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Sobre la utilidad y los perjuicios de la historia para la vida
F. Nietzsche
Capítulo 10 y último (Fragmento final)
Pero el que quiere derrumbar esta educación debe ayudar a la juventud a expresarse a sí misma, debe iluminar, con claridad de conceptos, su inconsciente oposición y hacer que se exprese de modo consciente y en voz alta. ¿Cómo podrá lograr un objetivo tan fuera de lo común? Ante todo, destruyendo una superstición, la creencia en la necesidad de ese tipo de educación. Todavía se cree que no existe otra alternativa a nuestra actual, extremamente penosa, realidad. Basta examinar, a este respecto, la literatura aparecida en los últimos decenios sobre instrucción y educación superior. Se verá, con extrañeza y desmayo, con qué uniformidad, a pesar de toda la diversidad de opiniones, a pesar de la vehemencia de las contradicciones, se ha concebido el objetivo entero de la educación y qué irresponsablemente, el resultado hasta ahora obtenido, el «hombre culto», tal como hoy es entendido, está aceptado como el fundamento necesario y racional de toda educación ulterior. Esta es, más o menos, la sustancia de ese monótono canon educativo: el joven ha de comenzar su educación con un conocimiento sobre la cultura, no con un conocimiento sobre la vida, y mucho menos con la vida y la experiencia mismas. Además, este conocimiento sobre la cultura será infundido e inculcado al joven precisamente como conocimiento histórico; esto significa que su mente se llenará de una enorme cantidad de conceptos que proceden, no de la intuición inmediata de la vida, sino del conocimiento, extraordinariamente mediato, de épocas y pueblos del pasado. Su deseo de experimentar algo por sí mismo y sentir cómo las propias experiencias personales se convierten en un sistema coherente y vivo -tal deseo queda amortiguado y, en cierto modo, como intoxicado por la fantástica ilusión de que, en pocos años, será posible recoger en sí mismo las experiencias más sublimes y maravillosas de los tiempos antiguos y, especialmente, de las grandes épocas. Es exactamente el mismo método, nada razonable, que lleva a nuestros jóvenes pintores a los museos y galerías, en lugar de llevarlos al taller de un maestro y, sobre todo, al taller único de ese maestro único que es la naturaleza. ¡Como si en un breve paseo apresurado por la historia se pudiera captar a fondo la maestría y el arte de épocas pasadas, su auténtico fruto vital! ¡Como si la vida misma no fuese un oficio que hay que aprender desde la base y de continuo y practicarlo de modo inexorable, si es que queremos algo más que superficialidades y parloteo! Platón consideraba indispensable que la primera generación de su nueva sociedad (en el Estado perfecto) tenía que ser educada con la ayuda de una poderosa mentira necesaria. Los niños debían ser incitados a creer que todos ellos habían vivido durante un tiempo, en estado de sueño, bajo la tierra donde habían sido modelados y formados por el artífice de la naturaleza. ¡Imposible revelarse contra ese pasado! ¡Imposible oponerse a la obra de los dioses! Había que verlo como una ley inviolable de la naturaleza: el que ha nacido como filósofo tiene en su cuerpo oro, el que ha nacido como guardián solo plata, y los trabajadores solo hierro y bronce. Así como no es posible mezclar estos metales, aclara Platón, tampoco es posible mezclar y perturbar el orden de las castas. La creencia en la aeterna veritas de este orden es el fundamento de la nueva educación y, por tanto, del nuevo estado. -Así también el alemán moderno cree en la aeterna veritas de su educación y su tipo de cultura. Pero esta creencia se derrumba, como el estado platónico se derrumbaría, si a una mentira necesaria se contrapone una verdad necesaria: que el alemán no tiene cultura porque, en virtud de su educación, no puede tenerla. Quiere la flor sin la raíz y sin el