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Un cuento de Navidad. Por Emilia Ruiz Molina. La princesita y la anciana. Por Verónica Castillo. Wenceslao. Por Verónica Castillo.
Emilia Ruiz Molina
¿Cuándo es Navidad?
Verónica Castillo En uno de los bosques del país de los recuerdos y los buenos deseos, una mañana caminaba una pequeña princesa llamada Soledad, entre sus manos solía llevar una linda bufanda, en una de las esquinas llevaba bordado el nombre de su madre, llamada Amanda. La pequeña princesa recorría la inmensidad del bosque pensando siempre en su madre y en las bellas palabras que de su corazón salían como flores en primavera, adornando aún más el misterioso encanto del bosque. Un día despertó pensando si era posible que contándole a un ave todas sus experiencias y sentimientos ésta sería capaz de volar hasta donde estaba su madre y decirle al oído cuánto era el amor que la joven tenía guardado en su corazón. Salió rápidamente vestida con su traje azul y la bufanda bordada. De repente vio ave que venía a su lado, era de color azul con el pecho amarillo. La princesa vio la ternura del ave y pudo contemplar en ella una mirada amiga; pasaron los minutos, se fue la mañana y el ave seguía los pasos de la bella Soledad, fue así que nació la amistad entre ambas. Día a día le iba contando al ave sus alegrías y descubrimientos, estaba segura que si ella la escuchaba, llevaría, con su canto, las noticias hasta los oídos de Amanda, la madre que de algún lado la miraba. Una tarde, cuando iba de regreso a su castillo, vio una cabaña que parecía abandonada, se acercó un poco y pudo ver una tenue luz que brillaba con tristeza; dentro de la cabaña pudo ver a una humilde y bella anciana. La niña se asomaba a la puerta poco a poco y sin decir nada, cuando de repente un “¡Entra!” la hizo retroceder asustada. Quiso escapar pero al instante oyó una dulce música que provenía de la cabaña, era la misma melodía con la que su madre la acunaba. Ese recuerdo musical hizo que el temor se marchara, así que decidió entrar confiada; al hacerlo, vio los ojos de la dulce anciana y en ella vio el rostro de una madre acongojada. - ¿Qué tienes? ¿Por estás sola? – le preguntó la niña- “Sucede que estoy muy sola, me siento triste y mi vida parece abandonada, sólo un Alma triste por las tardes me acompaña”. - ¿Qué llevas en la mano?, ¿Es acaso una bufanda?-dijo la anciana; - Sí, - contestó la niña- la tejió mi madre, un otoño antes que se marchara. En ella llevo siempre su recuerdo y el aroma que brotaba de su cuerpo. - Es muy linda, seguro que te abriga tanto, como logra abrigar el amor de una madre,- dijo la anciana- Quién como tú que tienes algo que puede abrigarte con el calor de su lana y del amor con el que fue elaborada, yo en cambio no tengo nada, sólo el frío y el Alma me acompañan. Soledad miró nuevamente los ojos de la anciana, en ellos pudo ver el cielo y la figura de aquella Alma que en las tardes iba a visitar a la anciana. No estarás nunca sola,- dijo la niña- pues yo por las tardes vendré a acompañarlas, haremos una reunión solo tú, el alma, mi madre, yo y esta bella ave que dulcemente me acompaña. Toma mi bufanda, así sientes el amor que mi madre me brindaba, su calor te dará y nunca más te sentirás abandonada. Hoy, como ayer, desde que mi madre se marchó, puedo sentirla más cerca de mí, al mirar las estrellas la veo a ella y al contarle a esta ave lo que siento, sé que ella puede susurrar al oído de mi madre, mis plegarias. Desde esa tarde la niña, la anciana, el alma y el calor de la madre, se reúnen para charlar y contarse cuentos de hadas, almas y madres que aman, al fondo de la charla se puede oír el trinar del ave que feliz las acompaña.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: Verónica Castillo La historia que te voy a contar es la de un niño llamado Wenceslao, él vivía en un maravilloso pueblito llamado Rosenthal, cerca al río Dahme, en Alemania. El pueblo tenía la magia de una belleza indescriptible... sus grandes casas blancas tenían el toque de la nieve y los árboles mostraban su belleza con una elegancia impresionante. En épocas de invierno cuando la nieve venía a visitar a los habitantes de Rosenthal, Wenceslao decía que a los árboles les gustaba vestirse de blanco con grandes bufandas y unas gorras de pompos colgantes, le parecía que llevaban grandes botas suecas con plataformas para verse más altos y realzar sus espigadas composturas. Cuando se había instalado el invierno en el pueblo, el viento llamaba a la nieve para que le haga compañía, así se iban a bañar al río, tanto le gustaba a la nieve ese pueblo que decidía quedarse toda la temporada gozando de las algarabías de los niños que iban patinando haciéndole cosquillas en todo el cuerpo. El pequeño Wenceslao estaba feliz de vivir en una casa tan bonita, ésta era de color blanco con largas barras de madera que la hacían tener un toque especial, como el de los cuentos de Hansel y Gretel o de aquellos cuentos de hadas, en donde los castillos son enormes y a los niños les faltan ojos para contemplar su inmensa belleza. Un día soñó que a su casa había llegado Shreck buscando a Fiona, era increíble, ¿Cómo había llegado el enorme ogro desde el país del muy muy lejano hasta la bella Rosenthal? Y lo que es mejor, ¿Cómo había ido directamente a buscarlo a él? Era tan increíble que Wenceslao no lo podía creer. Veía a Shreck tan angustiado que decidió acompañarlo en su búsqueda. Cada vez que miraba al ogro verde se preguntaba ¿Qué hacía él andando con un ogro verde con el corazón rojo por el amor? Y qué hacía saliéndose de su propia historia para llegar a otro cuento? En fin, él no lo sabía, pero no quería pensar que todo era un sueño, pues sería absurdo despertar ahora que estaba feliz caminando con el ogro, burro y el famoso gato (Este último era más pequeño de lo que Wenceslao había supuesto...al fin y al cabo era un gato). Mientras caminaban en busca de Fiona, se encontraron con un apuesto príncipe, iba montado en su corcel negro llevando en su cintura una espada maravillosa. - ¿Sabes dónde puedo encontrar el bosque donde vive Alicia?