Introducción
Mi primer acercamiento a la Sociobiología
llegó de forma indirecta. Mi interés por la cuestión de un
posible fundamento de la ética me fue llevando a enlazar
lecturas hasta llegar a la obra "Tratado sobre la naturaleza
humana" de E.O. Wilson. Mi búsqueda iba dirigida en esos
momentos a rastrear el origen de la ética en la transición de lo
animal a lo humano, en las primeras formas de pensamiento
racional y en las primeras formas de relación social. Así llegué
a la Sociobiología, que intenta en parte dar respuesta a estas
cuestiones en el contexto de una propuesta de explicación
general del comportamiento social animal y humano a partir de la
Biología.
Mi intención en este trabajo es
profundizar en el debate de la Sociobiología, por una parte,
intentando establecer de una manera lo más objetiva posible su
status científico, sea éste el que sea, y, por otra, analizando
algunas de las consecuencias que esta ciencia puede llevar
implícitas. Desde un punto de vista metodológico, el presupuesto
esencial es plenamente baconiano: despojarme de prejuicios y
predisposiciones mirar sencillamente qué es lo que hay ahí.
El análisis debe partir, en primer lugar,
de situar la Sociobiología en el contexto de la teoría de la
evolución. Como ciencia, tiene su pilar básico en los
presupuestos evolucionistas y, por tanto, es necesaria una
revisión de sus principios fundamentales. A ello dedicaré el
primer capítulo.
A continuación trataré la valoración de la
Biología, de las ciencias sociales y de la propia Sociobiología
desde el punto de vista de su carácter explicativo y predictivo.
La tarea siguiente será, entrando de lleno
en el tema, analizar algunos aspectos clave para la
Sociobiología: el comportamiento animal respecto a la agresión,
el sexo y el altruismo. Será preciso estudiar también en qué
medida este análisis puede ser aplicable a los seres humanos.
El determinismo biológico es uno de los
aspectos más polémicos de la cuestión. ¿Hasta qué punto somos
“máquinas genéticas”? ¿Se ve nuestro comportamiento social
condicionado (o incluso determinado) más por nuestra
“programación” genética o por el entorno cultural? Se trata de
temas muy complejos y espinosos ya que conllevan cargas
ideológicas de gran importancia, de las cuales me ocuparé en el
capítulo siguiente: la relación entre Sociobiología e ideología.
Debo decir que en mis primeras lecturas me he visto sorprendido
por la gran cantidad de conclusiones y discusiones que se
plantean en términos más allá de lo puramente científico de la
cuestión. La posibilidad de un cierto determinismo biológico
lleva a muchas personas a extraer consecuencias tales como que
existen razas (o sexos) superiores a otras, a pretender
justificar determinadas situaciones y acciones sociales y
políticas, etc. Creo que es fundamental diferenciar los hechos
biológicos de los culturales y no confundir el concepto de
influencia con el de determinismo.
En el último capítulo, intentaré sacar las
conclusiones que puedan derivarse para la cuestión que
originalmente provocó mi acercamiento a la Sociobiología, la
ética, considerando primero el problema de su origen, en
relación con las tesis evolutivas, y después el problema de si
es posible o no la justificación de un determinado sistema ético
basado en la evolución.
LA TEORÍA DE LA EVOLUCIÓN
Una perspectiva histórica
Cualquier inicio de una reflexión, sea
filosófica o científica, sobre la vida parte del hecho de la
existencia de una gran diversidad de seres vivos que pueblan la
Tierra. Podemos darnos cuenta fácilmente de que existen algunos
organismos que tienen entre sí importantes semejanzas mientras
que otros son totalmente ajenos en formas y comportamientos.
Si investigamos, encontramos que hay
restos de otros seres que habitaron la Tierra en el pasado y con
los que podemos constatar también diferencias y semejanzas, e
inevitablemente surgen preguntas sobre las relaciones entre esos
seres, tanto actuales como pasados, y se plantea el interrogante
sobre si las especies animales y vegetales son algo estático o,
por el contrario, cambian con el tiempo.
Estas mismas preguntas empezaron a hacerse
cada vez más presentes entre los científicos a partir de
mediados del siglo XVIII y fueron objeto de atención preferente
en sus años finales. En esa época, el convencimiento de la
existencia de una explicación científica del mundo y de la
Naturaleza, rechazando el designio divino en los fenómenos
naturales, y el cambio de orientación metodológico al sustituir
la búsqueda de las causas por la búsqueda de leyes, tal y como
reflejará especialmente A. Comte,
significan un cambio en el objetivo de la ciencia: se trata de
buscar la comprensión del mundo real y de las leyes que lo
gobiernan.
Los logros de la física comienzan a
extenderse a otras disciplinas. En Química, Lavoisier impulsó el
inicio de la física moderna. En Geología, el gradualismo de
Hutton y el uniformismo de Lyell dieron un nuevo sentido a la
dimensión temporal en el estudio de la naturaleza. Esto abría la
posibilidad a que los cambios pudieran ser graduales y muy
lentos, ya que la historia de la Tierra había sido muy larga. En
Darwin tendrán gran influencia los trabajos de Lyell: la
explicación de la historia pasada de las rocas de la corteza
terrestre en términos de procesos como la erosión, la
sedimentación y la actividad volcánica, que pueden ser
observados hoy día.
En Biología, el sistema clasificatorio de
Linneo y los intentos de explicación científica de la naturaleza
de Buffon fueron los primeros pasos de la nueva orientación de
las investigaciones. Aparecen diferentes concepciones en
disputa: la idea de una “Cadena del Ser”, las discusiones sobre
la evolución de los animales y las relaciones entre unos y
otros. St. Hilaire, en 1796, postula la existencia de cambios
estructurales de los animales para adaptarse al ambiente;
Lamark, en 1809, propone su teoría de la adaptación de las
especies mediante la herencia de los caracteres adquiridos;
Cuvier, en 1812, sugiere que existen cuatro planes estructurales
básicos, cada uno con ramificaciones, adaptados a modos de vida
particulares.
Junto a las mencionadas, otras ideas
importantes que discurrían en el ambiente científico eran las de
competencia entre especies de Lyell, y la de adaptación al
medio, junto a las ideas de Malthus sobre la lucha por la
existencia y supervivencia del más apto.
En este contexto científico es donde se
sitúa la teoría darwinista de la evolución. Darwin, a lo largo
de su viaje en el Beagle, y especialmente en las islas
Galápagos, pudo observar cómo seres vivos muy similares parecían
ser el resultado de una adaptación de una misma especie (los
sisontes) a los diferentes ambientes de cada isla.
Posteriormente, a esas observaciones de la vida natural unió
estudios sobre selección artificial en animales domésticos,
llegando a la conclusión de que “el cambio de condiciones de
vida es de suma importancia en la variabilidad”.
Darwin deduce que, dado que nacen más
individuos de los que pueden sobrevivir, aquellos que tienen
ventaja sobre otros tendrán más probabilidades de sobrevivir y
reproducirse, con lo que las variaciones útiles se mantendrán y
las perjudiciales desaparecerán: “A ésta conservación de las
diferencias y variaciones individualmente favorables y la
destrucción de las que son perjudiciales la he llamado
selección natural o supervivencia de lo más adecuados”.
Como reseñan distintos autores, la idea de
evolución de las especies ya estaba presente en el ambiente
científico de la época, pero “la principal novedad del
evolucionismo de Darwin es presentar el mecanismo de la
selección natural como explicación teórica de la evolución”.
Esa es la clave para entender la forma en que las poblaciones de
animales y vegetales se ajustan a los cambios en sus medios.
Otros, como Lewontin, destacan el hecho de
que Darwin recabó la atención sobre la variación real en los
organismos reales como el más esencial hecho natural: “La
naturaleza esencial de la revolución darwiniana no fue ni la
introducción del evolucionismo ni la importancia de la selección
natural como la principal fuerza evolutiva, sino la sustitución
de puntos de vista metafísicos acerca de la variación en los
organismos por una visión materialista”.
Como resumen, la “Teoría de la Evolución”
podría definirse como un conjunto de principios que pretenden
explicar el proceso causal de la evolución, definida ésta como
el cambio de las características hereditarias de las poblaciones
y especies a lo largo del tiempo y el espacio.
