REALIDAD Y FICCIÓN                                                                          LECTURA, COMENTARIO, CREACIÓN Escríbenos

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LECTURA

 

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LEER – NOVELA

 

Arturo Pérez-Reverte,

corresponsal en ‘Cabo Trafalgar’

 

   © NIEVES GARCÍA-TEJEDOR

          

   E

n vísperas del bicentenario de la Batalla de Trafalgar (21 de Octubre de 2005), Arturo Pérez-Reverte publica en Alfaguara ‘Cabo Trafalgar’, adelantándose un año a la conmemoración de tan trascendente como olvidado acontecimiento. Es una bonita y cuidada edición de Alfaguara, en la que, con su personal estilo, Pérez-Reverte añade un navío inventado –El Antilla– a los treinta y tres españoles y franceses que formaban la escuadra que se enfrentó a la británica del almirante Nelson.

            Quizás más cerca del espíritu de los artículos que publica en El Semanal desde hace años (de los que ya se han hecho dos recopilaciones: “Patente de Corso” y “Con ánimo de ofender”) que de sus anteriores y exitosas novelas (La piel del tambor, El club Dumas, La reina del sur...), Pérez-Reverte nos aproxima a la Batalla de Trafalgar con su particular mayéutica, para despertar las conciencias de sus lectores, sacando del olvido éste y tantos otros acontecimientos que glosan nuestra nutrida Historia. Esa intención de concienciar marca el estilo de esta novela, sin menoscabo del mero entretenimiento al estilo de cualquier novela de aventuras. La crueldad de la guerra, la vivencia de la batalla en su desgarradora realidad.

            Quizá por ello, como salta a la vista, el lenguaje de Pérez-Reverte es totalmente de nuestro siglo. El autor parece querer servirse de este recurso utilizando el lenguaje como una máquina del tiempo, o como un traductor simultáneo de jerga y expresiones que nos aproximan a los personajes y acontecimientos de aquella época. Pero es más, el acercamiento se da en ambas direcciones: esos personajes hablan así para también aproximarse a nosotros. Según Pérez-Reverte, <<somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos>>, “nuestros políticos no son muy distintos de aquellos y, quizás en último término, pero más importante, no deberíamos olvidar a quienes dieron la vida entonces para que ahora seamos como somos”.

            Luego está, claro, el sentido del humor y la casi pérfida ironía de Pérez-Reverte, que deriva en el uso de multitud de anacronismos (por la misma razón que explicábamos más arriba, hacer el tema tan pasado como presente) tales como “espidigonzález”, “Pepito Grillo”, “mucha vaselina”, “si es blanco y en botella...”. Casi se puede jugar a la búsqueda y detección de los más posibles (otra entretenida aunque absurda razón para leer este libro). Como apreciará el lector, todos los ejemplos son de jerga; Pérez-Reverte, amante de la rufianesca, es experto en germanía. También de las palabras tal como suenan: cagüendiós (con perdón), etc; pero en especial las de otros idiomas: yenesepá, vualá,  gudbay... Recurso muy frecuente en casi todas sus obras y artículos (próximo al estilo de Sánchez-Ferlosio en El Jarama), aquí aún más agudo como probable burla al francés y al inglés; no al idioma, ojo, sino al enemigo histórico (por más que en Trafalgar Francia fuera aliado nuestro debido a la obligación contraída por el tratado de San Ildefonso y los Convenios de París); un enemigo que parece personalizar con pasión, como si pudiéramos hablar de una prosopopeya de razas y culturas. Por no hablar de las onomatopeyas que inundan las páginas del libro, que hacen al lector participar del fragor de la batalla también con el sentido del oído, añadido al placer de la lectura.

             Es patente también en la novela un realismo descarnado, aunque no gratuitamente sangriento. Las personas y las batallas son lo que son. No es un realismo galdosiano, social; es más bien una especie de “cruda realidad”. Un intento más de Arturo Pérez-Reverte de aproximar a sus lectores a la dureza y desgarro de la guerra. Sin escandalizar, pero también sin omitir detalles.