tallo; por tanto, lo pretende en vano. Esta es la simple verdad, una verdad desagradable y cruda, una verdad justa y necesaria. Pero en esta verdad necesaria tiene que estar educada nuestra primera generación; va a pasar por grandes sufrimientos porque tiene que educarse a sí misma y, en cierto modo, contra sí misma, para adquirir nuevos hábitos y nueva naturaleza, dejando tras sí los viejos hábitos y su primera naturaleza; de suerte que pueda decirse a sí misma en español antiguo: defiéndame Dios de my, Dios me guarde de mí, es decir, de la naturaleza adquirida por mi educación. Tiene que sorber esta verdad, gota a gota, como una amarga y potente medicina, y cada individuo de esta generación debe superarse para poder formular juicio sobre sí mismo, juicio que será más fácil de soportar como juicio general de toda una época: carecemos de cultura, más aún, estamos perdidos para la vida, para el correcto y sencillo oír y ver, para captar felizmente lo que nos es más cercano y natural, y, hasta el presente, no poseemos la base de una cultura porque estamos convencidos de tener en nosotros una vida verdadera. Fragmentado y desintegrado, la totalidad cortada mecánicamente por la mitad en un interior y un exterior, sobresaturado de conceptos, como de dientes de dragón que generan dragones conceptuales, sufriendo, además, de la enfermedad de las palabras, desconfiando de toda sensación personal que todavía no haya recibido la estampilla de las palabras: como tal fábrica de conceptos y palabras, no viva pero tremendamente activa, tal vez tengo derecho a decir cogito, ergo sum, pero no vivo, ergo cogito. Me es garantizado el vacío «ser», pero no la plena y verde vida. Mi sensación original me asegura solamente que soy un pensante, no que soy una criatura viva, que soy, no un animal, sino, a lo sumo, un cogital. En primer lugar, ¡dadme vida y yo sabré hacer de ella una cultura! -Este es el grito de cada individuo de esta primera generación, y con este grito se reconocerán todos ellos entre sí. ¿Quién les dará esta vida? Ningún dios y ningún ser humano: tan solo su propia juventud. Quitad las cadenas a esa juventud y habréis también liberado la vida. Porque la vida estaba escondida y en prisión, pero todavía no está marchita ni muerta -¡os lo podéis preguntar a vosotros mismos! Pero esta vida que se ha librado de sus cadenas está enferma y su salud debe ser restablecida. Sufre de muchas dolencias y no solamente del recuerdo de sus cadenas. Sufre, y esto es lo que aquí, en primer lugar, nos concierne, de la enfermedad histórica. El exceso de historia ha atacado a la fuerza plástica de la vida y esta ya no sabe utilizar el pasado como un alimento robusto. Esta dolencia es horrible y, sin embargo, si la juventud no tuviera el don clarividente de la naturaleza, nadie sabría que es una dolencia y que se ha perdido un paraíso de salud. Pero esta juventud adivina, con el instinto curativo de esta misma naturaleza, cómo este paraíso puede ser recuperado. Ella conoce los ungüentos y medicamentos contra la enfermedad histórica, contra el exceso del elemento histórico. ¿Cuáles son estos ungüentos y medicinas? No hay que extrañarse si tienen nombres de veneno; los antídotos contra lo histórico son: lo ahistórico y lo suprahistórico. Con estas palabras volvemos al comienzo de nuestra consideración y a su tono más sereno. Con la expresión «lo ahistórico» yo designo el arte y la fuerza de poder olvidar y encerrarse en un horizonte limitado; llamo «suprahistórico» a las fuerzas que apartan la mirada de lo que está en proceso de devenir y la dirigen a lo que da a la existencia el carácter de lo eterno y lo inmutable, hacia el arte y la religión. La ciencia -pues es ella la que hablaría de venenos- ve en esa fuerza, en esas potencias, fuerzas y poderes adversos, ya que solamente considera como verdadera y justa, es decir, como observación científica, la que, en todas partes, percibe