La situación actual
La herencia actual de la teoría de Darwin
es el neodarwinismo o síntesis moderna, de la cual Th.
Dobzhanski, E. Mayr, J. Huxley, G. G. Simpson y G. L. Stebbins
son algunos de sus principales representantes. En esta síntesis
se mantiene la selección natural como el principal agente del
cambio evolutivo, aunque integra los nuevos avances científicos,
especialmente en lo que se refiere a la genética de poblaciones.
En general, el neodarwinismo es una teoría
aceptada, pero con importantes matices. Existen algunos puntos
de discusión, entre ellos la fuente de la variabilidad genética,
el ritmo gradual o discontinuo del cambio evolutivo, y la mayor
o menor importancia de la selección natural frente al azar o la
posible capacidad autoorganizativa de la materia.
En el neodarwinismo sí que se tienen en
cuenta los distintos procesos que inciden en los cambios
evolutivos: la existencia de variabilidad genética, que proviene
generalmente de mutaciones aleatorias en las secuencias del ADN,
la recombinación producida en la reproducción sexual, el flujo
genético entre poblaciones y la transferencia de material
genético entre especies. Se admite que, aunque es la selección
natural la que desempeña el papel esencial en los cambios que
experimenta la estructura genética de las poblaciones al
favorecer la adaptación de los individuos a su ambiente, no
todos los cambios evolutivos se explican por la selección
natural.
La teoría de la evolución defiende que la
especiación es generalmente gradual y consecuencia de la acción
de los mismos factores que operan en las poblaciones actuales
(tal y como sucede en Geología). Sin embargo, han sido
propuestas algunas alternativas a esta posibilidad. La más
destacable es la de Eldredge y Gould, la teoría de los
equilibrios interrumpidos: la idea fundamental es que existen
muy pequeñas alteraciones morfológicas en especies durante
millones de años y períodos relativamente cortos de cambios
morfológicos o interrupciones. Un apoyo a esta teoría, por
ejemplo, proviene de la explicación de Lynn Margulis sobre el
origen de la célula eucariota mediante sucesivas simbiosis
bacterianas. Sin embargo, los neodarwinistas consideran que esto
es sólo un acontecimiento singular.
Actualmente, no es posible fijar qué
proporciones de cambios evolutivos proceden de la selección
natural y existen diferentes opiniones respecto a la importancia
del azar frente a los procesos de selección. Así pues, una
primera valoración después de esta visión global de la teoría de
la evolución debe llevarnos a extremar las precauciones en los
análisis posteriores. Existen diversos factores que tienen
incidencia en el cambio evolutivo, entre ellos el azar,
y no hay un acuerdo unánime en la forma en que se produce el
proceso.
LA EXPLICACIÓN
EN SOCIOBIOLOGÍA
Para poder saber hasta qué punto son
válidas las conclusiones a extraer a lo largo del trabajo, es
necesario intentar centrar el status científico de la
Sociobiología. Para ello, habrá que partir de las nociones de
explicación que pueden aplicarse tanto en Biología como en las
ciencias sociales.
En opinión de Hempel, tanto en Biología
como en Sociología el uso más extendido es el del análisis
funcional.
En su obra La explicación científica, realiza un examen
de su estructura lógica y de su significado predictivo y
explicativo.
El tipo de fenómeno que pretende explicar
el análisis funcional es alguna actividad recurrente o pauta de
conducta en un individuo o grupo, tal como un mecanismo
fisiológico o una pauta cultural. El objetivo principal del
análisis es mostrar la contribución que realiza dicha pauta de
conducta a la preservación o desarrollo del individuo o grupo en
que se presenta. Por ejemplo, el latido del corazón tiene como
efecto hacer circular la sangre; de la misma manera, la magia y
la religión podrían cumplir, como postula Malinowski, una
función en las actitudes mentales de los seres humanos.
Según lo define Hempel:
El objeto del análisis funcional es un
‘ítem’ i que constituye un rasgo o disposición persistente que
ocurre en un sistema s. El análisis se propone demostrar que s
se encuentra en un estado o condición interna ci y en un medio
que presenta condiciones externas ce tales que el rasgo tenga
efectos que satisfacen alguna “necesidad” o “requisito
funcional” de s.
Por otra parte, para Hempel, la cuestión
central en la explicación es la subsunción de un hecho bajo
leyes generales, y, por lo tanto, la explicación por medio del
análisis funcional requiere hacer referencia a leyes. En ese
sentido, considera que “la afirmación de que una condición n
constituye un prerrequisito funcional para un estado de cierto
tipo específico, equivale al enunciado de una ley, en el sentido
de que cada vez que no se cumple la condición n, no se produce
el estado en cuestión”.
¿Cuál es, pues, el alcance explicativo del
análisis funcional? La pretensión es que el ítem especifico que
se está analizando es funcionalmente indispensable para el
cumplimiento de la necesidad o requisito. Malinowski, por
ejemplo, lo pretende para la magia cuando afirma que ésta
desempeña una función indispensable dentro de la cultura:
satisface una necesidad definida que no puede ser satisfecha por
ninguno de los factores de la civilización primitiva. Sin
embargo, Hempel afirma que “suponer que un ítem dado es
funcionalmente indispensable se presta a un fuerte
cuestionamiento sobre bases empíricas: en todos los casos
concretos de explicación no parecen existir alternativas”.
Por ejemplo, la función cultural de la danza de la lluvia podría
ser reemplazada por otra ceremonia grupal.
Pienso que aquí una cuestión a discutir
podría ser la definición de “ítem cultural”: podríamos
considerar que la ‘danza de la lluvia’ no sería el ítem cultural
en sí; el ítem sería ‘ceremonia grupal’. De esta manera, no
existiría el problema: lo que se requeriría es una respuesta
determinada a una situación determinada, pero de un tipo que
admitiría innumerables formas diferentes. Y no sería la ‘danza
de la lluvia’ lo funcionalmente indispensable.
Esta idea tiene un paralelo interesante en
el “principio de las soluciones múltiples” para problemas de
adaptación en evolución. Este principio, defendido por los
biólogos funcionalistas, afirma que para un problema funcional
dado (como, por ejemplo, la percepción de la luz) existe en
general una serie de soluciones posibles, muchas de las cuales
son utilizadas por grupos de organismos diferentes.
Hempel concluye que el análisis funcional
no responde, tal como un razonamiento deductivo, a la presencia
de un determinado ítem que debe explicar.
Tampoco considera que existan alternativas
a la deducción: “la alternativa de construirlo como un
razonamiento inductivo que expusiera la ocurrencia de i como muy
probable bajo las circunstancias descritas en las premisas es
poco prometedora ya que sería imposible especificar con
precisión la gama de pautas de conducta, instituciones o
costumbres alternativas que bastarían para llenar un
prerrequisito funcional o necesidad dados”.
Por ejemplo, en el caso de la magia, se pregunta Hempel, ¿cómo
podríamos determinar todos los distintos sistemas de magia y
pautas culturales alternativas que satisfagan las mismas
necesidades funcionales del grupo que es sistema de magia
actualmente vigente? o ¿cómo podremos asignar probabilidades de
ocurrencia a cada uno de estos potenciales equivalentes
funcionales? Para Hempel, no existe respuesta satisfactoria a
estas cuestiones.
Resumiendo, considera Hempel que la
información que nos proporciona el análisis funcional de un ítem
i no brinda un fundamento adecuado deductivo ni inductivo para
preferir i sobre cualquiera de sus alternativas. La impresión de
que el análisis funcional proporciona este fundamento, y por lo
tanto, explica la ocurrencia de i, se debe, por lo menos en
parte, al beneficio del conocimiento post facto: cuando tratamos
de explicar un ítem i, ya sabemos que i ha ocurrido.
A la hora de evaluar el alcance predictivo
del análisis funcional, Hempel piensa que nos permite tan poco
predecir, como explicar la ocurrencia de un ítem particular por
el cual se pueda satisfacer un requerimiento funcional dado: “El
significado predictivo del análisis funcional es prácticamente
nulo, excepto en aquellos casos en que pueden establecerse
hipótesis adecuadas de autorregulación (por ejemplo, en sistemas
biológicos como la hidra)”.
Hempel concluye estimando que es mejor
“concebir el análisis funcional como un programa de
investigación guiado por máximas heurísticas y orientado a
determinar los aspectos y grados en que se autorregulan ciertos
sistemas”.
