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METÁFORA Y CIENCIA

 

EN ORTEGA

 

Pedro de Tena Alfonso

 

alumno de 5º de Filosofía de la UNED

 

 

 

            En la época más fecunda de Ortega, a partir de 1930, estaba de moda considerar a la metáfora como herramienta propia de la ciencia.

 

“Nuestro gran histólogo (Cajal) en un folleto antiguo (y tomo al azar uno de sus escritos), titulado “Consideraciones generales sobre la morfología de la célula nerviosa”...dice lo siguiente: “Arribadas al nivel de los primeros brazos  del citado tronco dendrítico descompónense en plexos paralelos, serpenteantes, que ascienden a lo largo de los ramos protoplasmáticos a cuyo entorno se aplican, al modo de la hiedra o de las lianas al tallo de los árboles”.[1]

 

            Incluso antes, a comienzos del siglo XX, ya se había puesto de manifiesto la intensa presencia de la metáfora, no sólo en la filosofía o en las ciencias sociales, sino en la ciencia en general.

 

“Sería sumamente curioso, además de útil e instructivo, un estudio detallado sobre la intervención de las grandes metáforas de pensamiento en las grandes generalizaciones y teorías de la filosofía; nos enseñaría cómo los juegos de la fantasía, las aproximaciones, símiles y contrastes de la imaginación, no son del exclusivo dominio de la poesía y de la novela, sino que sustituyen frecuentemente a la lógica de la inteligencia en las teorías e inducciones filosóficas y científicas”.[2]

 

En ambos casos, la interpretación de la presencia de la metáfora va ligada a una concepción instrumental: la metáfora como instrumento al servicio de la ciencia, pero no como elemento constitutivo del propio conocimiento científico. Ortega va más allá. Naturalmente hubiera reconocido sin dificultad alguna la presencia instrumental de las metáforas, a las que era tan aficionado en sus propios escritos. Reconocer que, por ejemplo, la esfera, como subrayó Borges, es una de las más grandes metáforas que, amparando a la divinidad en los primitivos griegos, ha subyugado y condicionado el pensamiento filosófico y científico, hubiera sido incluso agradable para Ortega.[3]

 

En la ciencia, hay innumerables conceptos que tuvieron origen metafórico, desde gravedad a campo, desde espectro de colores a efecto mariposa, desde agujero negro a la manzana en caída libre de Newton, en su supuesta relación –más que dudosa en nuestro tiempo -, con el descubrimiento de la ley de gravitación universal.[4]

 

Ortega es consciente, desde el principio mismo de su carrera, de la trascendencia singular de la metáfora.

 

“"Del arsenal de sensaciones, dolores y esperanzas humanas extraen Newton y Leibniz el cálculo infinitesimal; Cervantes, la quinta esencia de la melancolía escéptica; Buddha, una religión. Son tres mundos diversos. El material es el mismo en todos; sólo varía el método de elaboración. De la propia manera, el mundo de lo verosímil es el mismo de las cosas reales sometido a una interpretación peculiar: la metafórica. "Ese universo ilimitado está construido con metáforas. ¡Qué riqueza! Desde la comparación menuda y latente, que dio origen a casi todas las palabras, hasta el enorme mito cósmico que como la divina vaca Hathor de los egipcios, da sustento a toda una civilización, casi no hallamos en la historia del hombre otra cosa que metáforas. Suprímase de nuestra vida todo lo que no es metafórico y nos quedaremos disminuidos en nueve décimas partes.”[5]

 

            Lo que más valora, precisamente, Ortega en Renan es su capacidad de creación de metáforas. Eso es también lo que hace valorar a Spengler y a su espléndida proposición metafórica sobre la decadencia de Occidente y, a veces, tiene uno la sensación de que Ortega propone que las ciencias sociales tengan por finalidad la producción de metáforas en la esperanza de que, como en la ciencia, vayan ajustando sus significados a una realidad considerada arbitral e independiente.

 

            Pero si había quienes interpretaban la metáfora como un instrumento ornamental adherido al pensamiento científico, Ortega la concibe, directamente, como un instrumento mental imprescindible, no circunstancial sino relativo a la fantasía, a la imaginación del científico.

 

“La metáfora es un instrumento mental imprescindible, es una forma del pensamiento científico. Lo que puede muy bien acaecer es que el hombre de ciencia se equivoque al emplearla y donde ha pensado algo en forma indirecta o metafórica crea haber ejercido un pensamiento directo…La poesía es metáfora; la ciencia usa de ella nada más. También podía decirse: nada menos”.[6]

 

La función de la metáfora en la ciencia es, desde el inicio, perfectamente explicada por Ortega:

 

“Cuando el investigador descubre un fenómeno nuevo, es decir, cuando forma un nuevo concepto, necesita darle un nombre. Como una voz nueva no significaría nada para los demás, tiene que recurrir al repertorio del lenguaje usadero, donde cada voz se encuentra ya adscrita a una significación. A fin de hacerse entender, elige la palabra cuyo usual sentido tenga alguna semejanza con la nueva significación. De esta manera, el término adquiere la nueva significación al través y por medio de la antigua, sin abandonarla. Esto es la metáfora.”[7]

 

            En definitiva, la metáfora es un procedimiento intelectual útil para el conocimiento.