            El autor de la serie de El Capitán Alatriste se ha documentado profunda y largamente (según declara el propio Pérez-Reverte) sobre la Batalla en la que, definitivamente, se hundió el prestigio naval español. Tal profusa documentación se percibe a lo largo de toda la novela en detalles como las biografías del almirante Gravina, Churruca y otros héroes de la contienda, la precisa ubicación histórica de los hechos, el conocimiento de los movimientos de las escuadras combatientes... Si bien no es la documentación erudita de un experto historiador, sino la de un amante apasionado tanto de la Historia como de la psicología del héroe, individualista, idealista ­–e idealizado a menudo en la imaginación de Pérez-Reverte– pleno de valores quizás discutibles, pero nunca mezquinos, a través de los cuales nuestro flamante y más batallador académico expresa los suyos propios.

            Igualmente, como versado y apasionado hombre de mar, el duque de Corso del insigne Reino de Redonda, familiariza al lector ágil y diestramente con los complejos términos navales y marítimos, consiguiendo que cualquiera de nosotros pueda manejarse con ellos (¿nunca mejor dicho?) como pez en el agua, casi sintiéndonos uno más de la tripulación. Porque Pérez-Reverte destaca, no tanto como escritor habilidoso, como por su desarrollo de tramas y aventuras, enganchando e hipnotizando al lector, sumergiéndole en sus escenarios con intrepidez y dinamismo. Algo que, tratándose de asuntos marítimos, ya demostró  en una de sus anteriores novelas, “La carta esférica”, paralela a la cual comenzó su investigación para esta “Cabo Trafalgar” que nos ofrece ahora.

            El futuro lector no tendrá en sus manos una novela histórica, tampoco exactamente una novela de aventuras, ni una obra épica, menos aún un diario de a bordo... pero sí quizás un interesante mestizaje de todas ellas.

 

 

                                                                       © NIEVES GARCÍA-TEJEDOR

 

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© Nieves García-Tejedor, 2005

LINDARAJA. Revista de estudios interdisciplinares y transdisciplinares. Foro universitario de Realidad y ficción.

URL: http://www.realidadyficcion.org/libros.htm

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Rafael Reig, talento a borbotones

 

Con Guapa de cara y la anterior Sangre a borbotones, Rafael Reig se consolida como uno de los mejores y más audaces escritores contemporáneos, con la “I” de inteligencia, ironía e imaginación

 

NIEVES GARCÍA-TEJEDOR

 

   R

 

afael Reig (Cangas de Onís, 1963) se dio a conocer con Esa oscura gente y, más tarde, con La fórmula Omega, entre otras obras y colaboraciones en prensa escrita e Internet, pero su consolidación en el mundo editorial  le llegó  con Sangre a borbotones (Lengua de Trapo, 2002), novela con la que fue, además, finalista al premio Fundación Lara a la mejor novela del año 2003, nada menos que junto con Javier Marías, Enrique Vila-Matas, Almudena Grandes o Terenci Moix (quien fue el galardonado ese año); todos ellos autores más que notables de nuestra narrativa contemporánea, “goleadores de primera”, según palabras del propio Rafael Reig. Recientemente ha publicado Guapa de cara, también en Lengua de Trapo, que inicia con ella una nueva serie denominada “Business class”, con la intención de ofrecer a sus lectores la obra de autores que culminan su carrera por su calidad entre la crítica y los lectores. Y, desde luego, no podía haber empezado mejor, pues Reig es un baluarte para la editorial. Creemos y esperamos que Rafael Reig no haya culminado literalmente su carrera, pues aún puede ofrecer a sus lectores una prometedora serie de novelas, dada su libérrima y desbordada imaginación, así como su personalísima y genial capacidad narrativa. Porque el suyo es un estilo único, muy difícil de clasificar.