Para Elster,
la biología es el paradigma de la explicación funcional, y
considera, además, que la teoría de la evolución sigue siendo el
único caso de éxito completo de explicación funcional. Por otra
parte, niega el papel de la explicación funcional en ciencias
sociales, entendiendo como ésta la explicación de fenómenos
sociales en términos de beneficios biológicos. Afirma que el
enfoque básico en ciencias sociales es el intencional, es decir,
la conducta realizada para lograr una meta.
Se me ocurre que, desde esta perspectiva,
se nos plantearían ya algunos problemas metodológicos: en
Sociobiología parece que habría que combinar dos tipos de
explicación distintos: el funcional, característico de la
Biología, y el intencional, enfoque de las ciencias sociales.
Elster indica que “una característica
estructural o de conducta de un organismo está explicada
funcionalmente si se puede demostrar que es parte de un máximo
individual local
con respecto a la capacidad reproductiva, en un medio de otros
organismos que han alcanzado máximos locales similares. Es
decir, si podemos demostrar que un pequeño cambio en la
característica estudiada conducirá a una capacidad reproductiva
reducida para el organismo, entonces entenderemos porqué el
organismo tiene dicha característica”.
Para Elster, la selección natural no
favorece el grado máximo de adaptación ecológica, sino el grado
óptimo para la adaptación reproductiva. Y así, la teoría de la
evolución es más bien la “triste historia de organismos
individuales que salen a maximizar la cantidad de descendientes.
O la aún más triste de genes individuales que salen a maximizar
las copias de ellos mismos, utilizando a cada organismo como sus
recipientes”.
Respecto a la explicación funcional en
ciencias sociales, considera que existen argumentos en contra:
por ejemplo, el error de suponer que todos los fenómenos
sociales y psicológicos deben tener un significado, es decir,
algún sentido en el que deben ser beneficiosos para alguien o
algo, lo cual sería ajeno a la idea de consecuencias
involuntarias y accidentales que no tienen significado alguno.
En una línea diferente se encuentra M.
Ruse, el cual defiende que el modelo hipotético-deductivo es
importante en Biología y que puede considerarse el ideal de la
teoría evolucionista. Además, entiende que ésta “es una teoría
unificada cuyo núcleo supuesto es la genética de poblaciones”.
En ese sentido, la ley de Hardy-Weinberg,
está considerada actualmente como el paradigma de las leyes en
Biología, al igual que la ley de gravedad de Newton lo fue en su
momento en la Física. Th. Dobzhanski afirma que “la ley H-W
constituye el inicio de la genética evolutiva y de poblaciones”.
Así pues, ¿existen ”leyes” evolucionistas?
¿o se trata más bien de reglas o principios, ya que no se
cumplen de forma necesaria? Para Ruse, la teoría evolucionista
no implica formalmente esas “leyes”, pero puede aportar buenas
razones para demostrar porqué son válidas muchas de ellas. Sin
embargo, insiste en que “la teoría evolucionista es un bosquejo
hipotético-deductivo que presupone la genética de poblaciones y
se unifica gracias a ella”.
El principal problema entonces sería el
bajísimo poder de predicción de la teoría evolucionista, aunque
hay que hacer notar que, por ejemplo, la historia y la economía
tampoco pueden hacer predicciones. Otro tipo de acusación es
que, según los críticos, es infalsable y no existen pruebas a su
favor. Popper considera que la teoría de Darwin no es
estrictamente científica: “He llegado a la conclusión de que el
darwinismo no es una teoría científica contrastable, sino un
programa metafísico de investigación, un posible marco para
teorías contrastables”.
Para Lewontin, el principal problema es el
de la suficiencia empírica: “si no pueden medirse las variables
de estado o los parámetros con los que se ha construido una
teoría, o bien si dicha medida es tan errónea que imposibilita
cualquier discriminación entre hipótesis alternativas, la teoría
se convierte en un ejercicio vacío de lógica formal sin ningún
punto de contacto con el mundo contingente. Tal teoría no
explica nada por el simple hecho de que lo explica todo”.
Sin embargo, como indica Ruse, “la
selección natural hace afirmaciones empíricas significativas:
afirma que habrá una reproducción diferencial y que está
sistematizada. La teoría evolucionista está abierta a la
comprobación experimental”. Además, los
resultados de la selección artificial también dan apoyo a la
teoría de la evolución.
Sin embargo, tampoco hay que confundir no
ser falsada una teoría con no ser falsable. El último test de
una teoría científica es la experiencia empírica, y si una
teoría deja persistentemente de ajustarse a la experiencia ha de
ser rechazada; pero la ciencia no iría a ninguna parte si,
siempre que existiese una anomalía, las teorías fuesen
rechazadas. En este sentido hay que recordar la tesis de Duhem-Quine,
que afirma que las hipótesis no pueden resultar falsadas de
forma individual sino formando parte de teorías, junto con otras
hipótesis, y que las teorías científicas deben ser evaluadas de
forma conjunta con esas hipótesis.
El principal problema metodológico de la
Biología es que apenas es posible llevar a cabo experimentos
para poner a prueba las teorías. El tiempo requerido es un
factor decisivo en la mayoría de los experimentos. En el lado de
las ciencias sociales, el problema fundamental es que su objeto
de estudio son los seres humanos y esto implica dos
consideraciones: en primer lugar, los experimentos deben
respetar la dignidad humana; en segundo lugar, es necesario
tener en cuenta que cualquier experimento puede verse alterado
por el conocimiento que el propio objeto del experimento, el ser
humano, puede tener de ese hecho.
Vistas todas estas opiniones y
consideraciones, ¿hasta qué punto podríamos decir que es
científica la Sociobiología?
Lo primero que habría que anotar es que se
trata de una ciencia “en mantillas”. Cualquier desarrollo de la
misma requerirá profundos avances tanto en Biología como en las
diversas ciencias sociales. También creo que hay que tener en
cuenta el salto que se produce al intentar dar explicación de
efectos de un nivel con unas características determinadas, el
social, con causas en otro nivel diferente, el biológico. Si
bien no implica imposibilidad de la explicación, sí añade
complejidad y requiere que los análisis sean completos en los
dos niveles.
Sin embargo, no cabe duda de que, aunque
no podamos demostrarlo deductivamente, determinados
comportamientos animales e incluso humanos, parecen producirse
de forma generalizada en todos los individuos de la especie, con
lo que podría concluirse que tienen un origen biológico y un
significado desde el punto de vista adaptativo.
Me atrevo a aventurar que un análisis
desde el punto de vista inductivo podría ser adecuado, sino para
alcanzar certezas, sí para llegar a generalizaciones
suficientemente amplias para ser tenidas en cuenta como
científicamente válidas. Pero este posible análisis excedería
con mucho el objetivo de este trabajo.
UNA APROXIMACIÓN
A LA CIENCIA
Voy a realizar en este capítulo una
primera aproximación a las cuestiones básicas de la
Sociobiología, como punto de partida para situar los diferentes
problemas que ampliaré más adelante.
E. O. Wilson define Sociobiología como “el
estudio sistemático de las bases biológicas del comportamiento
social”.
Es decir, que la Sociobiología aspira a ofrecer una explicación
general de todos los instintos sociales a partir de la ciencia
biológica.
La primera base científica de los
sociobiólogos es la teoría evolutiva, especialmente el
neodarwinismo o “nueva síntesis”. Wilson, por ejemplo, considera
que esta nueva síntesis acabará integrando a la Sociología y
otras ciencias sociales, y entiende que una de las funciones de
la Sociobiología es colaborar en esa estructuración. También hay
que considerar como básica para la Sociobiología la genética de
poblaciones, al proporcionar los métodos científicos que
sostienen la nueva teoría evolucionista, demostrando que la
selección y la mutación pueden ser cuantificadas.
Sin embargo, esta propia base científica
es objeto de discusión y de algunas críticas. Lewontin incide en
los diferentes factores que influyen en la herencia genética:
“Hay muchas causas de un incremento en los genes que no tienen
nada que ver con las consecuencias fisiológicas directas de
poseer esas secuencias de ADN. Diferentes familias tienen
distintos números de descendientes por razones que son
aleatorias respecto a un gen concreto. También, a veces, genes
no seleccionados son impulsados a una alta frecuencia porque
están en el mismo cromosoma que un gen que es objeto de
selección natural”.
