
PARADOJAS:
EL DISCURSO CON
SAL Y PIMIENTA
Luis Vega
Reñón
Catedrático de Lógica de la UNED
lvega@fsof.uned.es
Las paradojas se mueven entre la
sorpresa y el sobresalto; son anomalías inesperadas que nos pueden
salir al paso en muy diversos lugares y de muy diversas formas. Hay
paradojas vitales, visuales, conceptuales, filosóficas, científicas,
literarias, discursivas ... Pues bien, les propongo entrar en tratos
con las paradojas discursivas, las que envuelven de manera tácita o
expresa alguna suerte de razones y argumentos. Así que, después de
algunos rodeos por diversos ejemplos y opiniones, intentaré
presentarles -en el § 4- las paradojas discursivas de
una manera que considero correcta. Pero, en fin, no me gustaría
terminar esta presentación sin declararles una verdad rotunda:
alguna de las afirmaciones que hago aquí es falsa. Piensen un
momento en esta declaración y reconocerán que lógicamente, al margen
de mis deseos de acertar y decir la verdad, no puede ocurrir otra
cosa. (Por cierto, es la llamada “la paradoja del prólogo”)
§ 0. Ah, ¿pero hay paradojas
genuinas?
«En lógica no puede haber nunca
sorpresas» Tractatus Logico-Philosophicus, 6.1251
«En lógica, proceso y resultado son
equivalentes. (En consecuencia, no hay ninguna
sorpresa.)» Ibd., 6.1261
Uds. recordarán las ilusiones que se
hacía el joven Wittgenstein cuando, por la época del Tractatus,
creía haber resuelto las cuestiones filosóficas que se había
planteado.
Bueno, pues una vez, durante la
celebración del IV Congreso Internacional de Filosofía, se presentó
en una sesión plenaria el Espíritu del Tractatus, tomó
posesión del atril y del micrófono, y dijo a los asombrados
asistentes: “Podéis hacerme una pregunta, la que queráis, pero solo
una; y yo os daré una respuesta verdadera y correcta a esa pregunta.
¿Qué vais a preguntarme?” Los filósofos, muy excitados, empezaron a
discutir cuál podía ser la pregunta mejor o la más conveniente o
-insistió alguno- la más significativa. Esta última consideración
descartó algunas sugerencias iniciales del estilo de:
P0 “En la presente coyuntura bursátil,
¿es mejor un fondo FIAMM que un plan de pensiones?”.
Pero los filósofos no conseguían
ponerse de acuerdo sobre cuál era la cuestión más trascendental y,
sin este paso previo, no podían estar seguros de aprovechar
cabalmente la ocasión que el gentil oráculo les brindaba. A alguien
se le ocurrió una pregunta doble y capaz de cubrir los dos flancos
abiertos:
P1 “Cuál es la mejor
cuestión que podemos plantearte y qué nos responderías”.
Pero P1 violaba la condición
impuesta por el Espíritu: una sola pregunta. Hubo quien propuso
entonces limitarse al primer interrogante de P1, con la
secreta esperanza de que, una vez conocida la cuestión capital, la
comunidad filosófica se concentrara en la búsqueda de solución.
Ahora bien, como la comunidad de los filósofos, en general -al
margen de las ilusiones de algunos individuos-, no se fía mucho de
su propia capacidad resolutiva, y como los congresistas se temían,
además, que no tendrían otra oportunidad de convocar de nuevo al
Espíritu para conocer la Solución una vez conocida la Pregunta, todo
el mundo siguió considerando y debatiendo diversas alternativas. Así
fue poco a poco atrayendo la atención una pregunta más sutil y
compleja del tipo de:
P2 “Cuál es la
respuesta a la cuestión que fuera la mejor que podríamos
plantearte”,
con la intención de que toda la
información buscada viniera incluida en la respuesta. Pero no faltó
quien reparara en la posibilidad de recibir contestaciones del tenor
de “La respuesta es Sí” o “La respuesta es No”, poco
informativas mientras no se supiera justamente a qué respondían. Al
fin, un joven lógico dio con una formulación que acabó por
granjearse la gratitud y el aplauso del pleno del Congreso. Su
interrogante rezaba:
P3 “Cuál es el par ordenado cuyo primer miembro es la mejor
pregunta que podríamos hacer y cuyo segundo miembro es la respuesta
a esta pregunta”.
Casi todo el mundo -y eso
que eran filósofos- convino en que se trataba de una fórmula hábil
para obtener la información pertinente no sólo sobre la gran
Pregunta, sino sobre la gran Respuesta. Tras una breve deliberación,
los notables del Comité Académico del Congreso se levantaron de sus
asientos y el Presidente, seguro de la trascendencia del momento,
formuló con voz grave y solemne la pregunta P3 al Espíritu
del Tractatus. El Espíritu -más bien impasible, la verdad- se
limitó a contestar:
R “Es el par ordenado cuyo primer miembro es la pregunta que
precisamente acabáis de hacerme y cuyo segundo miembro es la
respuesta que os estoy dando”.
Luego, tras un leve saludo, se
desvaneció en el aire, mientras los filósofos se miraban unos a
otros perplejos y desolados. ¡La gran ocasión de sus vidas! Más aún:
¡¡la gran ocasión de un filósofo en toda la historia de la
filosofía!! Y sólo habían sacado en limpio una respuesta inservible
(A fin de cuentas, ¿no habría sido mejor la pregunta inicial sobre
la inversión de unos ahorrillos?)
Sin embargo, puede que alguna ventaja
tenga el formar parte de una profesión tan castigada como
impenitente: lo cierto es que los filósofos clausuraron el Congreso
con el firme propósito de dedicar el siguiente evento a la discusión
de las paradojas, al tiempo que encargaban al joven lógico
responsable de P3 una ponencia acerca de qué es lo que había
ido mal, dónde había estado el fallo. Por lo demás, estos planes de
trabajo de los filósofos -en particular, el reconocimiento de
genuinas paradojas- les suponían despedirse para siempre del
Espíritu del Tractatus.
Por mi parte, les confieso que estuve
a punto de asistir a ese infausto IV Congreso de Filosofía y, desde
luego, prometo no perderme el próximo: puede que se presente algún
otro Espíritu. (¿El de las Investigaciones filosóficas?
Quizás. No se sabe: son muchos los espíritus wittgensteinianos que
hoy andan por ahí en danza). Mientras tanto, les invito a tratar con
las paradojas a partir de la suposición directriz de los planes de
los filósofos: hay efectivamente paradojas genuinas, no meros
acertijos. Así pues, a pesar de las sentencias del Tractatus
citadas al principio (6.1251, 6.1261), creo que hay sorpresas,
incluso en lógica, y que las paradojas se dan en muy diversos campos
del discurso común, de la teorización científica y de la filosofía.
Más aún, me parece que su existencia puede ser buena, saludable y
digna de atención, lejos de quienes piensan que la mayoría de las
llamadas “paradojas” no pasan de ser paralogismos (cf., por ejemplo,
Andrew McMillan en
http://www.paradoxes.info,
“Paradox or Fallacy”).
