“La vena literaria del pensamiento español:
fragmentos de una discusión”
Vayan por delante mis excusas
por los equívocos a que el título puede inducir. Así, al
plantearse la existencia y significación de la vena
literaria del pensamiento español, no será una, serán
tres las discusiones en danza. Una es la ya indicada
acerca de la vena literaria de la filosofía española;
otra gira en torno a si las fuentes de inspiración de la
filosofía, en general, son o han de ser más bien
internas –de modo que la filosofía se alimentaría de sí
misma-, o externas –literarias, sin ir más lejos-; y la
tercera versa sobre la filosofía española o el
pensamiento en español en general. Cierto es que sólo
presentaré fragmentos o aspectos de ellas, pues mi
propósitos es abrir un debate antes que dar por resuelta
y cerrada la cuestión. Pero ahí tal vez anida el mayor y
más insidioso equívoco: puede que, en realidad, no haya
cuestión alguna y que todo este tinglado -¿tópico,
leyenda?- en torno a una presunta vena literaria de un
presunto pensamiento español, no pase de ser, en
realidad, un falso problema, una antigua ilusión. Uds.
juzgarán.
1. Consideremos la discusión
primera y aquí más relevante: ¿Existe una vena literaria
de la filosofía española o del pensamiento en español?
La cuestión no reviste mayor
importancia si se limita a preguntar por la existencia
de fuentes literarias de inspiración en la filosofía
española o de ciertas complicidades de fondo o de forma
entre el cultivo de una y otra. Los más viejos de este
lugar podemos recordar una secular Asociación
institucional en España entre la Filosofía y las Letras,
una facultad de Filosofía y Letras vigente hasta
principios de los años 70. La cuestión cobra interés si
se toma como una posible indicación acerca de la
naturaleza y calidad de la filosofía española. Por
ejemplo, según Ángel Ganivet, la genuina filosofía
española está inscrita en el pueblo, que es
«el archivo y el depósito de
los sentimientos inexplicables, profundos, de un
país»,
de modo que se encuentra en el
Romancero. Otra declaración franca y elocuente
son las palabras de Miguel de Unamuno:
«… Abrigo cada vez más la
convicción de que nuestra filosofía, la filosofía
española, está líquida y difusa en nuestra literatura,
en nuestra vida, en nuestra acción, en nuestra mística,
sobre todo, y no en sistemas filosóficos. Es concreta» (Del
sentimiento trágico de la vida [1912] Madrid, Akal,
1983, p. 337).
Muchos años después, José Luis
López Aranguren, en un ensayo sobre teología y teatro en
Tirso de Molina, se hace eco de esta impresión de que la
filosofía española hay que buscarla más en nuestra
tradición literaria que en tratados doctrinales. Dice
Aranguren:
«Muchas veces se ha escrito,
desde Unamuno y Ganivet, y lo mismo por españoles que
por extranjeros, que el “lugar” en que se ha de buscar y
se encuentra la filosofía española no es el tratado de
filosofía, sino la literatura. Así la filosofía
poético-mística de san Juan de la Cruz, la profunda
filosofía encerrada en el Quijote, la filosofía moral de
Quevedo y Gracián, la filosofía picaresca, la meditación
dramática sobre el mundo y la vida de Calderón de la
Barca. Y probablemente otro tanto cabe decir de la
teología, pese a la obra formalmente teológica de
autores como Molina, Báñez y, tanto por lo que refiere a
la teología como a la filosofía, Suárez» (citado por
José M. González, “Pensar en español: tratado o ensayo”,
Revista de Occidente, 233 [2000], p. 74).
Pero se trata de
una convicción más antigua que la declarada por esos
autores “del 98” -así que no deberá achacarse al
complejo y acomplejado estado de ánimo que suele
atribuirse a esa supuesta Generación-. En 1854, por
ejemplo, en un discurso ante las Cortes Constituyentes,
el tribuno Patricio de la Escosura afirmaba:
«Aquí no hay filósofos, como
no hay Cervantes en Alemania».