También se acusa a los sociobiólogos de
confundir la relación entre las unidades de herencia, los genes,
y la forma o formas en que estas unidades llegan a manifestarse
físicamente a través de las características externas, los
fenotipos de los organismos. Por ejemplo, el altruismo no sería
un rasgo que pueda ser puesto en correspondencia con genes para
ese rasgo; por el contrario, el color de ojos se sabe que está
directamente relacionado con causas genéticas. La discusión, que
posteriormente detallaré, es si lo están, de alguna manera, los
rasgos del comportamiento. En algunos casos, sí que se admite,
por la comunidad científica en general, una base genética, como
en el de la esquizofrenia. Sin embargo, se sabe también que las
cosas son muy complejas ya que un gen dado puede tener efectos
muy distintos y una misma característica estar determinada por
varios genes. El efecto de cualquier gen puede depender de su
interacción con muchos otros.
Otro de los caballos de batalla de las
discusiones genéticas evolucionistas ha sido el tipo de
selección que se produce en la naturaleza: individual o por
grupo. La opinión mayoritaria actualmente es que la selección se
da casi siempre a favor del individuo y no del grupo; y sólo se
da a favor del grupo si eso favorece al individuo. Sin embargo,
también existen tesis más radicales, como la de Richard Dawkins,
que defiende que la verdadera unidad de selección es el gen: “La
unidad de selección no es la especie, ni el grupo, ni siquiera
el individuo, sino el gen, la unidad de la herencia”.
Esta tesis tiene como consecuencia inmediata que, en realidad,
los individuos no somos más que máquinas programadas para
preservar la supervivencia de los genes.
La Sociobiología no suele dejar
indiferente a nadie, y defensores y críticos se dividen en
bandos bien definidos. Las acusaciones suelen ser violentas y,
como ya hemos comentado, más cercanas a la crítica ideológica
que a lo puramente científico. En el bando de los defensores
podemos situar a E. O. Wilson y a M. Ruse; en el de los críticos
M. Sahlins y R. Lewontin. Serán los principales autores sobre
los que girará el estudio del debate.
Ruse parte de la existencia de evidencias
a favor de la Sociobiología e incide en su carácter científico:
“los insectos sociales muestran un comportamiento social muy
complejo sin necesidad de ningún aprendizaje. Esto ha de ser
indudablemente genético, es decir, causado por los genes y
desarrollado sin ningún tipo de influencia del medio ambiente.
Además, este comportamiento puede ser modificado mediante la
selección, con lo que resulta posible, pues, realizar pruebas o
contrastes directos de las bases genéticas del comportamiento
social de los insectos”. En general,
podemos ver que, aparte de los insectos, cuyo comportamiento
social se considera el más complejo, todos los seres vivos
presentan diferentes formas de relacionarse y de convivir entre
sí conforme a reglas establecidas biológicamente.
Dentro de los críticos, para Lewontin, “el
verdadero programa de los sociobiólogos no es simplemente
explicar los fenómenos sociales como un producto de la
evolución, sino demostrar la universalidad de la selección
natural optimizadora como la explicación de todas las
características de todos los organismos”.
Sin embargo, esto no parece ser muy cierto si nos atenemos a las
opiniones expresadas por los propios sociobiólogos.
Por su parte, Sahlins distingue en sus
ataques la Sociobiología vulgar de la Sociobiología científica.
Define la primera como “la explicación del comportamiento social
humano como la expresión de las necesidades e impulsos del
organismo humano, habiéndose construido tales tendencias
mediante la evolución biológica”,
y considera que “para la Sociobiología, la organización social
no es nada más que el resultado conductual de la interacción de
unos organismos que tienen inclinaciones biológicamente fijadas”.
Creo que, si esto se aplica a los seres humanos, y si realmente
fuese ese el presupuesto de los sociobiólogos, sería una
posición fácilmente criticable. Sin embargo, los sociobiólogos,
en su mayoría, no pretenden que pueda explicarse todo el
comportamiento y la organización social a partir de la Biología.
Por ejemplo, incluso para Wilson, “la Biología es la clave de la
naturaleza humana y las ciencias sociales no pueden permitirse
ignorar sus principios establecidos. Pero las ciencias sociales
son potencialmente mucho más ricas en contenido”.
ALGUNOS ANÁLISIS
DEL COMPORTAMIENTO ANIMAL Y HUMANO: ALTRUISMO, SEXO Y AGRESIÓN
Pasamos ahora a las tres principales
cuestiones sobre las que giran los análisis del comportamiento
animal y humano, desde el punto de vista de la Sociobiología. El
estudio tendrá en cuenta tanto a animales como a seres humanos,
limitándome a describir la situación y las ideas al respecto,
dejando la discusión de la aplicabilidad o no de la
Sociobiología a los seres humanos para el capítulo del
determinismo biológico.
Altruismo
Altruismo es, básicamente, hacer algo por
alguien. Desde el punto de vista de la Sociobiología, significa
hacer algo para ayudar a la posible reproducción de algún otro,
incluso aunque eso comporte, aparentemente, la disminución de
las posibilidades de uno mismo.
El principal problema que plantea el
altruismo es ¿No debió eliminar la selección natural ese
comportamiento contrario a la reproducción?
Wilson considera que el altruismo es “el
problema teórico central de la Sociobiología” y para Ruse también
el altruismo es “el principal problema y también una gran
paradoja”.
Darwin propuso para resolverlo la
selección de grupo, idea que también en la actualidad encuentra
algunos defensores. Para Sober “dentro de cualquier grupo
particular, a los individuos altruistas les va peor que a los
egoístas, pero a los grupos de individuos altruistas les va
mejor que a los grupos de individuos egoístas; así, el altruismo
puede evolucionar por selección de grupo”.
Sin embargo, los sociobiólogos consideran la selección de grupo
como una interpretación errónea del altruismo y han propuesto la
selección por parentesco como explicación: ayudamos a aquellos
con los que compartimos una determinada carga genética.
En una posición extrema sobre esta
cuestión se encuentra Dawkins, para quien, como ya comentamos,
los organismos son solamente vehículos del ADN, instrumentos de
genes egoístas.
Así, el gen, además de reproducirse individualmente, puede
ayudar a reproducirse a otros organismos que llevan genes de su
misma clase, incluso a costa de sí mismo. Dawkins afirma que
nosotros, al igual que todos los demás animales, somos máquinas
creadas por nuestros genes, así que debemos tratar de enseñar la
generosidad y el altruismo porque hemos nacido egoístas. En
contra de la idea de selección de grupo pone un curioso ejemplo:
La actitud de la gacela que da grandes saltos para atraer al
predador puede interpretarse como un comportamiento altruista y
la existencia de selección de grupo, pero lo que la gacela
podría pretender es hacer ver al predador lo ágil que es para
evitar ser perseguida, con lo que buscaría una gacela más lenta
o impedida. En realidad se trataría una actitud plenamente
egoísta.
El altruismo es un fenómeno extendido en
el mundo animal, aunque el ejemplo más utilizado en
Sociobiología es el de las castas estériles de los insectos,
donde las obreras se consagran totalmente a otros miembros del
grupo. La explicación que se ofrece a este hecho es que el
haplodiploidismo
causa que las hermanas tengan un mayor grado de relación entre
sí que el que tienen las madres con las hijas, por lo que las
hembras pueden tener un beneficio genético al ser una casta
estéril especializada en la cría de sus hermanas.
Otros ejemplos de altruismo son los casos
de las abejas, que llegan a dar sus vidas para proteger la miel
de la colonia, y el de las llamadas de alarma de los pájaros,
que se ponen en riesgo de ser localizados por el ave rapaz con
el fin de avisar a sus compañeros.
También existe el altruismo recíproco
entre especies y parece que puede ser promovido por la selección
individual, como en el caso de la simbiosis de limpieza en los
peces y algunos mamíferos. El caso de los peces es especialmente
destacable, ya que el animal que limpia podría ser devorado por
el que recibe sus atenciones, y éste, sin embargo, no lo hace.