§ 1. Paradojas y demás familia
(antinomias, aporías, perplejidades).
Nuestros términos paradoja,
paradojo, paradójico provienen del étimo griego
parádoxon (≈ cosa chocante, singular o sorprendente). Hoy tienen
un doble sentido, uno retórico y otro dialéctico, que vienen a
corresponder a dos matices significativos del prefijo ‘para-’:
un matiz de énfasis o refuerzo, un matiz de oposición.
1. En un sentido retórico, una
paradoja es una expresión aparentemente anómala, retorcida o
absurda, dirigida a llamar la atención sobre lo que quiere
significar. Se ha dicho que una paradoja en este sentido es una
verdad puesta patas arriba para llamar la atención. Puede responder
a varios y diversos propósitos: (a) desvelar o comunicar un mensaje
sentido o profundo; (b) tener de paso una intención irónica; (c) ser
un recurso instructivo; (d) bajo una forma un tanto provocativa; (e)
dar una muestra de ingenio, etc.
Un ejemplo en la línea de (a) sería
la barroca confidencia teresiana «Vivo sin vivir en mí, y tan alta
vida espero que muero porque no muero».
En la línea de (b) se movería a su
vez el sumario mandamiento final de la Animal Farm: «Todos
los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que
otros» (G. Orwell 1945, Rebelión en la granja).
Del caso (c) podría dar una idea el
lema pseudocrático «Sólo sé que no sé nada».
La variante (d) estaría representada
por preguntas como la del matemático John Allen Paulos a sus
alumnos: “¿A qué velocidad, expresada en km./h., crece el cabello
humano?”.
Una respuesta corriente es la protesta o el reparo de algún alumno
aventajado:
“-Pero, Prof. Paulos. ¡Eso no se mide en términos de kilómetros /
hora!”.
Lo cual da pie al profesor no sólo para dar la solución precisa y
apropiada:
“-¡Cómo que no! Crece a razón de unos 1,6 ×10-8 kms. por
hora”,
sino para lamentar el analfabetismo
matemático de su entorno.
A estos usos retóricos de las
expresiones más o menos paradójicas y llamativas cabría añadir en la
línea (e) otras muchas muestras de agudeza o de ingenio, etc., un
género en el que ha brillado no sólo el barroquismo hispano de todos
los tiempos -desde Gracián hasta Borges, pongamos por caso-, sino
otra gente ilustre como Lewis Carroll, Oscar Wilde, Bernard Shaw o
Grucho Marx -recordemos su supuesto telegrama: «Please accept my
resignation. I don’t want
to belong to any club that will accept me as a member»-.
2. En un sentido dialéctico, una
paradoja es una aserción opuesta al sentir común sea expresamente o
sea por implicación. Es decir: una proposición contraria a la
opinión mayoritaria o establecida -a veces con visos de ser un
contrasentido-, o una proposición aparentemente plausible o
razonable cuyas consecuencias muestran que no lo es.
Unos vecinos nos están contando
sus penalidades del pasado verano.
“-Un desastre. Cuando llegamos, todos los hoteles estaban llenos,
con todas las habitaciones ocupadas: ya no cabía en ellos ni un
alfiler.
- Bueno -interrumpe otro vecino matemático-, deberíais haber probado
en el Hotel de Hilbert. Es un hotel con infinitas habitaciones de
modo que, aun estando completamente lleno y con todas las
habitaciones ocupadas, siempre cabe un arreglo para habilitar una
nueva y meter a alguien más”.
¿Puede haber un hotel como el Hotel de
Hilbert? ¿No es su misma descripción un contrasentido?
También es una opinión muy común que las reglas (sociales), a
diferencia de las leyes (naturales), mantienen su vigencia aunque no
se cumplan siempre: las reglas admiten incumplimientos o
excepciones. Más aún, según un tópico muy extendido, no hay regla
sin excepción; norma general que conviene tener bien presente a la
hora de proponer una regulación. Valga, pues, como regla de las
regulaciones o regla madre:
R (madre): «No hay regla sin excepción».
¿Es R tan razonable como parece? ¿Es una norma que,
lógicamente, se podría adoptar y seguir?
Por lo regular, ambos
sentidos, el retórico y el dialéctico, son cómplices y están
relacionados entre sí, de manera que al contrasentido, real o
aparente, no le falte su punto de intriga y de provocación y la
paradoja resulte un desafío a nuestro sentido común.
No sé si conocen el reloj de pared de
Cronopio, un viejo amigo. El otro día estábamos tomando el aperitivo
en su casa y la conversación se nos alargó hasta que, de pronto,
sonaron tres campanadas en el reloj de pared. “¡Las tres! -salté-.
¡Ya son las tres! Tengo que irme: había quedado a comer con Filomena
a las dos y media, y se me ha hecho tarde”. “No te preocupes -repuso
tranquilamente Cronopio-. Mi reloj es especial: no ha dado las tres,
sino tres veces la una. Aún te sobra tiempo”.
Una cuestión paradójica
añadida es cómo saber, al oír las campanadas de cualquier otro reloj
-e.g. el del Ayuntamiento por el que se rige Filomena-, si se trata
de un reloj especial o es de los corrientes.
Con este sentido guarda relación el
término antinomia. También se deriva de un étimo
griego: antinómon (≈ algo que contraviene o es contrario a
la norma), que a suvez procede de medios jurídicos; en algunos
autores y contextos, e.g. en Quintiliano, lo antinómico se
agudiza al implicar un conflicto entre las propias normas. Una
antinomia se considera, por lo regular, una anomalía discursiva
más grave que una paradoja simple en la medida en que
envuelve una contradicción insalvable o un conflicto insoluble; la
lógica medieval hablaba de casos insolubles (insolubilia) en
este sentido. Luego, a partir de la referencia de Kant a las
“antinomias” de la razón pura, se incluyeron las contradicciones
reales o aparentes entre dos asertos o dos conclusiones, una tesis y
una antítesis, que tenían una justificación pareja. Y, por último,
entre finales del s. XIX y principios del s. XX, las antinomias
adquirieron carta de naturaleza en medios lógicos y matemáticos,
gracias a ejemplares tan famosos como la antinomia semántica del
mentiroso, o como las antinomias lógico-matemáticas de la teoría
intuitiva de conjuntos.
De la paradoja [antinomia] semántica
del mentiroso conocemos una versión antigua bajo el nombre de
Epiménides, un cretense. En él pensaba Pablo de Tarso cuando
escribía a propósito de los cretenses: «Bien dijo uno de ellos, su
propio profeta: “Los cretenses, siempre embusteros, malas bestias y
glotones”. Verdadero es tal testimonio» (Epist. a Tito,
1,12). Pablo, mejor apóstol que lógico, no cayó en la cuenta de lo
enrevesado de tal testimonio: si verdadero, falso; si falso,
verdadero. Una versión aún más antigua y directa se atribuye al
dialéctico Eubúlides, discípulo de Euclides de Megara en el s. IV
a.n.e. Reza: «El hombre que dice: “lo que estoy diciendo es falso”,
al decir esto ¿miente o dice la verdad?».