Rafael Reig tiene un hipertrófico sentido del humor, con todas sus múltiples facetas: desde la ternura más pueril hasta la más punzante ironía. Un humor que empieza por sí mismo (véase si no las biografías que ilustran las solapas de sus novelas) y que contagia tanto a sus personajes como a sus lectores, consiguiendo además una polifacética identificación entre unos y otros. Pero no es el suyo un humor impostado ni aprendido, es una verdadera actitud y una forma auténtica de ver la vida y de desenvolverse en ella, fruto de una inteligencia poco común. Un arma con la cual sabe esgrimir los argumentos más serios y trascendentes que le ocupan en determinados momentos y que pueblan hábilmente también las páginas de sus novelas. Si el lector reflexiona, puede observar una notable dosis de ensayo, pensamiento y sociología, siempre adobadas de fina ironía –o de cruel sarcasmo si se tercia– en temas de trascendente actualidad y vigencia. Quizás sin pretenderlo, Reig se ha convertido en portavoz de una generación desarticulada, variopinta e individualista que, sin embargo, se agrupa bajo los mismos problemas y dilemas. Es la generación entonces llamada del “baby-boom” y más tarde la generación X, perdida... olvidada; epítetos diversos para ese colectivo fruto de una absurda y poco previsora política familiar que ha devenido en una multitud de gente cualificada pero sin rumbo, presionada por ambos flancos hasta el punto de quedar desubicados social y laboralmente; gente sin aparente conciencia de grupo, individualistas extremos que, sin embargo, o por ello, resulta ser quizás la última verdadera generación: la de aquellos niños que fueron los últimos en jugar en pandillas en la calle y la que ha mostrado tener un subconsciente colectivo simpar: el sentido del humor. Si bien insistimos en que no puede hablarse de una generación de escritores dentro de ésta, debido precisamente a esa individualidad inherente (no podríamos establecer similitud alguna con un Ray Loriga, por ejemplo, siendo éste también un soberbio representante de dicha generación), sí hay fibras comunes que Rafael Reig toca con su particular sensibilidad, y que nos llegan a todos.

Lo que pretendemos asegurar con todo esto es que el libro de Rafael Reig que tengan entre sus manos (recomendamos leer primero Sangre a borbotones para comprender mejor Guapa de cara) no es un mero y ameno relato de intriga con una desbordante imaginación, que también. Sin duda se van a entretener y divertir con las peripecias de Carlos Clot o de Lola Eguíbar en el Madrid navegable de Rafael Reig, donde se transita en bicicletas o en electrobús, se habla en anglo y domina la multinacional Chopeitia Genomics, aunque también sigue siendo la villa típica y castiza que conocemos (¡aún quedan los bares de Antón Martín con cabezas de gambas en el suelo y locales de copas en Malasaña!). Y es que Reig se nutre del cine (Blade Runner, El crepúsculo de los dioses, el cine negro, Woody Allen...), de la literatura y sus clásicos (hay costumbrismo en su obra al estilo de Galdós; personajes como los de Raymond Chandler, Dashiel Hamet; menciones a Azorín, Unamuno, Cortázar y un sinfín más), de la filosofía e incluso del recuerdo y la memoria (especialmente la de aquella infancia común de los que jugábamos al rescate, a las chapas y a las canicas en los recreos de la EGB, teníamos “nancys” y “madelmans” y desayunábamos cola-cao). Con todo ello, amén de variopintos y particulares recursos lingüísticos, teje hábilmente los distintos estilos de novela, conjugando la ciencia-ficción con la novela detectivesca y del oeste, trascendiendo así a una peculiar metanovela que se lee de un tirón, y con una sonrisa–si no carcajada– permanente en el semblante. Pero no pasen por alto la reflexión de la que hablábamos más arriba, que la hay a borbotones. No digo más.

      

© NIEVES GARCÍA-TEJEDOR

 

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© Nieves García-Tejedor, 2005

LINDARAJA. Revista de estudios interdisciplinares y transdisciplinares. Foro universitario de Realidad y ficción.

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