Ruse
relaciona tres tipos principales de altruismo animal que los
sociobiólogos han sugerido como posibles:
a)
Selección familiar: se trata del hecho de que estamos
emparentados con otros, con los que compartimos genes, y así
está en nuestro interés reproductivo asegurar que se reproduzcan
aquellos que comparten nuestros genes.
b)
Manipulación paterna: el padre manipula a un hijo para
que sea altruista con los otros hijos, en beneficio de su
herencia genética.
c)
Altruismo recíproco: mecanismo más amplio que puede darse
entre extraños o especies diferentes.
En resumen, la respuesta del sociobiólogo
a la paradoja del altruismo es mostrar que, pese a las
apariencias contrarias, beneficia los intereses reproductivos
del individuo que causa el acto altruista.
La cuestión a discutir, cuando el
altruismo va más allá de la relación genética, es ¿por qué
arriesgarse en beneficio de otros? La respuesta sería que porque
recibiremos ayuda en caso de apuros. Pero, ¿por qué no engañar?
Podría ser porque los individuos recuerdan al mentiroso y
rehusarán ayudarle en el futuro. Aquí podría entrarse en
discusiones sobre el beneficio o coste de colaborar, para lo
cual muchos autores han utilizado herramientas como la teoría de
juegos, y especialmente el tratamiento del dilema del
prisionero. Pero se trata de temas muy amplios que no pueden ser
detallados aquí.
En cuanto al altruismo humano, Ruse se
hace eco de la sugerencia de Trivers de que “todas las
sociedades humanas muestran signos de comportamiento altruista y
que tal comportamiento en los seres humanos puede haber sido
favorecido genéticamente. Dada la práctica universal del
altruismo social entre los hombres, es razonable suponer que ha
constituido un importante factor en la reciente evolución
humana”.
Así pues, el altruismo recíproco sería, por lo general,
beneficioso.
Lewontin
y Ruse,
pese a sus diferencias, están, sin embargo, de acuerdo en que no
tenemos los conocimientos científicos para poder decir si el
altruismo humano se halla bajo el control de los genes y en que
es imposible separar los efectos de los genes de los efectos del
medio ambiente.
Dawkins, por su parte, considera el
altruismo desde el punto de vista de su teoría, y piensa que,
genéticamente, el cuidado paterno y el altruismo de los hermanos
y hermanas evolucionaron exactamente por la misma razón: en
ambos casos existen muchas probabilidades de que el gen
altruista se encuentre presente en el cuerpo del beneficiario.
En mi opinión, también podría ser que lo que ocurre es
sencillamente que el altruismo se produce con quien está
físicamente cerca de nosotros y somos más altruistas con los que
están más cerca porque está programado genéticamente de esa
manera.
Dawkins analiza también lo que considera
un error en la regla establecida del egoísmo de los genes y lo
que considera un serio problema al que hay que dar una
explicación: la adopción. Por una parte, en los animales que
adoptan a otros, especialmente tras la pérdida del propio hijo.
Pero también pone el ejemplo de monas que han perdido a sus
hijos y que roban crías a otras monas, lo que considera un doble
error, ya que además liberan a otra hembra del peso de criar a
su hijo, dándole la posibilidad de criar otro. Para Dawkins es
un ejemplo crítico y una evidencia en contra de la teoría del
gen egoísta.
Sin embargo, quizá lo que ocurre es más
bien que el instinto maternal (entendido como impulso genético y
no como algo psicológico) es mayor que el impulso genético para
tener un nuevo hijo. Los genes no “saben” de quién es ese hijo
adoptado. No podemos extrapolar el conocimiento de una persona
de un hecho al conocimiento de los genes de ese hecho, como
parece que hace Dawkins. La programación genética de los seres
vivos no puede ser únicamente “producir” descendientes, sino
conseguir que esos descendientes sean capaces de “producir”, a
su vez, otros descendientes. Para ello, cada especie utiliza
unas determinadas estrategias, sea la “producción” múltiple o la
“producción” sencilla que implica una mayor atención de las
crías. Pero en cualquier caso, el instinto del cuidado de las
crías parece que debe estar siempre presente.
Sobre la posible validez de la teoría de
selección familiar o por parentesco, Sahlins hace una afirmación
bastante chocante: “La ignorancia humana (y animal) en materia
de fracciones representa un serio defecto en la teoría de la
selección familiar”.
Sin embargo, está claro que no es necesario que se efectúen
estimaciones conscientes de los lazos de sangre para que opere
la selección familiar. Dawkins califica de ridícula esta idea de
Sahlins y se pregunta “¿Cómo fabrica el caracol una concha que
sigue una exquisita espiral logarítmica? O ¿Cómo “determinan”
las plantas la fórmula de la clorofila?”.
En lo que respecta a los seres humanos, y
más allá de la posible influencia del altruismo biológico,
basado en una ventaja genética, parece existir también un
altruismo que podríamos llamar “solidario”. Sea o no para
nosotros beneficioso genéticamente, tenemos, con frecuencia, una
tendencia a ayudar a los demás. La cuestión sería saber si este
otro tipo de altruismo es también genético o, por el contrario,
tendría un origen social o cultural.
Sexo
Otra de las cuestiones centrales para las
que la Sociobiología piensa que puede dar una explicación es la
existencia de comportamientos diferenciados de los dos sexos en
los que se dividen gran parte de los seres vivos.
Lo primero que destacan los sociobiólogos
es que la relación entre los dos sexos no es de cooperación,
sino más bien de conflicto de intereses, en busca del mayor
éxito reproductivo individual. Dawkins lo denomina la “batalla
de los sexos”: “Tanto el padre como la madre están interesados
en cooperar en la cría de sus hijos, debido a la inversión
genética del 50% en los mismos hijos. Sin embargo, si uno de los
progenitores logra invertir menos recursos en cada hijo, será
quien saque mejor partido, ya que tendrá más para invertir en
otros hijos, propagando más sus genes. Cabe pensar que cada
miembro de la pareja tratará de explotar al otro, intentando
forzar al compañero a invertir más en sus hijos”.
Hay que hacer notar una característica
física importante: la diferencia existente en el tamaño de las
células sexuales o gametos que posee cada uno de los sexos. Los
gametos de los machos son mucho más pequeños y numerosos que los
de las hembras. Y, en opinión de los sociobiólogos, esto provoca
que surjan dos estrategias sexuales diferentes. Los machos están
más interesados en fertilizar muchas hembras y las hembras están
más interesadas en criar a la descendencia, ya que invierten
mucho más en cada cría. Ruse apunta que esto provoca una presión
selectiva para el adulterio en los machos y un intento, por
parte de las hembras de forzar al macho para que le brinde
cuidados paternos.
Dawkins también recalca estas diferencias:
“las hembras invierten más en cada hijo y por tanto, están más
comprometidas en su cuidado … El sexo femenino es explotado, y
la base evolutiva para dicha explotación radica en el hecho de
que los óvulos son más grandes que los espermatozoides”.
Estas afirmaciones han llevado a que
muchos acusasen de sexismo a la Sociobiología: Las hembras son
presentadas en un segundo plano, siempre tratando de superar sus
desventajas respecto a los machos: los hombres son agresivos,
polígamos, y dominan sobre las hembras, ellas son las que cuidan
las crías, etc. Biológicamente hablando, machos y hembras son
diferentes y despliegan estrategias sexuales diferentes, pero el
hecho de estudiar a estas diferencias no debe considerarse en sí
mismo como algo sexista.
Sobre la aplicabilidad de este aspecto de
la Sociobiología a los seres humanos, Ruse opina que “es difícil
no suponer que algunas de las diferencias entre hombres y
mujeres no sean producto de la selección natural. El tamaño
físico de los machos, en relación con las hembras, por ejemplo,
no es una función de la cultura. Es un fenómeno común y parece
razonable aplicar a los seres humanos las conclusiones
sociobiológicas en este caso”.
Wilson va más allá y piensa que los seres humanos se comportan
sexualmente de forma parecida a los animales: “A los machos les
conviene ser agresivos e indiscriminantes. A las hembras, ser
tímidas y escoger machos saludables y fieles. Los seres humanos
obedecen fielmente a este principio biológico”.
Se reconoce como un hecho que en la mayor
parte de las sociedades los hombres dominan sobre las mujeres;
lo que se objeta a la Sociobiología es la afirmación de que
estas diferencias de comportamiento entre hombres y mujeres
están genéticamente causadas. Sin embargo, el hecho de reflejar
las diferencias y el hecho de estudiar su posible origen
genético no tienen en sí implicaciones sexistas.