Por lo que concierne a las
antinomias lógico-matemáticas que cercaban las nociones intuitivas
de clase o de conjunto, baste recordar la más famosa: la paradoja
[antinomia] de Russell. Supongamos que a cada propiedad (condición,
predicado) le corresponde una determinada clase o conjunto: la clase
de las cosas que tienen esa propiedad (cumplen esa condición,
satisfacen ese predicado). Pues bien, hay predicados o condiciones
anormales en el sentido de que las clases correspondientes son
miembros de sí mismas, como la clase correspondiente al predicado ‘x
es pensable’: ahora estoy pensando en la clase de todo lo pensable,
luego esta clase es ella misma pensable. Por fortuna hay también
predicados o condiciones normales, de modo que las clases
correspondientes no son miembros de sí mismas, como el predicado ‘x
es asturiano’: la verdad es que, por mucho que se empeñe, la clase
de los asturianos no es una asturiana. Consideremos ahora una
presunta clase: la clase de todas las clases correspondientes al
predicado o la condición ‘x no es miembro de sí misma’ o, en otras
palabras, la clase de todas las clases normales. Es decir, la clase:
w = {x ׀ x
Ï x}.
¿Es esta clase w, a su vez, miembro
de sí misma?
¿Sí? Pero si w
Î
w, entonces w no cumple la condición dada, luego w
Ï
w.
¿No? Pero si w
Ï
w, entonces w cumple la condición dada, luego w
Î
w.
En otras palabras, la clase de todas
las clases normales resulta normal si es anormal; anormal, si es
normal.
Sorpresas de este tipo llevaron a los
lógicos matemáticos de las primeras décadas del s. XX a dejar de
suponer que cualquier predicado determina la existencia de la clase
o del conjunto correspondiente y a desconfiar de las clases o
conjuntos irrestrictos (“la clase de todas las clases ...”, “el
conjunto de todos los conjuntos ...”). Para algunos espectadores
posteriores la experiencia fue tan traumática que dieron en pensar
en una crisis de fundamentos del edificio de las matemáticas.
Nuestro término aporía
es un calco de otro griego: aporía ( ≈ situación apurada o
difícil por falta de una vía de salida, cuestión indecidible). El
término tiene una raigambre filosófica debida a la investigación
dialéctica aristotélica de ciertas nociones y principios en la
filosofía natural y en la ética: un propósito de esta investigación
era el respeto a las opiniones autorizadas o acreditadas sobre un
asunto capital que salvara al mismo tiempo las dificultades o
aporías subyacentes. El proceder crítico y ponderativo aristotélico
todavía se refleja en un uso principal de aporía para
designar el caso planteado por la concurrencia de argumentos
parejamente correctos y fuertes con conclusiones opuestas o
incompatibles entre sí.
Aulo Gelio y Diógenes Laercio nos has
transmitido una aporía dilemática fundada en la causa de Protágoras
versus Euatlo. El sofista Protágoras había acordado con su
discípulo Euatlo enseñarle las artes del discurso forense por una
cantidad que Euatlo debería abonar en cuanto ganara su primer
juicio. Acabado el curso, empezó a pasar el tiempo sin que Euatlo
mostrara el menor interés por ejercer sus artes y habilidades en
ningún juicio. Protágoras, al fin, se impacientó -debía algún dinero
a su proveedor de higos-. Entonces citó en su casa a Euatlo y
amenazó con encausarle en estos términos: «Voy a llevarte a juicio
por no pagarme las enseñanzas que has recibido. Si gano, tendrás que
pagarme conforme al veredicto. Y si pierdo, será la primera causa
que ganes, así que también deberás pagarme según lo convenido».
Euatlo, discípulo tan aprovechado como tranquilo, se limitó a
redargüir: «Tú verás. Si pierdo el caso, no tendré que pagarte
porque aún no habré ganado ninguna causa, según lo convenido. Y si
gano, tampoco tendré que pagarte conforme al veredicto». ¿Quién
tiene razón? ¿Cómo salir del paso? Según Leibniz, la solución reside
en un segundo juicio emprendido por Protágoras a resultas del
primero. Por otro lado, la jurisprudencia moderna cuenta con ciertos
recursos para solventar la cuestión: una corte anglosajona se
pronunciaría a favor de Euatlo mientras Protágoras no lograra
establecer su caso de modo inequívoco o introdujera elementos
nuevos de juicio, como el haber sido engañado inicialmente por
Euatlo con un acuerdo doloso.
Las aporías consideradas por Kant
bajo la denominación de “antinomias” de la razón pura, -por ejemplo,
el conflicto entre la tesis de la finitud espacio-temporal del
universo y la antítesis de su infinitud-, son más imprecisas y más
inciertas.
Ulteriormente la calificación “aporético(a)”
se aplica, en general, a situaciones comprometidas o insalvables a
las que nos vemos abocados en virtud de unos supuestos indebidos o
de unas condiciones inviables.
Un ejemplo podría ser el caso xvii de
los Sophismata de Jean Buridan, lógico y filósofo natural,
rector de la Sorbona y, al parecer, amante de la Reina en el París
del s. XIV. El caso consiste en lo siguiente. Sócrates llega a un
puente guardado por un poderoso caballero, Platón, y le pide
autorización para cruzarlo. Platón declara: «Juro que si lo que vas
a decir a continuación es verdadero, te dejaré cruzar; pero si es
falso, te echaré al agua. Habla, pues». Sócrates dice: «Vale. Me
echarás al agua». Si Platón le deja pasar y no le echa al agua, lo
dicho por Sócrates resulta falso, así que Sócrates debería ser
arrojado al agua; pero si Platón le echa al agua, lo dicho por
Sócrates resulta verdadero, así que debería permitir a Sócrates
pasar.
La solución de Buridan es sabia y
elegante: sentencia que el juramento de Platón no le compromete a
nada pues implica un compromiso imposible de cumplir. Con el tiempo,
esta aporía del puente se fue haciendo más dramática mientras los
jueces llamados a dirimir el asunto iban perdiendo sagacidad. Hasta
que nos encontramos con el caso propuesto al flamante gobernador de
la ínsula Barataria en el cap. LI de la segunda parte del Quijote,
historia digna de leer. De ahí ha pasado al canon de las paradojas
universal.
Nuestro término perplejo
deriva, en fin, del latino perplexum (≈ algo muy [per-]
intrincado, plegado, o algo completamente enredado, confuso). Esta
condición da lugar por una suerte de transferencia causa → efecto a
un estado de perplejidad, a no saber a qué atenerse o
cómo salir del paso, estado también relacionado con ciertas
situaciones aporéticas, como acabamos de ver. Es frecuente que uno
no sepa salir de una situación que, lógicamente, no tiene salida.
Cabe pensar que la respuesta de
Sócrates dejaría a Platón perplejo, al igual que los jueces del caso
propuesto a Sancho Panza se habían quedado sumidos en la
perplejidad, “dudosos y suspensos” -según informa a Sancho el
encargado de trasladarle el caso a su corte de justicia en Barataria-.