tan solo lo que es un devenir, lo histórico, y en ninguna parte ve el ser en sí, lo eterno. La ciencia vive en íntima contradicción con las potencias eternizantes del arte y la religión, a la vez que odia el olvido, que es la muerte del saber, tratando de suprimir los límites del horizonte y arrojando al ser humano al mar infinito e ilimitado, al mar de ondas luminosas del devenir reconocido. ¡Si, al menos, pudiese vivir allí! Así como un terremoto devasta y destruye las ciudades, y el hombre construye con temor y efímeramente sus casas sobre terreno volcánico, de modo semejante la vida se derrumba sobre sí misma, se debilita y pierde coraje, cuando el terremoto de conceptos provocado por la ciencia roba al hombre la base de toda su seguridad y paz, la fe en lo que es durable e imperecedero. ¿Debe la vida dominar el conocimiento y la ciencia o debe el conocimiento dominar la vida? ¿Cuál de las dos fuerzas es la superior y decisiva? Nadie dudará: la vida es la fuerza superior y dominante, porque cualquier conocimiento que destruya la vida, al mismo tiempo se destruirá a sí mismo. El conocimiento presupone la vida y tiene el mismo interés en el mantenimiento de la vida que tiene todo ser en la continuación de la propia existencia. Por eso, la ciencia necesita la vigilancia y supervisión de una instancia superior; una higiene de la vida debería colocarse inmediatamente al lado de la ciencia, y una de las reglas de esta higiene debería decir: lo ahistórico y lo suprahistórico son los antídotos naturales contra el sofocamiento de la vida por la historia, contra la enfermedad histórica. Es probable que nosotros, enfermos de historia, tengamos que sufrir también con los antídotos. Pero el hecho de que suframos por ello no es una prueba contra lo adecuado del método terapéutico escogido. Y en esto reconozco la misión de esa juventud, de esa primera generación de luchadores y matadores de serpientes, que abrirá la marcha de una cultura y una humanidad más felices y más bellas, sin poseer más que un prometedor presentimiento de esta futura felicidad y de esta futura belleza. Esta juventud sufrirá, al mismo tiempo, del mal y del antídoto. Pero creen, sin embargo, que pueden gloriarse de poseer una salud más vigorosa y una naturaleza más natural que la generación que la precede: los «adultos» y «viejos» cultos del presente. Su misión es quebrantar los conceptos que la época actual tiene de «salud» y «cultura» y provocar desdén y odio contra estos híbridos monstruos conceptuales; el signo de garantía de su más vigorosa salud deberá ser precisamente que esta juventud, para determinar su esencia profunda, no podrá servirse de conceptos o lemas sectarios de la moneda verbal y conceptual que hoy está en circulación. Se basará tan solo en su potencia activa que lucha, discrimina y analiza, y en su sentimiento de la vida siempre ascendiente en las horas propicias. Se puede objetar que esta juventud tiene ya una cultura. Pero ¿qué juventud podría considerar esto un reproche? Se la podría acusar de rudeza e intemperancia -pero no es todavía suficientemente vieja y sabia para moderar sus exigencias; sobre todo, no necesita fingir y defender una cultura acabada y goza de todos los consuelos y todos los privilegios de la juventud, especialmente del privilegio de una sinceridad temeraria y valerosa y del inspirador consuelo de la esperanza. Yo sé que los que esperan comprenden de cerca todas estas generalidades y que las traducirán, por medio de sus propias experiencias, en una doctrina personal significativa. Entre tanto, los demás solo pueden ver recipientes cerrados, que podrían también estar vacíos, hasta que, con sus propios ojos, vean sorprendidos que los recipientes están llenos y que ataques, reivindicaciones, impulsos vitales y pasiones, que no podían quedar ocultos mucho tiempo, están encerrados y comprimidos en estas generalidades. Remitiendo a estos escépticos