiera, esto no cambiaría; he aquí nuestro punto de vista... el problema no es el de su existencia; es necesario que el hombre se encuentre a sí mismo y se convenza de que nada puede salvarlo de sí mismo, así sea una prueba valedera de la existencia de Dios.

 

Mi conclusión es que no creo que se vaya a descubrir esa prueba valedera de la que habla Sartre, pero sí creo en una vivencia de la fe que, como tal, no admite pruebas racionales, pero que se impone frente a la indiferencia que lleva al nihilismo –utilizando una vez más las palabras de Heidegger-. Me sirve el planteamiento de un Dios que no niega la libertad, sino todo lo contrario, de hecho se le reprocha en relación con la existencia del mal en el mundo que no actúe para evitarlo. Un Dios que se siente, que entronca con toda una tradición popular que conozco y he vivido, ¿vivo? –muy marcada en el mundo rural- impregnada de resignación, pero extrañamente fuerte ante el dolor, ante la adversidad, que sabe sobreponerse con una dignidad admirable; vital. Parafraseando a Unamuno, tiene más fuerza una Salve cantada por el pueblo en la romería de la Virgen de la Velilla, que muchos de los libros de Teología y de los sermones más elocuentes. La experiencia de la soledad, en el sonido de la noche oscura de la montaña, transmite una fuerza para sobrellevar el miedo que no tiene explicación. La naturaleza, las personas, la convivencia adquieren un sentido por sí mismos, sin necesidad de explicaciones. Se siente la presencia de los seres queridos que se han ido.

En última instancia, identificándome con Bloch que se negaba por dignidad personal a que el hombre acabe igual que el ganado, por si hiciera falta una última tabla a la que agarrarse para seguir a flote, me quedan las palabras de D. Solle: creer en Dios a cambio de nada[12]. Por el mero hecho de formar parte de un universo inabarcable, maravilloso en su grandeza y en lo más pequeño, en el que podemos relacionarnos con los demás, ser con los demás, sentir. Manuel Fraijó escribe lo siguiente recogiendo las palabras de J. M. Pohier: <<No es evidente –escribe Pohier- que el mejor modo que tiene Dios de guardarme en su memoria sea hacerme sobrevivir>>. Es más: Pohier teme que el <<más allá>> pueda distraernos de las urgencias del aquí y ahora. Lo importante es permanecer en la memoria de Dios y, para ello, no es imprescindible que nos regale otra vida.[13]

 

 


 

[1] Tomado de los apuntes del curso de Teodicea del profesor Fontecha (León 1980-81).

[2] Heidegger M. Carta sobre el Humanismo. Alianza Editorial. Madrid 2001. Pag. 63.

[3] Heidegger M. Ibidem., p. 66.

[4] Ibidem., p. 33.

[5] Ibidem., p 30.

[6] Ibidem., p. 35.

[7] Sánchez Meca, D. Martin Buber. Ed. Herder. 2ª Edición. Barcelona. 2000.

[8] Aranguren J.L. Ética. Alianza Editorial. Octava reimpresión. Madrid. 1995.

[9] Gevaert J. El problema del hombre. Introducción a la antropología filosófica. Ed. Sígueme. Salamanca. 1980.

[10] Heidegger. Ibiden., ps. 66 y 67.

[11] Heidegger M. Ibidem., p. 71.

[12] Citado por Fraijo M. A vueltas con la religión. Ed. Verbo Divino. Estella 1998.

[13] Ibidem., p.147.

 

 

 

 

 

© Jesús Ángel Díaz González, 2004

LINDARAJA. Revista de estudios interdisciplinares y transdisciplinares. Foro universitario de Realidad y ficción.

URL: http://www.realidadyficcion.org/humanismo.htm

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