En los antiguos tiempos griegos, un
estado de perplejidad, como el provocado por el argumento “más
incisivo” al decir de Aristóteles -el argumento que de unas premisas
plausibles deriva una conclusión sumamente implausible-, no era sino
un buen motivo y un acicate para proseguir la investigación del
asunto planteado: “hay algo que anda mal y necesita solución o
arreglo”. En nuestro tiempo, se ha dado en afirmar que los problemas
filosóficos pueden reducirse a situaciones del tipo “no sé por dónde
me ando”, a estados de perplejidad y, si acaso, de ansiedad: males
que se curan disolviendo el enredo o, según algún experto, “ayudando
a la mosca a salir de la botella”. A partir de ahí ha cundido la
especie de que la filosofía tiene mucho que ver con la perplejidad y
no pocos filósofos han puesto en las perplejidades todas sus
complacencias -como el encadenado que hacía el amor con la cadena-.
Cosa que, por cierto, maravilla y causa perplejidad. Quedémonos, sin
embargo, con la copla de que la perplejidad puede ser una reacción
perfectamente natural (no una suerte de afección o afectación
profesional) ante una aporía o una paradoja, sin que ese estado de
ánimo le confiera mayor significación o trascendencia.
§ 2. Sobre lo paradójico, en
general.
Lo paradójico es algo
sorprendente e insólito, pero que además nos intriga por envolver
cierta significación o cierto interés bajo la forma o la apariencia
de un contrasentido. Lo paradójico constituye un desafío a nuestro
sentido común, a los modos establecidos de ver o entender las cosas.
Este carácter desafiante aproxima las
paradojas a los enigmas y los acertijos. Cabe pensar incluso que
toda paradoja tiene algo de enigma en la medida en que encierra un
sentido oculto; pero no todo enigma ha de presentarse en términos
paradójicos. Por otra parte, a diferencia de los enigmas y a
semejanza con los acertijos, se supone que el significado de las
paradojas es accesible o comprensible, y que todas ellas son
solubles positiva o negativamente, es decir por resolución de la
cuestión que plantean, o por disolución del planteamiento mismo
cuando la cuestión resulta intratable o indecidible. Cierto es que
esta suposición no se ha visto siempre acompañada por el éxito
resolutivo o disolutivo: hay paradojas muy obstinadas. Pero, en
cualquier caso, las paradojas también se distinguen de los
rompecabezas o de los meros acertijos, como los desafíos a la razón
o al sentido común se distinguen de los retos al ingenio.
Hesíodo y Sófocles cuentan, siglos antes de nuestra era, que Edipo
se topó al entrar en Tebas con una esfinge que le propuso esta
cuestión: «¿Cuál es el animal que por la mañana se mueve a cuatro
patas, al mediodía a dos y al anochecer a tres?». La pregunta puede
parecer intrigante y curiosa, pero no se plantea en términos
incongruentes o indecidibles. Si uno le atribuye una significación
profunda, pensará estar ante un enigma, y si uno la considera una
prueba de ingenio, ante un acertijo. Pero en ningún caso creerá
hallarse ante una paradoja. Las paradojas son productos más
complejos y elaborados: las paradojas envuelven de manera tácita o
expresa problemas conceptuales y marcos argumentativos. Las
paradojas no hablan a la agudeza o al ingenio, sino al entendimiento
y la razón.
Así que, en suma, una diferencia de los acertijos con respecto a las
paradojas es tener asegurada la existencia de una respuesta acertada
-y dar con ella no es tanto cuestión de sabiduría como de ingenio-;
mientras que los enigmas, a su vez, tenderían al extremo opuesto.
Imagine que en uno de sus viajes por el
ancho mundo Ud se encuentra con tres indígenas de una misma tribu:
Pa, Pe, Po. Lo único que Ud. sabe de esa tribu es que su lengua es
incomprensible y que sus miembros se dividen en dos sectas: la de
los que siempre dicen la verdad y la de los que siempre mienten.
Ud. se dirige a Pa y le pregunta a qué secta pertenece. Pa le
contesta en su propia lengua algo que le resulta ininteligible. Por
fortuna, Pe parece más amable y media como intérprete: “Pa le ha
dicho que es de los mentirosos”. Entonces Po le coge a Ud. del brazo
y tercia para corregir a Pe: “No crea Ud. a Pe, él sí que miente”.
Pues bien, ¿qué puede sacar Ud. en limpio? ¿Quién es de los veraces
y quién es de los mentirosos?
La secta a la que pertenece Pa es un enigma: seguirá siendo un
misterio. En cambio, tanto la secta de Pe, como la de Po, no pasan
de ser un acertijo. Pruebe y verá que no es difícil adivinarlas.
Sin embargo, en esta historia no hay ninguna paradoja -que se sepa,
al menos-.
Al margen de esta especie de pseudoparadojas, los enigmas y los
acertijos, hoy se habla de situaciones paradójicas, objetos o
personajes paradójicos, cuentos paradójicos, cuadros y figuras
paradójicas. Hay compilaciones de paradojas discursivas, mentales y
visuales. En suma, las paradojas pueden darse en muy diversos campos
y de muy distintas formas, aunque su hábitat natural sea el
discurso. En literatura, los relatos paradójicos -no meros
acertijos-, se remontan al parecer a un cuento chino de Chuang-tzu
(s. IV a.n.e.): Chuang-tzu fue el hombre que una vez soñó que era
una mariposa y luego se despertó preguntándose si no sería una
mariposa soñando que era un hombre. Las muestras gráficas y
pictóricas parecen, en cambio, mucho más modernas: hoy son famosos
los cuadros del belga Magritte y los dibujos y composiciones de
Escher, holandés errante durante buena parte de su vida, a quien
debemos varias representaciones “imposibles”. Tampoco son muchos los
años de objetos paradójicos como los triángulos y las escaleras de
Penrose o como los números interesantes.
En cierta ocasión, el conocido
matemático de Cambridge, G.H. Hardy, visitaba a su protegido indio
Ramanujan, un genio del cálculo, convaleciente en una clínica. Para
reiniciar tras unos minutos de silencio la conversación, Hardy
comentó que el número del taxi que le había traído era bastante soso
e irrelevante: el 1729. “No crea, Hardy -replicó Ramanujan-. Es un
número singular. Es el número más pequeño que cabe expresar de dos
formas distintas como la suma de dos cubos (13 + 123
= 103 + 93 = 1729)”.
Esta línea de razonamiento puede
generalizarse hasta el punto de que todos los números resultan
singulares e interesantes. Supongamos que no es así. Sea entonces
n el primer número que, al parecer, no tiene nada de
particular. Pero esta peculiaridad lo distinguiría de cualquier
otro. Luego n también sería un número singular e interesante.