Es tradición en el feminismo hacer recaer
el origen de los roles de hombres y mujeres de las sociedades en
la educación de los niños y las niñas. Sin embargo, sin quitar
parte de razón a esta tesis, especialmente en lo que se refiere
a la potenciación de esos roles, mis propias observaciones y
reflexiones me hacen pensar que las diferencias en el
comportamiento entre los niños y las niñas tiene un origen más
profundo y previo a la fase educativa donde podrían
condicionarse esos roles. Mis observaciones se basan
fundamentalmente en mis dos hijos, una niña y un niño mellizos,
aunque he observado comportamientos muy similares en muchas
niñas y niños en parques y salones de juegos infantiles. Se
trata, además, de observaciones realizadas desde la infancia.
Los niños, en sus juegos, tienden a competir y a luchar, se
enfadan y se pelean con más frecuencia, y les gusta destacar…
Las niñas son más pacíficas, no se muestran tan interesadas en
competir, y tienden más a los juegos de socialización… Incluso
en el mismo juego, participan de forma diferente: los niños lo
orientan a la lucha, a la competición; las niñas a la
convivencia y a la socialización.
Quiero aclarar tajantemente que reflejar estas impresiones no
implica una defensa de los hechos, ni afirmar que los
mencionados roles deban mantenerse por tener, supuestamente, un
origen genético. Desde mi punto de vista, la cuestión es conocer
la realidad de la situación para poder tomar las medidas para
corregirla y evitarla. El ser más agresivos o más competitivos
(en el sentido de gusto por competir) no puede darles ventaja a
los hombres en el objetivo de alcanzar puestos de
responsabilidad, como acceder a direcciones de empresas, ser
jueces en tribunales supremos, o detentar jefaturas de estados.
Creo que en condiciones de “igualdad” la mujer probablemente
lleva las de perder. Esto, por ejemplo, puede dar sentido a la
discriminación positiva y justificar la reserva de cuotas de
poder para las mujeres.
Los sociobiólogos buscan también apoyo a
sus teorías en el tabú del incesto. Frente a los antropólogos,
para los cuales se trata de un hecho cultural, aquéllos opinan
que tiene un origen genético adaptativo. Por ejemplo, para Ruse,
“los genes que promueven los tabúes del incesto están
fuertemente favorecidos por la selección”.
Y más adelante, insiste: “La evidencia directa sugiere que la
biología humana le hace a uno psicológicamente incapaz de
relacionarse sexualmente con aquellos con quienes ha sido
criado. El tabú del incesto humano es universal y, hablando
biológicamente, altamente adaptativo”.
Por último, hay que mencionar la cuestión
de la homosexualidad, sobre la que también se mantiene una
diferencia de opiniones en cuanto a su origen. Desde el punto de
vista genético, parece lógico pensar que no debería mantenerse,
ya que no se heredaría, al menos de forma directa. Sin embargo,
parece que se mantiene en alrededor de un diez por ciento. Ruse
apunta como posibilidad la existencia de un gen homosexual
superapto: el gen en sí mismo no sería homosexual, pero podría
causar la homosexualidad en el fenotipo.
Agresión
El tercer problema a plantear en este
capítulo es el de la agresión. Se trata de una faceta
fundamental en la existencia animal, ya que parece presentarse,
en mayor o menor medida en todos los animales.
La agresión tiene una explicación en
términos de competencia por los recursos, tanto para la
supervivencia como para la reproducción. Así lo entiende Wilson:
“La agresión entre miembros de la misma especie puede
considerarse como un fenómeno de competencia dividido en dos
clases: competencia sexual y competencia por los recursos”.
Ruse es de la misma opinión y piensa que “la agresión entre
miembros de una misma especie se da abundantemente y mucho de
ella es genético o innato y mucho también está restringido para
apaciguar al agresor”.
La restricción en la agresión es otra característica común en
todas las especies animales, y parece que su valor adaptativo es
claro, ya que las agresiones irrestrictas son más costosas para
el individuo. Wilson considera que “existe un nivel óptimo de
agresividad por encima del cual la eficacia individual
desciende”.
Es lógico pensar que pueda ser así, ya que se trataría de
alcanzar un objetivo, pero sin poner en peligro la propia vida,
que es lo más valioso.
El comportamiento agresivo es un hecho que
no es puesto en duda en lo que concierne a los animales, pero
que, cuando se extrapola a los seres humanos, presenta nuevas
vías de conflicto. La pregunta es ¿pueden encontrarse bases
biológicas de la agresión humana?
Los sociobiólogos consideran la agresión
humana también como adaptativa para la supervivencia y
reproducción del individuo. La competencia por recursos
limitados lleva aparejada inexorablemente una lucha, y ser
agresivo representaría una ventaja frente al que no lo es. Desde
ese punto de vista, se considera que la agresividad humana es
una extensión de la agresividad animal. Los seres humanos serían
innatamente agresivos y esto se traduciría en diferentes
comportamientos que afectarían a la territorialidad, a las
relaciones con el otro sexo, al intento de dominio del grupo, y
a la manera de resolver los conflictos.
Para Sahlins,
por el contrario, la agresividad no sería genética: por ejemplo,
piensa que las personas que intervienen en una guerra no son
necesariamente agresivas, y que muchas de ellas están
aterrorizadas. Considera que los hombres luchan por otras causas
como el amor al país o el honor e invoca a Rousseau, en El
contrato social: “La guerra no es una relación entre hombre
y hombre, sino entre Estado y Estado”. Sin embargo, al menos en
parte, muchas guerras sí son entre o a causa de individuos. Los
casos de Hitler, Bush contra Saddam, o Sharon contra Arafat,
parecen tener una causa individual como detonante de la guerra,
aunque el conflicto de fondo exista. Pero el problema
fundamental, es que, más allá de las guerras, parece que no
pueden resolverse las disputas enfrentadas de una manera no
violenta. ¿Por qué la violencia? ¿Por qué la agresión como
método de resolución de conflictos cuando el otro no nos da la
razón? No es fácil encontrar una respuesta. El hecho es que la
agresión existe tanto en animales no humanos como en humanos.
Esa generalidad y la constancia de que, pese a tantos siglos de
civilización, no hayamos conseguido evitarla, parecen reforzar
la teoría de que tiene un origen genético.
EL DETERMINISMO
BIOLÓGICO
La polémica, las discusiones y la
preocupación sobre el determinismo biológico se limitan al caso
de los seres humanos; parece que no se pone en duda que los
animales no humanos sí están determinados genéticamente. Sin
embargo, hay que tener en cuenta dos cosas: en primer lugar,
¿podríamos hablar de cierto indeterminismo en los animales no
humanos?, ¿de cierta “libertad”?. Los animales también eligen y
tomas ciertas decisiones, aunque con el matiz fundamental de que
no son conscientes de ello. En segundo lugar, el ser humano es
un animal, y, según las últimas investigaciones, parece que
apenas nos diferenciamos genéticamente de los animales no
humanos. Es decir que, en principio, nuestra carga
biológicamente determinada podría ser bastante similar. Pero, a
la vez, la evolución nos ha proporcionado un desarrollo muy
importante de nuestro mecanismo de toma de decisiones, el
cerebro, que nos permite una gran diversidad de alternativas de
actuación ante el ambiente que nos rodea. Ese órgano directivo
tiene la capacidad de tomar decisiones de forma más flexible
ante las circunstancias de lo que el resto de los animales
pueden hacer. Además, ha permitido el desarrollo de otras
capacidades, como el lenguaje y la construcción de herramientas.
Pero lo más importante es que el cerebro es capaz de saber que
toma esas decisiones, es decir, es consciente de sí mismo. Y,
fundamentalmente, eso sería la libertad humana, el hecho de
elegir siendo consciente de que se elige.
Está claro que existe un determinismo
genético físico, por cuanto nuestras estructuras en ese nivel
están construidas según un programa contenido en los genes. En
el nivel psicológico, parecen existir algunas alteraciones cuyo
origen parece ser también genético como la epilepsia, la
esquizofrenia o determinadas psicosis. La propia capacidad para
el lenguaje, y con ella el propio hecho de nuestra conciencia,
parece tener una base genética. Chomsky piensa que “la facultad
del lenguaje puede ser considerada como un órgano del lenguaje
en el mismo sentido que el sistema visual, el sistema
inmunológico o el sistema circulatorio” y supone que “el órgano
del lenguaje es como otros órganos en la medida en que su
naturaleza básica es una expresión de los genes”.