 

"La metáfora es un procedimiento intelectual por cuyo medio conseguimos aprehender lo que se halla más lejos de nuestra potencia conceptual. Con lo que más próximo y lo que mejor dominamos, podemos alcanzar contacto mental con lo remoto y más arisco. Es la metáfora un suplemento a nuestro brazo intelectivo, y representa, en lógica, la caña de pescar o el fusil.”[8]

 

La metáfora es, realmente, una verdad, es un conocimiento de realidades, no una mera figuración. En un ejercicio de asombrosa fecundidad, Ortega llega a decir que también la poesía es investigación y que descubre hechos tan positivos como los que descubre la ciencia, camino de rosas para María Zambrano.[9] De hecho, llega a decir en algún momento que la ciencia, por su carácter imaginativo, es “hermana de la poesía”[10], cosa en la que insiste en el siguiente texto, en que contrapone a ambas con la seriedad del vivir:

 

“"De este modo sitúo la ciencia y la teoría más cerca de la poesía. Hay además, otra porción de razones para ello. Y evitamos de este modo confundirlas con la irremediable seriedad del vivir. LITERATURA Y CIENCIA pertenecen al mundo irreal de la fantasía. Ese es su lugar, ése es su puesto y ése es su papel.” [11]

 

Pero entre la metáfora poética y la metáfora científica hay diferencias.

 

"La ley científica se limita a afirmar la identidad entre las partes abstractas de dos cosas; la metáfora poética insinúa la identificación total de dos cosas concretas…Esto muestra que las actividades intelectuales empleadas en la ciencia son, poco más o menos, las mismas que operan en la poesía y en la acción vital. La diferencia consiste no tanto en ellas como en el distinto régimen y finalidad a que en cada uno de esos órdenes son sometidas…La ciencia usa al revés el instrumento metafórico. Parte de la identidad total entre dos objetos concretos, a sabiendas de que es falsa, para quedarse luego sólo con la porción verídica que ella incluye...Al contrario que la poesía, la metáfora científica va del más al menos”.[12]

 

Pero a continuación, Ortega,  generaliza y se explaya.

 

“De la idea que nos formemos de la conciencia depende toda nuestra concepción del mundo, de la cual, a su vez, depende nuestra moral, nuestra política, nuestro arte. He aquí que el edificio íntegro del universo y de la vida viene a descansar sobre el menudo cuerpo aéreo de una metáfora". [13]

 

La metáfora no es, pues, algo accidental. Probablemente, como con más radicalidad  vieron Nietzsche y el ya citado Borges, es posible que el mundo no sea más que la sucesión de unas cuantas metáforas en continua y sucesiva batalla campal impulsada por los deseos y el poder. Es decir, no hay fundamento y todas las metáforas son igualmente válidas con tal de que tengan coherencia interna y belleza.[14]

 

Ortega se limita a sospechar que la metáfora es algo más que una figura literaria, que tiene funciones cognitivas reales y que incluso actúa de “espacio” relativo en el que los grupos humanos se dotan de sentido histórico. Yendo incluso más allá, Ortega, extremando la argumentación,  afirma que, como demuestra la lógica de la época, toda expresión, sea cual sea, es metáfora porque existe un abismo constante entre lo pensamos y lo que decimos, que lo que decimos no se ajusta nunca al pensamiento, sino lo que sugiere y que, por ello, todo decir es metafórico.[15]

 

Y, por eso, alude a  la diferencia entre la antigua metáfora del sello y la cera para significar la impresión de la realidad (sello), en el entendimiento (cera) y la moderna entre continente y contenido, donde las cosas no vienen de fuera a la conciencia sino que contenidos de ella misma. Conciencia, pues, no es impresión sino creación, construcción.

 

Para los objetivos de este trabajo, creo que ya se ha aportado el material suficiente para atisbar siquiera cuál es la riqueza del significado de la metáfora en la idea de la ciencia de Ortega. En mi opinión, otorga dos sentidos diferentes a la metáfora y ambos pueden ser actualizados, muy especialmente en el ámbito de las ciencias sociales.