Y ese mismo año, el llamado
“Sócrates catalán”, Francisco Javier Lloréns Barba,
aseguraba en Barcelona que el «espíritu nacional» había
producido en España humanistas, escritores ascéticos y
poetas, pero no filósofos
.
Tomada en su cabal
perspectiva, la “teoría” de la vena literaria de la
filosofía española cobra una doble dimensión, histórica
y valorativa, al tiempo que se despliega en tres
interpretaciones o impresiones como las siguientes:
1ª. Nuestra historia cultural
se caracteriza por un claro desequilibrio entre la
calidad y cantidad de nuestra producción literaria, y la
calidad y cantidad de la producción matemática y
científica.
Incluso un ensayo de
“combinatoria” aparentemente metódica como el ars
de Ramón Llull tiene más interés místico que lógico.
Esta desproporción parece constante salvo momentos
excepcionales de coincidencia como el de la llamada
“Edad de plata” en el primer tercio del s. XX
(recuérdense de una parte las “Generaciones” del 98, del
27, o los nombres de Azorín, Pío Baroja, Valle-Inclán,
Alberti, García Lorca, etc.; y de otra parte,
instituciones como la JAE, la ILE, el Institut d’Estudis
Catalans, o nombres como los de Ramón y Cajal, Ortega y
Gasset, Blas Cabrera, Julio Rey Pastor, etc.).
Pues bien, de este acusado
sesgo literario, emotivo o estético, antes que
intelectual o cognitivo, se seguiría la tesis de que el
español es –ha sido, al menos- una lengua rica y
propicia para la expresión común y literaria, pero
resulta en cambio poco apta, o está peor adaptada, para
la abstracción conceptual, el rigor metódico y el
ejercicio reflexivo. Y, dando un paso en esta línea,
¿por qué no inferir cierta ineptitud natural o adquirida
para la teorización filosófica?
2ª. Por otro lado, también es
constatable una tradicional inclinación del pensamiento
en español a ocuparse de temas estéticos, religiosos,
morales, ideológicos, políticos o pedagógicos, como los
tratados por nuestros autores clásicos y modernos:
Calderón, Quevedo, Gracián, Feijoo, Valera, Unamuno, A.
Machado, Ortega, Zambrano, Savater –salvo algún raro
caso de orientación más netamente filosófica y abstracta
que confirma la regla, como Zubiri-.
De donde se desprende la 2ª
tesis de la teoría: la inclinación del pensamiento
español hacia temas o motivos afines o compartidos con
la literatura –en especial, la relativamente edificante
o formativa–. Una fuente de inspiración bastante
socorrida es la literatura mística, hasta el punto de
que a juicio de algunos, religiosos naturalmente, de
ella mana el rasgo más característico y distintivo de la
filosofía española en el concierto de Europa, a saber:
su espiritualidad. Claro que hay intérpretes más
enterados y laicos, como José Gaos, que prefieren hablar
de moralismo, realismo o inmanentismo.
3ª. Y, en fin, esta
inspiración e inclinación literaria se acompaña de una
tendencia pareja hacia el cultivo de los géneros de
expresión más alejados de la sistematización doctrinal y
más próximos a la comunicación viva, al discurso
informal y tentativo, a la escritura directa. En
particular -reza la 3ª tesis-, la vena literaria del
pensamiento español se manifiesta en su progresiva
lejanía del tratado y su progresivo acercamiento al
ensayo, sobre todo en los tiempos modernos y a partir
del abandono de la filosofia escolástica tardía y su
latín formulario.
Todo esto parece conducir a
una caracterización como la que José Gaos aventura del
pensamiento hispano-americano, hecho en lengua española.