Más reciente aún ha sido la
proclamación del paradoxismo como un movimiento cultural,
ideológico y artístico, nacido en la Rumanía de los años 80, con
aires de rebelarse contra casi todo: contra los movimientos de
vanguardia (surrealismo, dadaísmo) que había conocido el siglo y,
naturalmente, contra la cultura cerrada e irrespirable de la época
de Ceaucescu. Su manifiesto fundacional data de la
publicación de F. Samarandache, Le sens du non-sens, Fez,
Éditions Artistiques, 1983. El paradoxismo se
caracterizaría en pocas palabras como sigue. «Todo tiene un sentido
y un sinsentido armónicos entre sí», según su tesis básica. De ahí
se desprende que (a) el sentido tiene un sinsentido y que,
parejamente, (b) el sinsentido tiene un sentido. Según su lema:
«todo es posible, incluso lo imposible». Y en fin, como no podía ser
menos en los tiempos que corren -tiempos de confusiones e imposturas
intelectuales-, el paradoxismo también pretende hallar
aplicación en la ciencia.
La verdad es que el
análisis lógico y la investigación científica y filosófica no han
necesitado estímulos, ni esperado proclamas de este género, para
habérselas con paradojas de muy diverso tipo y condición. Lo cierto
es que, desde antiguo, las paradojas han venido prestando servicios
importantes tanto a efectos críticos, como a efectos heurísticos, en
ámbitos tan dispares como la cosmología y la semántica, pasando por
distintos campos de la filosofía y de las ciencias naturales y
sociales. Allá por el s. V a.n.e., el presunto padre de la
dialéctica, Zenón de Elea, ya empezaba a ejercitar el poder crítico
de las paradojas y aporías contra algunos supuestos de los antiguos
pitagóricos. Desde entonces, las aporías de Zenón forman parte del
canon de las anomalías discursivas en filosofía. En lo que sigue,
vamos a interesarnos ante todo por las anomalías de este género, por
las paradojas discursivas, con cierta significación lógica o
conceptual, teórica o filosófica.
§ 3. Sobre las paradojas, en
particular.
Propongo considerar las paradojas
como unas anomalías discursivas que, en primer lugar, constituyen
provocaciones serias e interesantes a algunas de nuestras ideas o
creencias; en segundo lugar, siendo discursivas, tienen interés y
sentido en el contexto tácito o expreso de una argumentación; en
tercer lugar, al desafiar nuestras ideas o creencias, también se
mueven en un marco histórico e ideológico que no conviene olvidar.
1/ Las paradojas son provocaciones
serias e interesantes por sus consecuencias críticas o heurísticas,
sean analíticas -cuando importa más su condición de anomalía en el
uso del lenguaje discursivo-, o sean sustantivas -cuando importa más
su carácter de reto a las ideas o las creencias establecidas-.
De su potencial crítico pueden ser
muestra las clásicas paradojas de Zenón de Elea contra ciertas
concepciones del tiempo o del espacio envueltas en la visión común y
ordinaria del movimiento. Esas ideas del cambio y de la
multiplicidad implican determinados absurdos: implican que lo que
hay resulta a la vez indefinidamente grande e indefinidamente
pequeño (cf. 29 B 1), o que lo que se mueve permanece estático al
estar ocupando siempre un espacio igual a sí mismo (cf. 29 A 27).
Estos argumentos son reducciones a un absurdo conceptual, a
presuntos contrasentidos, antes que a un absurdo lógico, a
contradicciones expresas.
Su potencial heurístico puede mostrarse, a su vez, en su
contribución a investigaciones de diverso género. Por ejemplo,
investigaciones conceptuales como las que se han ocupado del
concepto matemático de infinito -cuyo estudio a través de paradojas
se remonta a casos como el de Galileo, si no anteriores; sobre el
caso de Galileo, cf. más abajo, § 4 (1)-; o investigaciones quizás
más sustantivas, como las propiciadas por ciertas paradojas en
física cuántica, o en ciencias sociales y en teorías de la decisión
y de la acción; y, en fin, investigaciones analíticas, como la que
llevó a Tarski, por el camino -entre otros- de la paradoja del
mentiroso, a la concepción semántica clásica de la verdad.
En ocasiones ambas dimensiones, la crítica y la heurística, vienen
conjugadas. Es entonces cuando las paradojas desarrollan todo su
poder y pueden contribuir incluso a una conmoción histórica en un
área de conocimientos. Recordemos la llamada “crisis de fundamentos”
matemáticos, provocada -según algunos- por las paradojas lógicas y
matemáticas que amenazaban con minar, a principios del s. XX, los
inicios de la teoría de conjuntos. En cualquier caso, lo cierto es
que las paradojas han desempeñado un papel sustancial en la
promoción y el desarrollo de ciertos puntos conceptuales o
analíticos, como el concepto de infinito en matemáticas o el de
reflexividad o auto-referencia en lógica y semántica.
Con todo y aun siendo provocaciones serias e importantes, no creo
que el gusto por las paradojas sea el camino de la liberación de los
grilletes del lenguaje y la razón, la vía de la iluminación
interior, según pretenden algunos koan Zen (e.g. “¿Cuál es el sonido
de la palmada de una sola mano?”), o algunos otros enigmas más o
menos sacros (e.g. ¿cuál es -entre los fang de Mbini- el nombre de
Dios?).
2/ Las posibles virtudes -e incluso
algunos posibles vicios- de las paradojas como anomalías discursivas
serían inexplicables sin su contextualización o su reconstrucción
argumentativa. Las paradojas forman parte de una argumentación
tácita o expresa, o se fundan en ella. Y la comprensión de su
significado, más allá de su contrasentido real o aparente, supone la
consideración y el análisis de la argumentación subyacente.
Luego veremos una estrategia de
resolución o de reducción de tales anomalías relacionada con este
supuesto: el sentido de una paradoja reside en un argumento.
De momento, bastarán estas
indicaciones para ponernos en guardia ante la imagen equívoca de las
paradojas que se desprende de los catálogos o los inventarios al
uso: ahí aparecen como especímenes dados, aislados y curiosos, que a
lo sumo se prestan a una clasificación como las muestras de un
naturalista o los ejemplares de un entomólogo. En este respecto, las
paradojas suelen correr la suerte de las falacias: una suerte -mala
suerte- más afín a sus efectos retóricos que a sus contribuciones
analíticas o sustantivas.
3/ Por último, tampoco estará de más
considerar el marco socio-histórico o cultural de las paradojas más
fecundas -como, e.g., las ya mencionadas en relación con la “crisis
de fundamentos” en matemáticas o con la “semántica científica” en
análisis lógico-. A esta luz, una paradoja viene a ser:
o bien (a) un resultado
anómalo o inesperado que se infiere correctamente -al
menos, en principio- de ciertos
supuestos conceptuales o teóricos presuntamente
obvios o establecidos, de modo que
supone:
(i) un
conjunto de asunciones o creencias de una comunidad epistémica;
(ii) ciertas
expectativas asociadas o fácilmente derivables de ellas;
(iii) el
reconocimiento de la aparición de una anomalía que contraviene
alguna de esas asunciones o creencias (i), o expectativas (ii);
Con respecto a las creencias y expectativas que forman parte de la
“mentalidad” o de la cultura de una época, merece la pena evocar uno
de los primeros usos del término en inglés (paradox),
recogido por el Oxford English Dictionary. Se trata de la definición
dada por el Chapbook de Bullokar y dice: «Paradoja,
una opinión mantenida contra la opinión comúnmente admitida, como si
uno afirma que la tierra se mueve dando vueltas y los cielos están
quietos». Y por lo que concierne a las situaciones o los trances
inesperados, son campos abonados los de la teoría de la decisión, o
de la acción colectiva, o de las aplicaciones de la teoría de
juegos en ciencias sociales.