Pero, más allá de esto, ¿hasta qué punto
puede extrapolarse el comportamiento animal como modelo del
comportamiento humano? Los opositores a la Sociobiología
insisten en que los seres humanos han trascendido todos los
instintos sociales impuestos por la evolución.
Hay quien piensa que es posible hacer
Sociobiología animal sin extenderla a los humanos, e incluso
negando que sea aplicable a éstos; para otros, podría aplicarse
en algunos sentidos, aunque el ser humano habría escapado a su
biología en los aspectos más importantes; unos terceros,
consideran que no hay base objetiva para elevar a la especie
humana sobre los chimpancés: la selección natural nos habría
configurado y sería la selección natural lo que debemos
comprender si deseamos entender nuestras propias identidades.
Para Ruse, la analogía humanos/animales
tiene una cierta validez: “Los animales y los seres humanos
compartimos muchos atributos biológicos
y esos atributos son relevantes para las causas del
comportamiento. Los animales tienen un comportamiento causado
genéticamente, luego es razonable realizar una inferencia sobre
las bases genéticas del comportamiento humano”.
Pero esa inferencia ha de tener,
necesariamente, unos límites y unos criterios de aplicación. Si
bien la Sociobiología puede explicar comportamientos sociales de
especies animales, como los insectos, el comportamiento social
humano tiene poco que ver con el de aquéllos. El comportamiento
de los animales está restringido severamente por los instintos
y, en nuestro caso, la inteligencia humana nos ha elevado a un
plano muy diferente y podemos decir que tenemos “libertad” de
comportarnos trascendiendo esos instintos. Una de las
diferencias fundamentales, como ya he comentado, es que los
seres humanos somos conscientes de nosotros mismos: los animales
también eligen, pero nosotros, cuando elegimos, sabemos que lo
hacemos y, al menos en parte, que lo hacemos por determinadas
razones. En ese sentido podemos hablar de que somos animales
racionales.
Por todo ello, no pueden aplicarse, sin
más, los criterios sociobiológicos extraídos del mundo animal al
mundo humano. Aun admitiendo esa influencia de la biología en el
comportamiento social humano, por ejemplo en la agresión, se
trata de una influencia radicalmente mediatizada por nuestras
capacidades de comprensión de nuestra propia realidad.
Genética Vs. Cultura
La dicotomía genético/cultural está en el
origen de violentas discusiones tanto científicas como
acientíficas.
Hay quienes, como Sahlins, mantienen una
postura radical en cuanto a la posibilidad de encontrar algún
tipo de explicación a la cultura con base en la genética: “La
biología es completamente incapaz de especificar las propiedades
culturales del comportamiento humano o las variaciones que
experimentan éstas de un grupo humano a otro”.
Y llega incluso a afirmar que es al contrario: “La biología de
la Humanidad ha sido conformada por la cultura, que es
considerablemente más antigua que la especie humana tal y como
la conocemos. La cultura se desarrolló en la línea de los
homínidos hace unos tres millones de años. La moderna especie
del hombre, homo sapiens, se originó y alcanzó preponderancia
hace unos cien mil años. Es razonable suponer que las
disposiciones que observamos en el hombre moderno, y en especial
la capacidad de organizar y definir estas disposiciones
simbólicamente, son efecto de una selección cultural prolongada”.
Wilson entiende la cuestión de forma radicalmente contraria: “Se
puede afirmar con certeza que la mayor parte de la evolución
genética en la conducta social humana ocurrió durante los cinco
millones de años anteriores a la civilización. Por otro lado, la
mayor parte de la evolución cultural ha ocurrido desde
hace aproximadamente diez mil años”.
En mi opinión, parece bastante claro que nuestra historia
cultural es mínima ante nuestra historia biológica, y que, por
tanto, nuestra herencia cultural es mínima ante nuestra herencia
biológica.
Piensa también Sahlins que “entre los
impulsos básicos que se pueden atribuir a la naturaleza humana y
las estructuras sociales de la cultura humana existe una
indeterminación crítica. Los mismos motivos humanos aparecen en
diferentes formas culturales, y diferentes motivos aparecen en
las mismas formas. Al no haber una correspondencia fija entre el
carácter de la sociedad y el carácter humano, no puede haber
determinismo biológico”.
Pienso que Sahlins hace referencia a
cuestiones de carácter antropológico que estarían en un segundo
nivel por encima de la Sociobiología, y que habría que estudiar
de forma distinta: se trataría de las formas en cómo se traduce
el comportamiento humano en las distintas culturas y sus
condicionamientos. La Sociobiología, entiendo, no pretende
agotar el significado del comportamiento humano, sino que
pretende dar una base científica y “explicativa” a ese
comportamiento en su origen. En ese sentido, creo que Sahlins
también confunde forma y fondo. Hay que distinguir el hecho de
que existan diversas formas culturales del hecho de que exista
una relación con un motivo determinado. Por ejemplo, las mujeres
pueden querer resultar atractivas para los hombres, y los
hombres pueden querer impresionar a las mujeres, y esto puede
tener un origen biológico. El que esto se manifieste o se
traduzca de diferentes maneras, con diferentes comportamientos
concretos, en distintas culturas, no implica, ni mucho menos,
que deban existir diferencias genéticas que lo expliquen. El
hecho en sí sería lo biológico; las formas, lo cultural.
Por otra parte, también podemos pensar que
la propia cultura tiene un origen genético. Se trataría de una
capacidad de aprendizaje social, de manera similar al
aprendizaje del lenguaje, que sería beneficiosa para los
individuos.
El propio hecho de ser capaz de asimilar una cultura podría ser
genético, y la forma cultural concreta depender de la sociedad
en la que se nazca. Ruse admite esta posibilidad: “los
sociobiólogos considerarían la cultura como adaptativa para el
individuo humano. Los seres humanos ya no tienen todo su
comportamiento estrictamente codificado en sus genes; antes
bien, sus genes dan lugar a ciertas capacidades o rasgos de
comportamiento, que se van especificando mediante el
descubrimiento y el aprendizaje”,
y llega incluso a hablar de un “gen de la cultura”.
En este sentido, hay quien postula la
existencia de formas de evolución estrictamente culturales,
basadas en la transmisión social de información, con cambios
evolutivos y herencia. Por ejemplo, Waddington
sostiene esta tesis y considera que la ética es necesaria como
“sistema portador de autoridad” que posibilite la “transmisión
sociogenética de información”. Y en la misma línea, Dawkins,
propone el nombre de ‘memes’ para los “nuevos replicadores”,
“unidades de transmisión cultural o unidades de imitación” que,
de forma similar a los genes, realizan esa labor de facilitar la
herencia cultural.
Hay que hacer notar también que existen,
al menos entre algunos primates, también relaciones y
comportamientos de origen cultural. Por ejemplo, Frans de Waal se basa en la
definición de cultura como forma de transmisión de conductas no
basadas en la genética, y describe cómo los simios imitan las
acciones de otros simios o de humanos, aprendiendo conductas que
son incluso mantenidas en sus grupos durante generaciones.
Hay también quien, a mi modo de ver,
equivoca los términos en la relación genética/cultura. Ruse hace
referencia a una cita del “Grupo Ciencia para el Pueblo”
(también llamado “Críticos de Boston”), en la que se refleja el
problema: “Si la Sociobiología es verdadera, deberíamos
encontrar que los principales cambios culturales van acompañados
de (puesto que son función de) cambios genéticos significativos”.
Wilson intenta defenderse de esta crítica sugiriendo que
pequeños diferencias en el genotipo pueden desencadenar grandes
diferencias en el fenotipo. Sin embargo, para Ruse, esta
respuesta es un tanto ad hoc y considera que la crítica
tiene cierto peso. Pienso que aquí existe una confusión: no
tiene nada que ver el hecho de que existan cambios o diferencias
culturales con que la explicación de determinados hechos
culturales tenga un origen biológico adaptativo. Por ejemplo, el
lenguaje tiene una base genética y se trataría de hecho de una
mejora adaptativa, lo cual no tiene nada que ver con que existan
miles de lenguas diferentes y que evolucionen continuamente de
forma cultural. Está claro que no debemos esperar cambios
genéticos como consecuencia de la evolución de las diferentes
lenguas a lo largo de la historia.