- preguntó el príncipe- En las afueras de la ciudad-contestó Wenceslao- en el país de las cercanías, existe un bosque rojo. Después de tantas aventuras en el país de las maravillas, Alicia decidió regresar, pero en el camino se perdió y encontró ese bosque rojo, es tan lindo que decidió irse a vivir allí, desde entonces espera que llegue el príncipe que un hada llamada Matilda le tiene prometido. – ¿En un bosque rojo?- preguntó el príncipe- Sí, le dijo Wenceslao, allí vive con caperucita, quien por cierto ha crecido mucho desde su experiencia con el lobo-. Satisfecho con la respuesta, el apuesto príncipe siguió el camino. Wenceslao y sus nuevos amigos seguían caminando y se encontraron con una gran galleta, venía de la mano de un Gigante, era el mismo que hace muchos años se había hecho famoso por ser egoísta. Ahora el amor lo había cambiado y era tan dulce con su novia, la galleta gigante, que no cabía de felicidad. Viendo, el gigante. las caras de cansados de los amigos caminantes, decidió llevarlos en sus hombros. Así ya eran más los que habían iniciado la búsqueda de la famosa Fiona, ¿Dónde estaría? Y ¿Por qué se perdió? ¿Qué le sucedió realmente?... el pequeño Wenceslao no podía más con su curiosidad y decidió preguntarle a Shreck, el ogro lo miró con tristeza, pues no tenía idea de lo sucedido, sólo sabía que había desaparecido mientras jugaban a las escondidas. Mientras tanto, Burro y el famoso gato iban gritando llamando a Fiona: ¡Fionaaa!! Fionaaa!! ¿Por qué nos abandonas??!!!, Fiona!! Fiona!! Aparece, ya no te escondas!!!- Los gritos se repetían cada vez más fuerte, pero nada, no hallaban respuesta, la noche iba cayéndose sobre ellos, las nubes ya se habían ido a dormir, las estrellas marcaban tarjeta y empezaban a trabajar dando luz a los habitantes de Rosenthal. Wenceslao y sus amigos seguían caminando. De repente, unos árboles secos empezaron a gritar, los amigos se quedaron asustados, no sabían qué hacer. Vieron una pequeña luz en una cabaña y decidieron entrar, allí se protegerían de los árboles gritones y los lobos feroces. En un rincón de la cabaña estaba durmiendo un pequeño duendecillo, se lo veía tan tierno que no quisieron despertarlo. Sin embargo, el duendecillo los había oído pero le dio miedo y se quedó callado e inmóvil; al sentir que los intrusos eran buenos, decidió hablarles – Buenas noches!!- dijo, con un tono enérgico, a modo de parecer mayor de lo que era.- Buenas noches!!- le respondieron a coro- Somos amigos y estamos buscando a la esposa de Shreck, la princesa Fiona. Y tú, ¿Quién eres?- Yo soy el hijo del duendecillo que vive con el príncipe que alguna vez fue Bestia, lo recuerdan?- Sí, sí, dijo Wenceslao- Yo lo leí en uno de los cuentos que me regaló mi padre. Al sentirse más cómodo con los amigos, el duendecillo les ofreció cobijo y se quedaron allí toda la noche. Por la mañana siguiente, todos juntos decidieron seguir buscando, ahora eran más, entonces se dividieron en dos grupos. Cada grupo iba por los laterales del bosque, llegaron a un punto donde se encontraron y nada. Entonces empezaron a buscar nuevamente por el centro, empezando donde se habían quedado la noche anterior, en el sitio de los árboles gruñones. Caminando, caminando, el gigante tropezó con una piedra y cayó, los amigos salieron disparados por los aires y fueron a dar a un hoyo de color violeta. El gigante se paró rápidamente con ayuda de su novia, la Galleta. Y se dirigió al hoyo violeta. Allí vio a sus amigos, pero estaban tan al fondo que no podía sacarlos. Wenceslao vio en el hoyo una luz y decidieron seguir ese camino, se lo hicieron saber al gigante para que no se preocupara. Fue entonces que, el gigante y galleta siguieron su camino, buscando por su cuenta a la princesa. Los amigos metidos en el hoyo caminaron buscando una salida, de repente oyeron unos sollozos, Shreck reconoció al instante que se trataba de Fiona, empezaron a llamarla y se acercaron. En efecto, era la voz de Fiona, al verlos fue corriendo a abrazar a su querido ogro. Les contó que al ir a esconderse tropezó y cayó al hoyo y por más que gritó, nadie la oía; pero sabía que la voz de su corazón la acompañaría hasta encontrar la salida. Desde aquel día, Wenceslao tuvo unos amigos inseparables. Juntos fueron en búsqueda del gigante y su Galleta, cuando los encontraron prometieron jugar siempre en aquel bosque tan bello, del hermoso pueblo de Rosenthal, donde los bosques rojos se unen a la imaginación de los niños que como tú se introducen en las historias para ir en búsqueda de nuevas aventuras.
© Mercedes Laguna González Foro Realidad y ficción 18800 Baza (Granada)
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