§
4. Pero, a fin de cuentas, ¿qué son las paradojas y cómo tratar con
ellas?
Bueno, hay muchas opiniones al
respecto y no todas coinciden. Veamos las nociones de paradoja
que hoy podrían considerarse más extendidas o de mayor interés.
* Según N. Falleta (1986, The
Paradoxicon, p. xviii; hay traducción española: Paradojas y
juegos, Barcelona, Gedisa, 1993), una paradoja puede ser alguna
de estas tres cosas:
«(1) un enunciado que se presenta
como contradictorio, pero de hecho es verdadero; (2) un enunciado
que se presenta como verdadero, aunque de hecho envuelve una
contradicción; (3) un argumento válido o correcto que lleva a
conclusiones contradictorias.»
El caso (1) haría recordar las
llamadas por Quine “paradojas verídicas”, mientras que el
caso (2) correspondería a las que llama “paradojas falsídicas”.
* * Según R.M. Sainsbury (Paradoxes,
Cambridge, Cambridge University Press, 1987, 19952;
Introd., p. 1), una paradoja es una conclusión aparentemente
inaceptable derivada de premisas aparentemente aceptables por un
razonamiento aparentemente aceptable. Como lo aceptable no puede
llevar por pasos aceptables a lo inaceptable, aquí hay algo que anda
mal sea en las premisas, sea en el razonamiento.
Una ventaja de este
planteamiento consiste en hacer expresos tanto el contexto
argumentativo, como el carácter discursivo de las paradojas. Quizás
sea un mérito añadido considerar que la “paradojicidad” -digamos-
es una condición gradual, dependiente de la manera como las
apariencias enmascaran la realidad, aunque esta relación entre
aparencias y realidad no deje de ser muy imprecisa. Según eso,
cabría pensar en una escala de 1 a 10, donde el nivel 1 sería el de
las paradojas más suaves o menos relevantes, mientras que en el 10
se situarían las conmociones teóricas o los cataclismos ideológicos.
Los ejemplos de Sainsbury son: para el nivel
1, el caso del barbero de una remota aldea siciliana que afeita a
todos los habitantes de la aldea que no se afeitan a sí mismos, pero
sólo a ellos; y para el nivel 10, el caso del mentiroso. Lo que
resulta del primer caso es la imposibilidad de que exista un barbero
con arreglo a la condición estipulada. Lo que ha resultado en el
segundo caso ha sido una investigación todavía en curso sobre
determinados aspectos y supuestos del análisis lógico-semántico.
Si aceptáramos la idea de
la escala, quizás pudiéramos asignar un nivel medio, 5, a una
paradoja que empezó siendo una muestra relativamente trivial de
ciertos usos vagos e imprecisos, como el uso habitual de los
términos ‘montón’ o ‘calvo’, para convertirse con el tiempo en un
caso paradigmático dentro del análisis lógico borroso. Veamos: se
supone que una cantidad de 10.000 granos de trigo es un montón de
trigo. También es bien sabido que si de un montón de trigo se quita
un grano, sigue habiendo un montón. Así que, en general, para
cualquier número n de granos (n > 1), si n
granos de trigo son un montón, n-1 granos siguen siendo un
montón. Luego, en definitiva, donde sólo quede un grano, habrá un
montón
*** Según N. Rescher
(Paradoxes. Their roots, range, and resolution,
Chicago y La Salle, Open Court, 2001; c. 1, “Aporetics”), las
paradojas no son simples proposiciones -no son conclusiones, en
particular-, sino conjuntos de proposiciones. En esta perspectiva,
una paradoja consiste en una serie de proposiciones tales que cada
una de ellas es plausible en sí misma o tomada individualmente, pero
en conjunto resultan inconsistentes. Ahora bien, no es fácil dar una
explicación comprensiva y unitaria de las paradojas conocidas -y de
hecho el propio Rescher despliega una clasificación temática de
paradojas semánticas, matemáticas, físicas y filosóficas, y estudia
los supuestos que obran en grupos de ellas-. También distingue
niveles de paradojicidad, aunque relacione estos niveles no con
grados de dificultad sino con modalidades de disolución o
resolución.
Por lo demás, las paradojas no son
producto de un error de razonamiento: esto sería más bien una
falacia. Son producto de una disonancia de asunciones o de
compromisos. Pese a este punto de vista que se diría pragmático, los
diagnósticos y análisis practicados por Rescher sobre ciertos grupos
seleccionados de paradojas no se salen de la tradición del análisis
lógico-metodológico.
**** Cabría añadir, por último, el
reciente R. Sorensen (A brief history of paradox. Philosophy and
the labyrinths of mind, Oxford, Oxford University Press, 2003),
aunque sus preocupaciones y méritos tengan más que ver con sus
propósitos enciclopédicos que con sus conceptos o instrumentos
analíticos. La verdad es que no se limita a considerar paradojas
discursivas, proposiciones o argumentos, so que también hace
referencias ocasionales a objetos paradójicas, paradojas visuales.
No obstante, tiene la peculiaridad de sostener la existencia de
paradojas objetivas -como lo son, a su juicio, los insolubilia
medievales-, al margen de referencias pragmáticas a unas asunciones
o unas expectativas.
Su utilidad reside en su calidad de
muestrario histórico filosófico. Aunque no por ello consiga hacer
que nos olvidemos de otros ensayos anteriores sobre los laberintos
de este género, no sólo más completos sino más lúcidos, como W.
Poundstone, Labyrinths of reason. Paradox,
puzzles and the frailty of knowledge,
New York/Harmondsworth, Anchor Books/Penguin Books, 1988, 1991.
A la luz las
consideraciones anteriores y de las opiniones que hemos reseñado,
podemos hacernos una idea de las paradojas como la siguiente.
[a] Las paradojas se componen de una
anomalía discursiva, presunta o efectiva, y de una disonancia
cognitiva -i.e. un factor “desafío” o un factor “sorpresa”-.
[b] La anomalía consiste en que una
argumentación aceptable -en principio- da lugar a un conjunto de
proposiciones o a una proposición inaceptable -en principio-. La
disonancia, a su vez, mueve a restablecer la estabilidad amenazada o
la normalidad perdida.
[c] De acuerdo con la composición
declarada en [a], las paradojas incluyen una referencia pragmática -e.g.
a unas determinadas expectativas o creencias-, además de su
contenido temático -el asunto sobre el que versan- y de su
disposición discursiva o argumentativa.
[d] La disposición discursiva o
argumentativa cobra especial si se tiene en cuenta en que sólo a
través de ella puede diagnosticarse y tratarse una paradoja
-determinar, por ejemplo, si nos encontramos ante una paradoja
genuina o si estamos más bien ante un acertijo, o un enigma, o un
paralogismo, o un sofisma-. En otras palabras, si teme vérselas con
una paradoja o un contrasentido, acuda al lógico antes que al
psicoanalista o al especialista en traumas cognitivos.