 

Por una parte, metáfora, es, en el estudio orteguiano, un elemento constitutivo del conocimiento que interviene decisivamente en el “modelo” que el científico se hace de la realidad. Es más, tal modelo tiene un comienzo lingüístico metafórico y en todo el proceso se mantiene una tensión metáfora- realidad, que, como indica con precisión, va del más al menos. La metáfora científica tiene como destino la pérdida de la libertad inicial y el encadenamiento a la necesidad, cosa que no le pasa a la metáfora poética. Pero este aspecto puede relacionarse con la tesis de la teoría de los modelos – tesis que defiende que la metáfora es al lenguaje poético lo que el modelo es al lenguaje científico -,  que analiza con su exquisita minuciosidad Paul Ricoeur, que considera muy fecunda la idea de un parentesco entre modelo y metáfora, que es lo que yo creo que Ortega apunta.[16]

 

El segundo sentido, que reconoce la presencia de metáforas comprehensivas de la realidad y el mundo globalmente considerados, puede y debe ser actualizado en tanto que en el siglo en el que vivimos, se admitan no las tesis de Huntington sobre el conflicto de las civilizaciones, es preciso que cada cual, cada una de ellas, determine cuál es la metáfora o las metáforas que dan fundamento a su sistema de creencias y reflexione sobre cuál es el grado de incompatibilidad con las demás que coinciden con ella en el momento histórico.

 

En ambas direcciones, podría desarrollarse a partir de las ideas de Ortega, una vigorosa actualización del papel de la metáfora en la metodología de las ciencias sociales.

 

Es más, sin otra pretensión que ser una puntada, añadiré que la metáfora en Ortega podría ser relacionada, en su segundo sentido, con la crisis de los deseos que él detecta en la civilización occidental. Las necesidades del hombre dependen de sus pretensiones, de sus deseos. Pone como ejemplo el del nuevo rico: no sabe desear, no desea nada, sino lo que desean los demás, deseo tópico. La enfermedad básica de nuestro tiempo es una crisis de los deseos. Europa padece "una extenuación de su facultad de desear", decía en su “España invertebrada”.[17]  Tal vez la alianza de una estrategia metafórica, no sólo relacionada con lo que es sino con lo que debería ser en función de los deseos reales, con una estrategia de apoyo en las ciencias sociales permitiría aportar a la predicción su papel decisivo en estas disciplinas. Al fin y al cabo, sólo hay manera de predecir el futuro: atreverse a construirlo.

 

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[1]  Así se expresa el Conde Gimeno en su discurso de ingreso en la Real Academia Española en junio de 1927, discurso que lleva por título, precisamente, “La metáfora y el símil en la literatura científica”, editado en Madrid, Establecimiento tipográfico Huelves y Compañía, 1927, pág. 13

[2] Arnáiz, Marcelino. “Las metáforas en las ciencias del espíritu”, Sáenz de Jubera, Hermanos, Editores, Madrid, 1908, pág. 159.

[3] Borges, Jorge Luis, “Prosa completa”, ed. Bruguera, Barcelona 1980, Volumen 2, pág. 134

[4] Una  introducción relajada puede obtenerse leyendo el artículo “De cerebros, genes y metáforas de la ciencia”, que publicó en el diario La Razón Antonio Fernández-Rañada el 12 de noviembre de 1998, en la sección La Primera, pág. 5.

[5] O.C. “Teoría de lo verosímil en Renan”, 1909, tomo I, pág. 449-50. Para el trabajo, he utilizado las Obras Completas de Ortega, Alianza Editorial, Madrid, 1993, segunda reimpresión, salvo en el caso del tomo I, agotado, que he recurrido a la edición de Revista de Occidente, Madrid, 1946.

[6] O.C. “Las dos grandes metáforas. En el segundo centenario del nacimiento de Kant”, 1924, tomo II, pág. 387

[7] O.C. Ídem. pág. 388

[8] O.C, Ídem, pág. 391

[9] O.C. Ídem.

[10] O.C. “En torno a Galileo”, 1933, tomo V, pág. 17

[11] O.C. “Sobre la razón histórica”, Buenos Aires, 1940, tomo XII, pág. 157

[12] O.C” Las dos grandes metáforas. En el segundo centenario del nacimiento de Manuel Kant”, pág. 393

[13] O.C. Ídem. pág. 397-8

[14] Sobre este particular, me ha resultado muy interesante la lectura de Martin Hollis y su examen de las creencias. En Hollis, Martin, “Invitación a la filosofía”, Ed. Ariel, Barcelona, 1986, capítulo 5, “La trama de las creencias”, págs 109-123.

[15] O.C. “Sobre la razón histórica”, tomo XII pág. 168

[16] Ricoeur, Paul, “La metáfora viva”, Editorial Trotta, 2001, 2ª edición, pág. 316 y ss.

[17] O.C. “Meditación de la técnica”, tomo V, pág. 344

 

 

 

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© Pedro de Tena Alfonso, 2004

LINDARAJA. Revista de estudios interdisciplinares y transdisciplinares. Foro universitario de Realidad y ficción

URL: http://www.realidadyficcion.org/metaforaortega.htm

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