al tiempo, que saca todo a la luz, me dirijo, para concluir, a esa sociedad de esperanzados para relatarles, mediante una parábola, el curso y progreso de su curación, su liberación de la enfermedad histórica y también su propia historia hasta el momento en que se hallarán suficientemente sanos para cultivar de nuevo la historia y servirse del pasado, bajo el dominio de la vida, en ese triple sentido: monumental, anticuario y crítico. En ese momento ellos serán más ignorantes que los «cultos» del presente, porque habrán olvidado mucho y habrán perdido todo deseo de lanzar siquiera una mirada a lo que estas gentes cultas quieren, ante todo, saber. Lo que los distingue, desde la perspectiva de estas gentes cultas, es, precisamente, su «incultura», su indiferencia frente a muchas cosas célebres e incluso frente a muchas cosas buenas. Pero, llegados al punto final de su curación, habrán vuelto a ser seres humanos y habrán dejado de ser agregados que se parecen a los hombres. -¡Ya es algo! Todavía hay esperanza. ¿No sentís alegría en vuestros corazones, vosotros los que esperáis? Y ¿cómo llegaremos a este objetivo?, preguntaréis. El dios délfico os lanza, desde el comienzo de la peregrinación hacia esa meta, su imperativo: «Conócete a ti mismo». Es una dura sentencia, pues este dios «no oculta ni revela nada, tan solo indica», como ha dicho Heráclito . Y ¿qué es lo que indica? Hubo siglos en que los griegos se encontraban ante un peligro similar al que hoy tenemos que afrontar, el peligro de perecer por la inundación de lo ajeno y del pasado, de perecer por la «historia». Ellos nunca vivieron en orgulloso aislamiento; su cultura, por el contrario, fue durante largo tiempo un caos de formas y de concepciones extranjeras, semíticas, babilónicas, lidias y egipcias, y su religión una verdadera lucha de dioses de todo Oriente; igual que la «cultura alemana» y la religión son un caos lleno de luchas internas, de todo lo extranjero y de todo lo pasado. Y, sin embargo, la cultura helenística no fue un agregado, gracias a aquella sentencia de Apolo. Los griegos aprendieron poco a poco a organizar el caos, concentrándose, de acuerdo con las enseñanzas délficas, en sí mismos, es decir, en sus verdaderas necesidades, olvidando las necesidades aparentes. Así entraron de nuevo en posesión de sí mismos. No permanecieron largo tiempo como los herederos sobrecargados y epígonos de todo Oriente. Llegaron a ser, tras dura lucha contra sí mismos, con la interpretación práctica de aquella sentencia de Apolo, los más felices enriquecedores e incrementadores del tesoro heredado y los precursores y modelos de todos los pueblos civilizados del futuro. He aquí un símbolo para todos nosotros: cada uno tiene que organizar el caos que tiene es sí, concentrándose en sus verdaderas necesidades. Su sinceridad, su carácter fuerte y verídico, se opondrá algún día a que todo se reduzca siempre a repetir, aprender, imitar; empezará entonces a comprender que la cultura puede ser otra cosa que la decoración de la vida, lo cual en el fondo, no sería otra cosa que fingimiento e hipocresía, pues todo ornamento oculta aquello que adorna. Así se revelará ante él el concepto griego de cultura -en contraposición al romano-, de cultura como un nueva y mejorada physis, sin interior y exterior, sin simulación y convencionalismo, de cultura como unanimidad entre vida, pensamiento, apariencia y voluntad. Así aprenderá, por propia experiencia, que la fuerza superior de la naturaleza moral es lo que permitió a los griegos la victoria sobre todas las otras culturas, y que todo incremento de la veracidad tiene que ser también una necesaria exigencia de la cultura verdadera, aunque esta veracidad pueda, a veces, perjudicar seriamente a la cuturalidad que hoy goza de estima general y pueda contribuirá al caída de toda una cultura decorativa
Nietzsche
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