[e] La disposición argumentativa
también puede propiciar una estrategia de resolución o de disolución
de la anomalía en cuestión, en la medida en que para desmontar o
reducir su carácter paradójico baste mostrar que, contra nuestras
presunciones iniciales,
(1)
la conclusión es aceptable, o
(2)
alguna de las premisas -supuesto o
condición en juego- es inaceptable, o
(3)
la conclusión no se sigue de las
premisas.
Veamos alguna muestra de cada una de
estas posibilidades -aunque el procedimiento no siempre tenga el
mismo éxito y haya alguna paradoja especialmente recalcitrante.
(1) La paradoja se resuelve al poner
de manifiesto un contexto discursivo en el que la conclusión en
cuestión es aceptable.
Recordemos, por ejemplo,
la noción común o “axioma” de los Elementos de Euclides a
tenor del cual un todo es mayor que una de sus partes propias. Según
esto, el hallazgo de un conjunto parcial con el mismo número de
miembros que el conjunto total del que forma parte resulta
paradójico. Pues bien, consideremos el conjunto de los números
naturales N (N = 1, 2, 3 ..., n, ...) y el conjunto de los cuadrados
positivos de estos números naturales C (C = 1, 4, 9 ..., n2,
...). Todos estos cuadrados son a su vez números naturales; pero,
entre los números naturales, también los hay que no son cuadrados de
números naturales (e.g.: 3, 5, ...). Así que C es un subconjunto
propio de N: todo miembro de C es miembro de N, y N tiene además
otros miembros que no son miembros de C. Ahora bien, los miembros de
N y C pueden emparejarse mediante correspondencia biunívoca, de modo
que a cada natural le corresponda un cuadrado y a cada cuadrado le
corresponda un natural: cada número natural o entero positivo cuenta
con un único cuadrado asociado a él y cada cuadrado cuenta con un
natural (su raíz cuadrada positiva) parejamente asociado. Luego, N y
C son conjuntos extensionalmente iguales: tienen el mismo número de
miembros.
Esta conclusión ha
resultado tan aceptable que ha venido a inspirar precisamente un
socorrido criterio de infinitud: un conjunto es infinito si es igual
a un subconjunto propio -igual en el sentido determinado por la
correspondencia biunívoca entre los miembros de ambos conjuntos-.
(2) La paradoja se disuelve al
mostrar que una o más premisas o alguno de sus supuestos son
inaceptables, o que alguna de sus condiciones de efectividad es
inviable.
Un buen ejemplo de esto
último es la paradoja del puente que relata Cervantes y que ya va
siendo hora de declarar después de las alusiones anteriores. Dice
así:
«Señor, un caudaloso
río dividía dos términos de un mismo señorío, y esté vuestra merced
atento porque el caso es de importancia y algo dificultoso ... Digo,
pues, que sobre este río estaba una puente y al cabo della una horca
y una como casa de audiencia, en la cual de ordinario había cuatro
jueces que juzgaban la ley que puso el dueño del río, de la puente y
del señorío, que era en esta forma: “Si alguno pasare por esta
puente de una parte a otra, ha de jurar primero adónde y a qué va; y
si jurare verdad, déjenle pasar, y si dijere mentira, muera por ello
ahogado en la horca que allí se muestra, sin remisión alguna”.
Sabida esta ley y la rigurosa condición de ella, pasaban muchos, y
luego en lo que juraban se echaba de ver que decían verdad y los
jueces los dejaban pasar libremente. Sucedió, pues, que tomando
juramento a un hombre juró y dijo que para el juramento que hacía,
que iba a morir en aquella horca que allí estaba y no a otra cosa.
Repararon los jueces en el juramento y dijeron: “Si a este hombre le
dejamos pasar libremente, mintió en su juramento y conforme a la ley
debe morir; y si le ahorcamos, él juró que iba a morir en aquella
horca y, habiendo jurado verdad, por la misma ley debe ser libre”.
Pídese a vuestra merced, señor gobernador, qué harán los jueces del
tal hombre, que aún hasta agora están dudosos y suspensos y,
habiendo tenido noticia del agudo y elevado entendimiento de vuestra
merced, me enviaron a mí a que suplicase a vuestra merced de su
parte diese su parecer en tan intricado y dudoso caso». [Don
Quijote, Parte II (1615), c. LI. Cf. edición del Instituto
Cervantes, Barcelona, Crítica, 1998; pp. 1045-6]
Tampoco estará de más
ver las salidas que se le ocurren a Sancho Panza a este respecto: la
primera, tan simple como desesperada; la segunda, piadosa aunque
poco útil para afrontar la naturaleza paradójica del problema. Pues
el problema, si se aceptan sus términos, carece de solución. Pero
puede disolverse o soltarse el nudo de la cuestión al poner de
manifiesto que la formulación misma de esa ley permite una condición
de acatamiento que hace inaplicable la propia ley. Por lo demás, la
paradoja del puente no es sino el paradigma de otras muchas de la
misma clase, como la del cocodrilo, o la del examen a aprobar o
suspender, etc.
(3) La paradoja se disuelve
mostrando que la conclusión no se sigue de las premisas en cuestión,
de modo que la anomalía solo es aparente y, en realidad, descansa en
un error inferencial deliberado o inadvertido, es decir en un
sofisma o en un paralogismo.
Un ejemplo tan habitual como instructivo es la
siguiente “demostración” de que uno es igual a dos:
(i)
Sea x = 1.
(ii)
Pero, obviamente, x = x.
(iii)
Y por ende x2 = x2.
(iv)
Así pues, por sustracción de x2 en ambos lados, x2
- x2 = x2 - x2.
(v) Y
por factorización de ambos lados, x (x - x) = (x + x) (x - x).
(vi) De
donde, extrayendo el término común (x - x), resulta: x = (x +
x)
(vii) O
lo que es lo mismo: x = 2x.
(viii) Luego,
1 = 2. QED.
El “secreto” de este tipo de
“pruebas” reside en la indebida división por cero, por x - x en
el presente caso, supuesta en el paso (vi). El paso (v) es correcto
al decir que una vez cero es igual a dos veces cero: cualquier
número de veces cero es igual a cero. Pero de ahí no se sigue el
paso (vi) ni, en definitiva, la pretensión de que uno sea igual a
dos. Puesto en evidencia el error, la presunta paradoja se
desvanece.
§ 5. Invitaciones.
Una vez presentadas las paradojas -al
menos, algunos miembros de esta numerosa y variopinta familia-, me
gustaría invitarles a entablar relaciones y tratar con ellas. Desde
luego, no siempre podrán pasar de largo como si no existieran y
evitarlas; en especial, si frecuentan determinados dominios como el
de infinito matemático o el de la reflexividad o la auto-referencia
lingüística. Pero en algún momento también se toparán con alguna de
ellas en cualquier otro sitio: las paradojas son naturales de
cualquier lugar del discurso.
La invitación puede cubrir, por lo
demás, tan diversas formas de relación y trato con las paradojas
que, en realidad, es una serie de invitaciones.