Recapitula Gaos:
«Pues bien, entre todos estos
temas [estéticos, políticos, pedagógicos, ocasionales] y
formas [conversatorias] se hace patente una unidad que
viene a ser la característica radical del pensamiento
hispano-americano, aquella sobre la cual gravita su
significación suma. Puede formularse así: una pedagogía
política por la ética y más aún la estética; una empresa
educativa, o más profunda y anchamente, “formativa”
–creadora o reformadora …- de los pueblos
hispano-americanos por medio de la “formación” de
minorías operantes sobre el pueblo y de la directa
educación de éste; por medio, a su vez, principalmente
de temas específicamente bellos y de ideas, si no
específicamente bellas, expuestas, como aquellos temas,
en formas bellas, entre las cuales se destaca la de la
palabra oral en la intimidad, la de la conversación. Es
posible que toda empresa de tal índole haya de ser…
obra, por su objeto y fin, de pensamiento “aplicado” –en
el sentido de la dirección y de la fijeza e intensidad-
a “este mundo”, “esta vida”, “el más acá”; obra de un
pensamiento ametafísico; en suma y cifra: un
“inmanentismo”» (Gaos 1945, Pensamiento de lengua
española, en Obras Completas, t. VI [México,
UNAM, 1990], pp. 58-107; en particular, pp. 87-8).
Pero antes de invitarles a
discutir estas tesis sobre la vena literaria de la
filosofía o del pensamiento español, permítanme
mencionar los otros dos debates involucrados a los que
había aludido al principio -eran tres, decía, las
discusiones en danza-. Uno tiene que ver con las fuentes
de inspiración o las raíces, en general, de la
filosofía. Según una opinión extendida en la 2ª mitad
del pasado siglo, las raíces de los problemas
filosóficos genuinos se hallan siempre fuera de la
filosofía, hasta el punto de que una filosofía que se
alimenta de sí misma, da en pseudoproblemas, se enquista
y muere de consunción para luego adoptar la forma fósil
de una escolástica. Así pues, toda filosofía ha de tomar
sus temas y motivos de la vida pública o la práctica
social y de las teorías o artes circundantes, las
ciencias o las letras.
Hay quien piensa, por el
contrario, que la filosofía es una profesión o una
dedicación reflexiva y autónoma: la única que, de hecho
y por derecho, se ocupa de sí misma, hasta el punto de
que no cabría hacer historia del pensamiento filosófico
sin hacer filosofía.
También cabe pensar, desde
luego, que la filosofía es una ciencia reflexiva que se
halla después de todo, no antes que nada: idea que
aspiraría a quedarse con lo mejor de los dos mundos
anteriores, pues si, por ejemplo, no cabe hacer historia
de la filosofía sin hacer filosofía, tampoco se puede
suponer que hacer filosofía se reduce a rehacer historia
de la filosofía, mirarse el ombligo o tirar de la propia
sombra.
Ahora bien, por otro lado, el
punto de la fuente de inspiración también podría
remitir a una opción o una inclinación personal –e.g.
las de Descartes por la geometría, Locke por la
ciudadanía, Kant por la mecánica newtoniana o Hegel por
las catedrales góticas, etc.–, sin que representare en
absoluto un carácter, un espíritu o una filosofía
nacional. De modo que los inspirados por, o más afines
a, la literatura serían algunos pensadores en español
o, si se quiere, los mayoría o los conspicuos, pero no,
en absoluto, el pensamiento español –por cierto,
remedando a Ortega: ¿quién es ese mozo?
Lo cual nos introduce en el
tercer debate: la discusión en torno a si existe o ha
existido algo así como la filosofía española.
Precisamente, la declaración antes citada de Llorens y
Barba, en el sentido de que en España el espíritu
nacional había producido humanistas y literatos, no
filósofos, fue el motivo de que Gumersindo Laverde,
ardiente patriota cántabro, publicara “De la filosofía
en España” (1856), artículo que suele considerarse
preludio de esta discusión y que hace de España un patio
de escuelas: senequismo, isidorismo, averroísmo,
maimonismo, lulismo, vivismo, suarismo, huartismo,
pereirismo, etc. Esta proliferación de escuelas
filosóficas en suelo patrio es justamente una prueba de
la existencia y calidad de la filosofía española. La
discusión se enciende en los años 1870 entre otro
ardoroso cántabro, Marcelino Menéndez Pelayo, que
confecciona una asombrosa nómina de maestros y escuelas
de la filosofía española, y varios autores reticentes,
como Manuel de la Revilla y José del Perojo, dados a
creer que nuestros maestros y escuelas de filosofía, por
muchos que fueran, poco han podido enseñar. Luego, a
principios del s. XX, Unamuno y Ortega y Gasset intentan
dar carpetazo al asunto, señalando que el derroche de
erudición de Mdez. Pelayo había venido precisamente a
disipar las últimas dudas que quedaban sobre la
inexistencia de la filosofía española: En España
-remata Ortega-, ¿ha habido filósofos y hombres de
ciencia? Sí. ¿Ciencia o filosofía españolas? No.