Wilson no estaría de acuerdo con mi tesis,
ya que piensa que “hay pruebas convincentes de que una
considerable parte de la variación de la conducta humana se basa
en diferencias genéticas entre individuos”.
Mi opinión es que la genética y la Sociobiología pueden
explicar, en algunos sentidos, la conducta humana, pero no la
variación en la conducta humana (salvo considerando periodos de
tiempo milenarios).
Determinismo
Volviendo al tema estrictamente biológico,
estimo que las explicaciones que podríamos encontrar en la
Sociobiología, pese a que pueden darnos orientaciones globales
sobre el comportamiento social humano, no pueden mostrarnos
apenas diferencias entre los seres humanos concretos de hoy en
día. Si encontrásemos, por ejemplo, que la agresión humana tiene
un origen genético, encontraríamos, probablemente, que un 99% de
los seres humanos tendríamos el mismo tipo de inclinación
biológica hacia la agresión. Por encima de esto estaría lo
cultural: las diferentes sociedades pueden mostrar o no esa
agresividad, y hacerlo de una manera u otra. Y dentro de una
misma sociedad, el entorno familiar, la situación económica,
etc., influyen también, decisivamente, en que se manifieste o
no.
Por otra parte, la Sociobiología no debe
interpretarse localmente ni en el espacio ni en el tiempo. Me
refiero a que las diferencias biológicas pueden detectarse
solamente comparando entre periodos de tiempo muy lejanos, no en
unas decenas, cientos o incluso unos pocos miles de años, y, por
tanto, tampoco las consecuencias para el comportamiento pueden
ser observadas en esos cortos, a escala biológica, periodos de
tiempo.
Dentro de las posibles consecuencias de
las tesis deterministas en los seres humanos, la cuestión de la
influencia genética en la inteligencia es uno de los temas más
espinosos. Ruse
piensa que existen resultados fiables que avalan la afirmación
de la importancia de los genes en la inteligencia.
Repetidamente se han realizado estudios y
test de inteligencia pretendiendo concluir que determinado tipo
de personas es genéticamente más inteligente que otro. Parece
que ese tipo de test están suficientemente desacreditados: en
primer lugar, se enfrentan al problema de la definición de
inteligencia y de si es posible medirla; puede decirse que lo
único que hacen esos test es medir la capacidad de hacer ese
tipo de test. En segundo lugar, se ha demostrado que la mayoría
de esos test se encuentran sesgados en el tipo de preguntas y
respuestas que se plantean. Yo añadiría además, que lo que puede
considerarse como “inteligencia” es diferente en distintas
culturas, y que pretender definir inteligencia como la capacidad
que prima en la civilización occidental, tal y como suele
hacerse en esos test, me parece que es un error.
Por otra parte, en mi opinión, el problema
está mal planteado. Tomando prestada la distinción aristotélica
entre potencia/acto, yo diría que la genética sería la causa de
la inteligencia como capacidad (potencia) y la educación como
realización (acto). Además, entre los seres humanos, aunque a
nuestra escala parezca que existen grandes diferencias de
inteligencia, seríamos todos muy similares, comparado con el
resto de seres. El 99% de la capacidad para la inteligencia, por
ejemplo, podría ser genético
y sería lo que nos iguala a los seres humanos entre nosotros y
lo que nos diferencia del resto de los animales. El 1% restante
podría ser aprendido, y sería lo que nos llega a diferenciar
entre nosotros sólo como diferencia relativa. Sin embargo,
dentro de ese 1% pueden darse diferencias importantes en esa
escala, fruto del aprendizaje.
Dawkins, como ya hemos comentado,
considera que los seres vivos somos “máquinas de supervivencia”,
pero esto, según declara, no implica determinismo: “los genes
nos crean, pero no nos controlan”.
Sugiere que somos como computadoras de ajedrez: los genes nos
programan, pero luego actuamos con libertad dentro de ese
programa básico. Sin embargo, más adelante explica que “la
selección natural favorece a los genes que controlan a sus
máquinas de supervivencia de tal manera que hacen el mejor uso
de su entorno. Ello incluye el hacer el mejor uso de otras
máquinas de supervivencia, sean de la misma especie o de otras
diferentes”.
Quizá exista una cierta ambigüedad en la posición de Dawkins al
respecto.
Resumiendo, a día de hoy no podemos saber
si realmente estamos o no “programados” de tal manera que
pudiéramos predecir las acciones de una persona. Wilson piensa
que hasta lo más aparentemente aleatorio, como lanzar una moneda
al aire, podría, al menos en teoría, determinarse: “Lanzar una
moneda al aire sería un experimento no aleatorio. Podría
predecirse el resultado fijando las condiciones de lanzamiento:
fuerza, ángulo, viento, peso, dimensiones, …”.
Es decir, que incluso el propio comportamiento humano, estando
fijadas de forma exacta las condiciones y circunstancias
concurrentes, podría ser anticipado. Sin embargo, en la
práctica, que es donde realmente nos movemos, no es viable fijar
las condiciones exactas de ese lanzamiento, y es aún menos
viable poder predecir de manera científicamente inexorable el
acto que va a realizar una persona.
Si bien podemos hablar de
condicionamientos biológicos como parte del conjunto de
parámetros que influyen en el actuar humano, no puede hablarse
de determinismo cuando la mayoría de esos parámetros no pueden
ser conocidos no controlados.
SOCIOBIOLOGÍA E
IDEOLOGÍA
Quiero comenzar este capítulo con una
pequeña reflexión: creo que uno de los objetivos de la ciencia
debe ser conseguir evitar la manipulación ideológica de sus
descubrimientos. Se piensa e incluso se defiende que el único
trabajo y deber del científico es la investigación, el
descubrimiento, y luego ¡que piensen ellos!
Sin embargo, considero que el científico tiene también el deber
de situar sus resultados, de forma muy clara, en el contexto
apropiado, a fin de que no puedan ser sacados de su horizonte
para ser utilizados con fines ideológicos. Desde luego, la labor
de los filósofos de la ciencia sería aquí un punto clave para
añadir a esa situación contextual una reflexión tanto teórica
como práctica que permita esclarecer las posibles consecuencias
de los avances científicos.
La pregunta que nos planteamos aquí es
¿tiene la Sociobiología una función ideológica? Las ideas
sociobiológicas, ¿convencen a la gente de que las desigualdades
existentes son legítimas e inevitables?
Los críticos acusan a la Sociobiología de
ser una ideología y no una ciencia; los sociobiólogos argumentan
lo contrario. La postura de Sahlins no puede ser más clara:
“Creo que la teoría de la Sociobiología posee una dimensión
ideológica intrínseca”.
Y considera que su aceptación implica la aceptación de la
ideología occidental de derechas.
La oposición más radical, sin embargo,
proviene de los “Críticos de Boston”, para los cuales la
Sociobiología se instala en la tradición del determinismo
biológico: el estado de las sociedades humanas es el resultado
de las fuerzas biológicas. Además, consideran que las teorías
deterministas reflejan prejuicios socioeconómicos y son
apologéticas del statu quo. Según otras versiones más
moderadas de la crítica, la Sociobiología podría ser peligrosa
porque puede ser utilizada para justificar horribles doctrinas
sociales.
En mi opinión, el hecho de pensar que la
Sociobiología pueda dar algún tipo de explicación de
determinados comportamientos humanos no implica que los
justifique. Y el hecho de defender que puedan existir
“condicionantes” biológicos no implica querer mantener el
statu quo político o social, tener prejuicios de ningún
tipo, ni defender el racismo o cualquier otra forma de
discriminación.
Es evidente que los seres humanos somos,
en algunos aspectos esenciales, función de los genes, y que
existen algunas diferencias genéticas entre las personas. Pero
este hecho en sí mismo no es racista. Para los críticos, tan
pronto uno comienza a estudiar y a hablar de diferencias
genéticas, se abre la vía al racismo. Sin embargo, la
Sociobiología no es condenable porque algunos sociobiólogos
extraigan consecuencias erróneas de sus investigaciones.