La primera y más simple es la
invitación a salir al campo del discurso y hacer excursiones de
naturalista en busca de especímenes para la colección. Hay
colecciones hechas y recurrir a ellas -e.g. a través de Google en la
red de Internet- tiene las ventajas del hurto consentido sobre el
trabajo honrado. Pero tampoco se debe renunciar a la alegría de los
descubrimientos, ni hay que desesperar de encontrarse un buen día
con una paradoja inédita a la que darle un nombre para la
posteridad. Suerte.
Otra opción es poner a prueba algunas
de las nociones o clasificaciones que hemos apuntado. O,
simplemente, jugar con ellas. Por ejemplo, en una escala de
puntuación de 1 a 10 -desde el nivel de “paradojicidad” más trivial
y simple hasta el nivel más significativo o sofisticado-, cómo
valorarían y dónde situarían las muestras siguientes (α)- (ι). Y,
por otro lado, ¿considera que alguna no responde en realidad al
concepto de paradoja?
(α) Robert M. Martin, profesor
canadiense de Filosofía en la Dalhousie University, ha publicado un
libro dedicado a puzzles, paradojas y problemas filosóficos:
There are two errors in the the title of this book, Ontario,
Broadview Press, 1992. ¿Hay, en efecto, dos errores en el título del
libro?
(β) La afirmación “La presente frase
consta de ocho palabras” es falsa puesto que solo tiene siete
palabras. Así pues, la negación directa correspondiente (“La
presente frase no consta de ocho palabras”) será verdadera. ¿Es así?
¿No? Entonces, ¿qué pasa?
(γ) El pagano Eudoxio y el cristiano
Teodosio conversan caminando por la plaza de Agrigento.
“- Según la fábula “Heracles y el
carretero” de Babrio, los dioses ayudan a quienes se ayudan a sí
mismos. ¿No crees, Teodosio, que la fábula tiene razón?.
- Lo que me parece, amigo Eudoxio, es
que esos dioses favorecen a los egoístas y no son providentes ni
caritativos como mi Dios cristiano: Él ayuda más bien a todos los
que no se ayudan a sí mismos; ya sabes, incluidos los pájaros o los
lirios del campo.
- ¿Quieres decir que tu Dios ayuda a
todos los que, y sólo a los que, no se ayudan a sí mismos?
- Sí, Eudoxio.
- Entonces, Teodosio, tu Dios no
existe”.
Una pista para entender a Eudoxio:
también había oído hablar del barbero siciliano que menciona
Sainsbury.
(δ) El profesor anuncia que pondrá un
examen por sorpresa un día lectivo de la próxima semana, de modo que
los alumnos no podrán saber en qué día es el examen hasta que se lo
ponga ese día por la mañana. Un alumno aventajado razona: no podrá
ser el viernes, porque ya lo habríamos sabido el jueves a mediodía y
no sería una sorpresa: si no ha sido antes del jueves a mediodía,
sólo quedará la mañana del viernes para el examen. Como no puede ser
el viernes, tampoco podrá ser el jueves, pues entonces ocurriría lo
mismo: ya podríamos saberlo el miércoles a mediodía. Ahora bien, el
mismo razonamiento se aplica a los restantes días de la semana,
luego ... “Profesor -se levanta el alumno-, perdone que le
interrumpa. Lo siento, pero no podrá ponernos un examen por sorpresa
ningún día de la próxima semana”.
El caso es que el lunes mismo el
profesor puso un examen que cogió a los alumnos por sorpresa.
(ε) Otra de exámenes. En el curso de
un examen oral, el profesor informa al alumno de que va mal y sólo
le queda una pregunta para salvarse. Eso sí, la respuesta que dé
será definitiva, de modo que procurará hacerle una pregunta que no
tenga que ver con los temas que no domina.
“-¿Estas de acuerdo en jugarte el
aprobado o el suspenso a esta sola carta?
- Sí, bueno, vale.
- Pues entonces pon atención. Esta es
la pregunta: ¿aprobarás este examen?
- Oiga, ¿cómo voy a saberlo?
- Esa no es la cuestión. La pregunta
es, repito: ¿aprobarás este examen? Si respondes bien, con la
verdad, aprobarás; y si contestas mal, en falso, suspenderás. ¡Así
es de simple la cosa!”
El alumno se quedó unos momentos
confuso. Pero, buen lector del Quijote, tuvo de repente una
inspiración y respondió: “-Mire, profesor. No le demos más vueltas:
Ud. va a suspenderme”.
(ζ) Ahora recordemos al Sócrates y al
Platón que con tanto desparpajo solían tratar los medievales.
Esto es lo que dice Sócrates: “Lo que
dice Platón es falso”.
Y esto es lo que dice Platón: “Lo que
dice Sócrates es verdadero”.
¿En qué quedamos?
(η) Considere el enunciado: “El
presente enunciado no tiene sentido o es falso”. ¿Es cierto lo que
dice? ¿Pasa con él lo mismo que con el enunciado: “El presente
enunciado tiene sentido y es verdadero”?
(θ) Todos los años, el 27 de febrero,
A prepara a su pareja B una cena especial de cumpleaños, con los
platos más insólitos que cabe imaginar y con los ingredientes más
exóticos que pueden encontrarse en el mercado, así que cada 27 de
febrero B espera la cena con la ansiedad y emoción de un gran regalo
sorpresa. Pero este año, A se ha despistado y, al llegar las 9 de la
noche, se da cuenta con horror de que no hay otra cosa que restos
del potaje de verduras del día anterior. ¡Qué le vamos a hacer!
Luego, en la mesa, B se queda de piedra al verse ante el potaje de
ayer y no puede por menos que protestar: “No me esperaba esto de
cena, la verdad”. “Ah, ¿no? ¡Así que te he sorprendido una vez
más!”.
(ι)
Tristram Shandy es un personaje famoso por el
relato menudo de su vida y de sus opiniones, según la novela de
Laurence Sterne (1860-1867, The Life and Opinions of Tristram
Shandy, Gentleman). Por lo que sabemos, a Shandy le había
llevado dos años escribir sus dos primeros días de vida y se
lamentaba de que, a este ritmo, se le acumularía el material a
contar de manera que nunca llegaría a dar fin a su biografía.
Bertrand Russell, conocedor del asunto, comentó que Shandy, viviendo
eternamente y sin desmayar en su tarea aunque su vida hubiera
continuado tan animada como al principio, no dejaría sin escribir
ninguna parte de su biografía. ¿Es esto posible?
Bueno, como esta es la última
muestra, valga por dos. Siendo efectivamente posible lo que sostiene
Russell, ¿de ahí se seguiría que, algún día, Tristram Shandy podría
cruzarse de brazos y descansar tras haber acabado el manuscrito y
haber dado fin a la última página?
Dos invitaciones para
terminar. Una: prueben a emplear la estrategia de resolución o de
disolución, presentada al final del apartado anterior § 4, a
los casos propuestos (α)-(ι) y analicen los resultados. Dos: no
dejen de examinar además otras muestras, ya estén tomadas de los
repertorios disponibles o ya sean fruto de su propio ingenio.
Y, en fin, sean cuales
fueren las paradojas consideradas, que las disfruten.