Sin embargo, no acaba ahí la
cosa, quiero decir la discusión –no voy a prejuzgar si
hay cosa debajo o tema real y sustantivo de debate-. En
los años 50, cuando Gaos decide hacer las que llama
Confesiones profesionales (1958), se considera
obligado a puntualizar una vez más. Escribe:
«La negación de la índole de
filosófico al “pensamiento” hispánico es conclusión de
razonamientos que pueden sintetizarse en esta fórmula:
Filosofía es la Metafísica de Aristóteles, la
Ética de Spinoza, la Crítica de la razón pura,
la Lógica de Hegel.
Es así que Los motivos de
Proteo, Del sentimiento trágico de la vida,
las Meditaciones del Quijote, La existencia
como economía, desinterés y caridad, se parecen muy
poco a aquellas obras.
Luego éstas no son Filosofía.
Mas ¿por qué no razonar de
esta otra manera?
Los Motivos,
El sentimiento, las Meditaciones del Quijote,
La existencia, se parecen muy poco a la
Metafísica, a la Ética, a la Crítica,
a la Lógica.
Y son filosofías.
Luego Filosofía no es
exclusivamente la Metafísica, etcétera, sino
también los Motivos, etcétera.» (OC, edic.
cit., t. XVII, pag. 106).
Quizás imbuido de
este acogedor espíritu gaosiano, José Luis Abellán ha
intentado en cinco volúmenes -siete tomos- dejar
constancia de la Historia crítica del pensamiento
español (Madrid, Espasa Calpe, 1979 ss.). Así pues,
de lo que hay historia, no cabe dudar de su existencia.
Por desgracia, poco después, el P. Teófilo Urdánoz,
O.P., se creyó obligado a reponer las cosas en su
sitio: la historia de Abellán, referida a unos modos de
pensamiento en su contexto sociocultural queda lejos de
hacer justicia a la filosofía española y a su genuina
condición “medularmente cristiana y metafísica”
. Así que, filosofía española, sí;
pero, nada de devaneos racionalistas, empiristas o
neopositivistas y, por cierto, nada de literatura –menos
aún si es sectaria, laicista e irreligiosa-. No
confundamos las cosas.
Y, en fin, no ha sido éste el
último episodio: a juzgar por algunas contribuciones al
nº monográfico 233 (2000) de Revista de Occidente
sobre “Pensar en español”, aún quedan en la cuestión
rescoldos incandescescentes. Uno que nos devuelve al
debate inicial sobre la vena literaria del pensamiento
español es el punto de las relaciones entre la filosofía
española y el género del ensayo. Como muestra un
reciente libro de Fernando Rodríguez Genovés, La
escritura elegante. Narrar y pensar a cuento de la
filosofía
, hay una larga relación de amor -
odio en esa liaison entre la filosofía y el
ensayo. Puede que sus avatares tengan interés a la hora
de pronunciarse sobre la conformación, en general, del
pensar en español –si es que cabe hablar en estos
términos- y, en particular, sobre su impronta literaria.
Esta es la discusión a que me
gustaría invitarles. Sirvan de estímulo final un par de
consideraciones.
Para empezar, no está claro si
este tópico de la vena literaria del pensamiento español
obedece en verdad a una tradición o no pasa de ser una
leyenda. Pues bien, a este respecto, no es ocioso pensar
que la afinidad de nuestra filosofía con un género de
exploración y tanteo, como el ensayo, quizás venga
propiciada por la inexistencia o la precariedad de las
tradiciones filosóficas hispanas, al menos en la parte
de nuestra historia cultural que discurre al margen de
la escolástica tardía y de la neoescolástica. Es una
falta especialmente sentida durante el s. XX –salvo,
quizás, en los primeros años 30-. Baste recordar las
palabras de María Zambrano en una carta de principios de
1967 a José Luis Abellán:
«Queda bien claro que hoy en
día hay gentes de vocación filosófica en España que van
a estudiar a… donde pueden para enseñar y escribir
después… donde pueden. Esos que nos siguen no han sido
ya formados en España por maestros españoles. Qué
contraste con por ejemplo Gaos y yo misma, los dos
productos indígenas por así decir “maid [sic] in Spain”
[…] Es simplemente atroz que las nuevas generaciones
tengan que emparentarse con Heidegger, Sartre, Jaspers…
Comprenderá usted que este lamento no quiere expresar un
sentimiento nacionalista ni casticista. El pensamiento
es universal. Mas a esa universalidad se llega
naturalmente desde una tradición»
.
En segundo lugar, tampoco está
decidida la valoración que merece esa presunta afinidad.
Recordemos, por ejemplo, el caso de Ortega. Por un lado,
él mismo se creía obligado a ejercer de ensayista, dada
la necesidad de recurrir a la divulgación y a la
seducción, al artículo periodístico y al ensayo de
circunstancias, en su empresa de aculturación y
modernización del pensamiento español. Por otro lado, se
veía acusado por algunos como Eduardo Nicol justamente
de ensayismo, de haber dejado a sus lectores y
discípulos huérfanos del sentido de rigor y de las
técnicas de trabajo específicamente filosóficas. Y, en
definitiva, lamentaba que su escritura fuera presa de la
mala voluntad o cuando menos, de malos entendidos. En la
contribución que suele considerarse más madura y
enjundiosa, La idea de principio en Leibniz,
Ortega se quejaba:
«Pensar que durante más de
treinta años –se dice pronto– he tenido día por día que
soportar en silencio … que muchos pseudos-intelctuales
de mi país descalificaban mi pensamiento, porque “no
escribía más que metáforas” –decían ellos. Esto les
hacía triunfalmente sentenciar y proclamar que mis
escritos no eran filosofía. […] Parece mentira que ante
mis escritos… nadie haya hecho la generosa observación
que es, además, irrefutable, de que en ellos no se trata
de algo que se da como filosofía y resulta ser
literatura, sino por el contrario, de algo que se da
como literatura y resulta ser filosofía» (§ 30. En la
edición: Madrid, Rev. de Occidente / Alianza 1979, pp.
295-6 nota; en la edic. OC, t. 8 (1983), p. 296).
Los recelos ante el ensayismo
y la escritura viva y brillante, como si redujera la
filosofía a pensamientos de usar y tirar, subsisten hoy
en día. Pero tampoco faltan quienes, como Carlos Pereda
en el monográfico citado de Revista de Occidente,
reclaman la conveniencia de que nuestra filosofía en
español se arme de las virtudes del ensayo para combatir
algunos de sus arraigados vicios: la frescura y la
exploración contra el escolasticismo o frente al
sucursalismo, la publicidad y la exposición al juicio
común frente al academicismo, la interpelación y la
contribución a la mejora del discurso y del conocimiento
público frente a la inhibición o el ensimismamiento.
Otro cantar es si los
esfuerzos en este sentido se verán recompensados y si
los libros de filosofía, lúcidamente dispuestos y
elegantemente escritos, tendrán más audiencia o más
predicamento que las intervenciones al uso en una
tertulia radiofónica o en un talking-show televisivo.
Pero, en fin, que por nosotros, filósofos o alevines de
filósofo, no quede.
En todo caso, ahora será a
Uds. a quienes les corresponda tomar la palabra.
Luis Vega Reñón
lvega@fsof.uned.es